El buen forastero. A propósito del documental ‘Si vas para Chile’ de Sebastián González Méndez y Amílcar Infante
A partir del documental "Si vas para Chile" (2026), de Sebastián González Méndez y Amílcar Infante, Cecilia Rodríguez Lehmann reflexiona sobre la migración venezolana y la violencia xenófoba en el norte de Chile. Entre desiertos, fronteras y campamentos improvisados, el documental convierte el desplazamiento en una pregunta sobre territorio, exclusión, nacionalismo y solidaridad. Más que registrar una crisis, la película explora las fracturas sociales de una América Latina atravesada por el desamparo y la precariedad compartida.
La visión desde arriba pone al que mira en posición de tomar posición, es decir,
de hacer una elección que es tanto estética como estésica o tímica,
como decía Binswanger (¿dónde ubicarse para aprehender al otro?), pero también ética,
en el sentido más fuerte del término (¿cómo ubicarse para reconocer al otro?),
e incluso política (¿cómo ubicarse para hacerle justicia al otro?).
Didi Huberman
Si vas para Chile (2025), el documental de Sebastián González Méndez y Amilcar Infante, comienza con una toma aérea, cenital, que nos va mostrando el norte de Chile. Vemos las formas de la geografía desde una distancia que convierte todo en territorio: cordillera, desierto, mar. La cámara fluye, sobrevuela sin ningún tropiezo sobre la geografía, como las aves. Todo es naturaleza, algún que otro camino que la distancia de la cámara hace ver diminuto, como un accidente topográfico. Luego descendemos de a poco. Vemos a lo lejos pequeñas figuras que caminan, caminan, caminan, como diminutas hormigas en medio del descampado.
La cámara aterriza en Colchane, una población del altiplano ubicada a 3800 metros de altitud, justo en la frontera con Bolivia. A esa población llegan los migrantes una vez que han logrado traspasar la frontera. La mayoría de ellos ha tenido que cruzar por trochas ilegales, la mayoría de ellos a pie, la mayoría de ellos venezolanos. Colchane, un asentamiento que apenas roza los mil habitantes, se ve inundado por las hormigas desordenadas que buscan refugio. La cámara aérea sigue recorriendo el camino de los migrantes hasta detenerse un poco más al sur, en Iquique. Esta ciudad se convirtió en 2022 en centro de atención por un acto de xenofobia muy difundido en los medios: una marcha antimigrante recorre las calles quemando las pertenencias de los forasteros que no han tenido más refugio que campamentos improvisados. Una escena en particular nos ha quedado a muchos en la memoria: un coche de un niño vuela por los aires y cae en la hoguera ardiendo junto con las demás pertenencias. Esa imagen poderosa encarna una xenofobia creciente en el país que se ha ido naturalizando.
Es justamente en torno a este episodio que se mueve este documental. Alejada del sensacionalismo o de la espectacularización de la pobreza y el desamparo, la cinta se convierte en un sutil ensayo visual que piensa este evento como una experiencia que hay que elaborar. Hay una propuesta que hace preguntas y que reenmarca este hito en otras formas del decir y del pensar. Vuelvo sobre la cámara aérea que se desliza sobre el paisaje.
La mirada desde arriba suele pensarse como una mirada dominante, asociada al control, un ojo que todo lo ve, sin embargo, tal como plantea Didi Huberman en el epígrafe de este artículo, esa mirada implica más bien una serie de decisiones -estéticas, éticas, políticas- del lugar desde el cual miramos y nos relacionamos con un otro. En esta película se alternan continuamente las tomas aéreas con una cámara a ras de tierra. Las primeras nos muestran una forma de desplazamiento que no tiene obstáculos, la cámara se desliza sobre las fronteras, las convierte en minúsculos puntos dentro de una naturaleza que las excede y las ignora. Nos movemos con esa cámara que nos ofrece una perspectiva inusual, no se trata de una mirada distante y ajena, sino una mirada que opone el desplazamiento, el natural fluir del paisaje, con el atolladero artificial de la frontera humana, tan pequeño ante la inmensidad del paisaje. La cámara aérea también se pasea por las ciudades del norte, por sus grandes edificios atrapados entre el desierto y el mar, y por los precarios asentamientos de una pobreza sin nacionalidad, que igualmente se inserte en ese paisaje.
la ciudad queda sitiada, luego todo se desboca en una desoladora cacería de inmigrantes.
Cuando la cámara desciende, se posa a la altura de la mirada, aparecen los rostros de los caminantes tan solitarios y desamparados en medio de la inmensidad. Comenzamos a oír sus testimonios como una voz en off, casi nunca le hablan a la cámara más centrada en el poder de las imágenes que en el registro. Hablan de las dificultades de la travesía, de las durezas del desierto, de los muertos del camino, también de las mafias de lado y lado que les quitan el poco dinero que traen. La cámara se va acercando de a poco, ahora estamos en medio de sus precarios campamentos, gente buscando agua, cobijo, comida, cama. Nos acercamos también al conflicto, como un zoom lento que se va adentrando con cuidado en el camino hacia la hoguera. Vemos los camioneros iniciando la protesta por un compañero asesinado por un venezolano; una señora le grita enardecida a la cámara que se vayan, que no los quieren; se alza el grito de Chile para los chilenos, «Chi Chi Chi, Le Le Le, Viva Chile». Son imágenes de archivo previas a la gran hoguera. El ambiente está caldeado, primero se incendian cauchos, se cierran las vías, la ciudad queda sitiada, luego todo se desboca en una desoladora cacería de inmigrantes. Muchos se esconden en una oficina de correos con sus hijos, aparecen algunas imágenes que nunca habíamos visto: la ira de los manifestantes rompiendo la puerta de la oficina, el terror de los que se guarecen dentro de ella. ¿A quiénes vemos? Gente común, señoras tratando de romper la puerta de la oficina de correos, jóvenes y viejos que habitan el mismo espacio o que luchan por habitarlo.
El documental nos muestra a unos y a otros, y uno no puede dejar de pensar que no es más que una lucha de pobres contra pobres. Poblaciones olvidadas por un Estado excesivamente centralista, asentamientos llenos de carencias en los bordes de una nación tan larga y desasistida en su propia longitud. Son los olvidados de lado y lado, los que luchan por sobrevivir; el pobre expulsando al pobre, dirigiendo hacia él su ira, como si fuera el culpable de toda miseria, todo desamparo. A la gran hoguera y a la cacería solo le sigue el silencio, la resaca después de la borrachera.
En medio de ese silencio, un joven desencantado vuelve a retomar el camino, se va en busca de otro lugar donde la vida sea posible, “demasiada xenofobia, hermano”, dice su voz en off. Pienso en la conjunción de esas dos palabras: “xenofobia”, “hermano”. La cámara comienza a alejarse, se eleva nuevamente, nos muestra un coche abandonado en el desierto; los innumerables objetos abandonados también intentan hablar. Desde esa mirada que retrocede y se aleja de la frontera, comienza a sonar la canción que le da nombre a la película; una voz dulce y melodiosa entona: “Y si miras de lo alto hacia el valle/ Lo verás que lo baña un estero/ Campesinos y gentes del pueblo/ Te saldrán al encuentro, viajero/ Y verás cómo quieren en Chile/ Al amigo cuando es forastero”.
©Trópico Absoluto
Cecilia Rodríguez Lehmann (Caracas, 1970), es doctora en Letras Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Magíster en Literatura Latinoamericana, Universidad Simón Bolívar, Venezuela. Profesora del Instituto de Lingüística y Literatura de la Universidad Austral de Chile. Dirigió Estudios, Revista de Investigaciones Literarias y Culturales de esa universidad. Es autora de los libros Miradas efímeras. Cultura visual en el siglo XIX (Santiago de Chile: Ed. Cuarto Propio, 2018) (Coord.) y Con trazos de seda. Escrituras banales en el siglo XIX (Caracas: FUNDAVAG Ediciones, 2013).
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