Después del fin: ‘El brillo de los niños’
A propósito de El brillo de los niños (Pre-Textos, 2026), la más reciente novela de Gustavo Valle, Miguel Gomes reflexiona sobre las formas en que la literatura venezolana contemporánea ha buscado representar la experiencia de la crisis, el desplazamiento y la recomposición de los vínculos humanos. La reseña explora las relaciones entre memoria, imaginación y futuro, invitando a pensar cómo la ficción continúa interrogando el país más allá de sus fracturas.
Cronista, ensayista, poeta y narrador de excepción, la obra de Gustavo Valle se ha consolidado como una de las aportaciones imprescindibles de la literatura a la comprensión de los avatares de Venezuela en lo que va de siglo. Me refiero a una comprensión para nada doctoral, más bien oblicua, mediante la captación de estructuras afectivas que no son privadas y hunden sus raíces en inquietudes comunitarias. En sus novelas, particularmente, hallamos una cartografía de la nación: si Bajo tierra (Norma, 2009) sugería un oscuro descenso en el territorio —se fabula la existencia de una sociedad indígena en el subsuelo— y si en Amar a Olga (Pre-Textos, 2021) toda la acción desemboca en un vuelo al exterior —el protagonista, luego de una serie de aciagas peripecias, se ve forzado a abandonar el país—, en Happening (SACU, 2014) y en El brillo de los niños (Pre-Textos, 2026) la trayectoria se verifica en la superficie: por una parte, un hombre, tras un percance con la justicia, decide huir de la capital y refugiarse en un punto distante de la costa oriental; por otra, un par de huérfanos se dirige a una frontera no del todo identificada. Aquí me concentraré en el título más reciente, hasta ahora el menos abordado por la crítica.
Gusmarling y Yoisiberth —Gus y Yoisi—, los protagonistas de El brillo de los niños, recorren un país en ruinas cargando con sus instrumentos musicales y las cenizas de Adela, su abuela, en busca de un tío —Amílcar— a quien nunca han conocido. Mediante analepsis constantes entenderemos que la drogadicción ha destruido a sus padres y Adela, hasta hace poco, ha ocupado su lugar. En el camino, sabremos que además de músicos dotados y sensibles a los sufrimientos de otros seres humanos, Yoisiberth es capaz de ver el futuro cada vez que su piel cambia de color y ese poder los ayuda a sobrevivir en los diversos escenarios de sordidez o peligro, topándose con personajes sintomáticos de la descomposición de un entorno jamás nombrado con precisión pero que, debido a detalles lexicales y culturales, cabe suponer venezolano: en él se comen arepas, aguacate, «cambures» (p. 24) y los músicos callejeros interpretan el vals Natalia o golpes llaneros como Pajarillo, en una guitarra «fabricada por un joven lutier integrante del Sistema» (p. 108-109). Y en el Sistema, averiguaremos páginas después, los jóvenes protagonistas recibieron asimismo entrenamiento musical (p. 130). Solo que esa hipotética Venezuela se somete a un drástico proceso de extrañamiento distópico que nos recuerda persistentemente, pues nos enfrentamos a una novela de viaje, textos como The Road de Cormac McCarthy o la saga cinematográfica de Mad Max. Aunque no incluye los títulos anteriores, la lista final ofrecida por el autor de narraciones, poemas y ensayos sin cuya lectura su obra sería inconcebible resulta variopinta y abarca desde cuentos de hadas de los hermanos Grimm hasta Claus y Lucas de Agota Christof y La cruzada de los niños de Marcel Schwob, pasando por referentes no tan previsibles a los cuales el narrador terciopersonal dedica guiños puntuales: «Un informe para una academia» de Franz Kafka, «La tortuga gigante» de Horacio Quiroga, Las aventuras de Huckelberry Finn de Mark Twain, Las iluminaciones de Arthur Rimbaud y otros.

Este «Hansel y Gretel» en coyuntura distópica, pese a la originalidad intrínseca de la combinación, dialoga adicionalmente con una rica veta de las letras venezolanas de los últimos tiempos donde se representan mundos ominosos u opresivos, llenos de degradaciones, en principio imaginarios que, sin embargo, rozan en más de una ocasión lo testimonial. No conviene olvidar las reflexiones de Silda Cordoliani al describir uno de los títulos más representativos del género, cuya autora era Krina Ber: «ya vivimos inmersos en la supuesta distopía de Ficciones asesinas [2021], y nada me extrañaría si dentro de algún tiempo esta novela es catalogada como literatura realista» (Prodavinci.com). En efecto, el libro de Ber se sumaba a una auténtica legión venezolana en la que figuran Nocturama (2006) y Diorama (2021) de Ana Teresa Torres, Escuela para pobres (2009) de Alejandro Padrón, Andor (2013) de Raquel Abend van Dalen, Jinete a pie (2014) de Israel Centeno, Mujeres que matan (2015) de Alberto Barrera Tyszka, Los cielos de curumo (2019) de Juan Carlos Chirinos, El síndrome de Lisboa (2019) de Eduardo Sánchez Rugeles, Archeus (2020) de Luis Enrique Belmonte y El plano inferior (2026) de Mario Morenza. No obstante las superficiales distancias que hay entre las colectividades ficticias imaginadas y la realidad del país, en las discusiones organizadas en torno a este corpus abundan las comparaciones.
el mismo título de la novela apunta a un ansia de renacer tras la experiencia dolorosa de un sostenido duelo que no se confina a la pérdida familiar y se equipara a las múltiples calamidades nacionales acumuladas en el yermo de cenizas por el que transitan
Algo similar puede aseverarse de El brillo de los niños, especialmente si consideramos que Valle era ya autor de Bajo tierra, otra distopía donde se ponía en juego la historia nacional. El territorio por donde se desplazan Gusmarling y Yoisiberth está empobrecido, las familias se desintegran, la delincuencia y las drogas pululan, los depredadores sexuales aficionados a menores están al acecho, hay conversiones a un esperpéntico e inexplicable misticismo y los personajes, en fin, tienen que abandonar sus hogares para encontrar un porvenir. La sensación de un cuerpo social arrasado, en el cual el futuro queda huérfano, sin otra dirección que la búsqueda de una frontera, resuena en demasiados testimonios de la dispersión poblacional de la Venezuela real; hay, con todo, un móvil en la nueva novela de Valle que no localizaremos con facilidad en otros retratos de la situación, ficticios o no. Me refiero al deseo de recomenzar, el esbozo de una esperanza cuya tangencialidad impide el sentimentalismo. Y cuesta desvincular esto del realismo mágico, pero no aquel que devino producto de consumo masivo en los años setenta —reempaquetado en tiempos recientes por la industria editorial española, con varios lanzamientos signados por la paradoja de una exuberante pobreza inventiva—, sino el realismo mágico original, el que Franz Roh definió en 1925 y Arturo Uslar Pietri seguramente tuvo en cuenta en sus ensayos de los años cuarenta donde retomó el término para aplicarlo a su literatura y la de sus conterráneos tal como venía practicándose desde una década antes, disipado el auge de las vanguardias y absorbidas sus preferencias en las estéticas americanistas.
Recuérdese que Roh, en su Nach-Expressionismus: Magischer Realismus, estudió pintores europeos —en su mayoría germánicos— y la Revista de Occidente pronto dio a conocer en español sus páginas, en 1927, convirtiendo el subtítulo Realismo mágico en título y eliminando el original, que era Posexpresionismo. Esta cuestión me parece fundamental: si el arte expresionista era la descripción desoladora, tremebunda o extática de una realidad sentida casi siempre de modo trágico, el realismo mágico de la fase posexpresionista significaba para Roh una recuperación del entorno en términos nuevos, una «nueva objetividad» que equivalía a un renacer —o el deseo de renacer— luego de una cosmovisión apocalíptica. No creo casual que muchos de los artistas plásticos a los que se refería se aproximasen a la representación de las cosas en no pocas oportunidades con un toque casi naïf, incluso infantil —Otto Dix, Kay Nebel, Georg Schrimpf, Karl Mense, Giorgo Chirico— y que Roh vea en Henri Rousseau —pintor que todos ellos conocieron— una especie de precedente del realismo mágico: no pertenece al posexpresionismo, aunque anticipa su capacidad de hacer que lo real, percibido con extrema claridad, adquiera un carácter extraño, insólito. Tampoco juzgo accidental que Uslar Pietri, habiendo aplicado, en su célebre ensayo «El cuento venezolano» (Letras y hombres de Venezuela, 1948), el término de Roh a «una adivinación poética o una negación poética de la realidad» vista en ciertos narradores de la década anterior, en un escrito subsiguiente, «Lo criollo en literatura» (Las nubes, 1951), describiera en la tradición hispanoamericana, valiéndose de analogías con la plástica, un «realismo de primitivo», cuya perspectiva «hace que el pájaro del árbol del fondo resulte tan grande como la cabeza del personaje del primer plano» y que ello ocurriera en obras comparables a «epopeya[s] primitiva[s]» ricas en «símbolos», «arquetipos» y «fórmulas mágicas».
El brillo de los niños aparece tras varios lustros en que muchos narradores y poetas venezolanos han descrito las circunstancias del país mediante un lenguaje neoexpresionista, donde son comunes el deterioro, la violencia, lo espantoso, lo abyecto y todo tiende a presentarse tiznado por la nocturnidad o lo sombrío. Y, aunque en las páginas de Valle ni el espacio ni los episodios que en él se desarrollan carecen de dichos rasgos, sus dos protagonistas introducen un contraste insoslayable: «Eran niños. Simplemente niños. Brillaban como astros que se agitan en la oscuridad; parpadeaban como luciérnagas. Dos solitarios, dos almas gemelas, unidas por un pacto de sangre» (p. 144). En otras palabras, el mismo título de la novela apunta a un ansia de renacer tras la experiencia dolorosa de un sostenido duelo que no se confina a la pérdida familiar y se equipara a las múltiples calamidades nacionales acumuladas en el yermo de cenizas por el que transitan. La frontera, más allá de su sentido literal, insinúa un cambio de estado tras un rito de iniciación: la historia concluye, por algo, con una ceremonia en que Gusmarling y Yoisiberth se ponen de acuerdo para golpearse el uno al otro —¿una confirmación?— luego de arrojar los restos de Adela y verlos arrastrados por la brisa hasta las aguas de un río.
Si la luz de la infancia o la inocencia se oponen a las tinieblas, si la muerte o la catástrofe deben ceder ante una sobria tabula rasa —tal como en el posexpresionismo de Roh—, tenemos también en El brillo de los niños elementos como aquellos a los que Uslar aludía en su descripción del «realismo mágico» o el «realismo de primitivo». El lirismo, por supuesto, traspasa la totalidad de la historia, no solo por la espléndida prosa de un novelista que, como sabemos, antes de serlo se dio a conocer como poeta, sino porque Yoisiberth lee Las iluminaciones, y a ella y al hermano Adela les transmitía divagaciones de Baudelaire acerca de las nubes (p. 21). Ambos discursos impregnan la visión de los protagonistas. Las «fórmulas mágicas», por otra parte, casi se materializan en la conclusión que acabo de comentar, incluyendo no solo la dispersión de las cenizas de la abuela en el río, sino el entregarles a las aguas los poemas de Rimbaud y todo lo que Gusmarling ha escrito en su libreta durante su peregrinación.
He apuntado la importancia de los hermanos Grimm. No me parece de más señalar el cuento de hadas, el folclor y la mitología como fuentes de inspiración para los magicorrealistas hispanoamericanos originales: piénsese en las consejas y los corridos llaneros detrás de las dos ancianas supersticiosas que servían de eje a «El fuego fatuo» de Uslar Pietri o los relatos mayas de los que se nutría Hombres de maíz de Miguel Ángel Asturias. En el realismo mágico tardío de Gabriel García Márquez no se perdió el hábito: de allí la relevancia del personaje de la bruja, el ogro o el monstruo en «La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada», o el hecho de que Ulises —la onomástica no es arbitraria— juegue a los palíndromos con el nombre de Eréndira y obtenga un «Arídnere» cercano a Ariadna, superponiendo mitos griegos y enredándose en el hilo de su aparentemente ingenua amada, que, al revés de la leyenda, abandonará al héroe cuando este derrote al monstruo. En El brillo de los niños lo mítico no deja tampoco de ser explícito si reparamos en que una de las aventuras más turbias a las que Gusmarling se enfrenta, en un momento en que se ha separado de su hermana, es esquivar a Bielinsky, quien acoge al joven músico y lo ampara mientras lo seduce con mitología clásica:
«Lino, el creador de la melodía y del ritmo […], sustituyó las cuerdas vegetales de la lira por las de tripa animal. Era tan célebre en su arte que fue maestro [de Heracles y de] Támeris […], hijo de la musa Melpómene. Támeris quedó encandilado por la belleza de Jacinto, amante de Apolo, y fue el primer hombre de la historia que cortejó a otro hombre. Era tan grande en la ejecución de su arte que se ufanaba de hacerlo mejor que las mismísimas musas. Apolo les fue con el chisme, y estas aceptaron competir con él en el arte musical. Como era de esperarse, Támeris resultó vencido. ¿A quién se le ocurre desafiar a las Musas? En castigo lo dejaron ciego y lo despojaron de su voz y su memoria. Hay grandes músicos sordos, mudos o ciegos. Pero sin memoria es imposible hacer música» (pp. 115-116).
El mito de Lino no será el único que Gusmarling oirá de boca de Bielinsky; precede al de las Piérides, doncellas hábiles en el arte del canto y no menos castigadas por las Musas, que las transforman en urracas (p. 118); y precede al de Orfeo, que desdeñó a Dioniso en favor de Apolo, lo que movió a las Ménades a asesinarlo, habiendo otra versión de los acontecimientos:
«Tras perder a Eurídice, la única mujer que podía amar, el héroe busca consuelo en los muchachos. Durero lo dibujó y lo llamó “El primer pederasta”. En varias ánforas está retratada la escena de su asesinato. Orfeo intenta en vano defenderse» (p. 119).
Desde luego, esa andanada mitográfica de una u otra manera halla una réplica en los eventos principales de El brillo de los niños, puesto que Gusmarling, músico, vence el cerco de Bielinsky, «fauno avejentado» que, cuando las palabras dulces y los cuentos fascinantes no surten efecto, intenta violarlo (p. 170).
En el contexto venezolano actual Valle no está solo en sus exploraciones de un «realismo de primitivo» imbuido de mito. No cuesta ver que se trata de otra vertiente de la nueva narrativa nacional, en la que se ambiciona volver a ver el mundo con ojos primigenios. Ello es evidente en un ciclo de obras publicadas por Juan Carlos Méndez Guédez en que se alude a la espiritualidad marialioncera o se la tematiza sin rodeos, sincretizada con otras tradiciones y acudiendo al lenguaje o la imaginería de la oralidad, sea europea, mestiza o indígena: La ola detenida (2017), La diosa de agua: cuentos y mitos del Amazonas (2020), Roman de la isla Bararida (2024) y La montaña de los siete tambores (2024). Igual presencia de lo mítico de raíces indígenas y populares encontraremos en el ya mencionado Los cielos de curumo de Chirinos, con su narrador totémico de nombre presuntamente caribe, según nos lo recuerda una nota introductoria.
En esa labor plural en la que el santo grial es dar con una segunda oportunidad para un país convertido en tierra baldía, Valle ha prestado atención al éxodo de sus habitantes. Cuando los chicos, convertidos de alguna manera en héroes tras un largo periplo, llegan a lo que creen su destino y se disponen a entregar las cenizas de Adela a su hijo, un Amílcar enfermo e internado en un hospital, espantajo que los lectores pronto reconocemos como transfiguración del rey tullido artúrico, el roi maihaigné al que se refería Chrétien de Troyes en Li contes del graal, la narración se detiene para reflexionar con el lenguaje de lo misterioso y lo indeterminado:
«Esa puerta era la verdadera frontera, no la que habían dejado atrás. En la antigua Escandinavia las personas que partían al exilio llevaban con ellas las puertas de sus casas. Las arrojaban al mar, y en el lugar donde esas puertas encallaban decidían establecer su nueva patria. Las puertas vuelan como aves migratorias. La frontera no existe, o está en todas partes. Siempre ante nosotros. Y de un lado y del otro solo hay aire. ¿Frente a esta puerta (blanca, de madera, con un número 17 pegado con adhesivo doble faz) qué otra cosa podía haber? Una puerta fue la pequeña embarcación en la que cruzaron el río. En una puerta se convierten las cenizas cuando el viento las esparce» (p. 216).
Por solidaridad lectora me abstengo de revelar el desenlace exacto, pero que Gusmarling y Yoisiberth fracasen en su demanda caballeresca y se reinventen mediante rituales del todo propios antes de emprender otro viaje, ahora hacia el este, corrobora que su esperanza es inquebrantable. Lo que parecía para ellos un fin no constituye más que un preámbulo. Su historia apenas ha empezado.
©Trópico Absoluto
Miguel Gomes (Caracas, 1964), estudió literatura en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad de Coimbra. Doctor en literatura por la Stony Brook University, New York. Board of Trustees Distinguished Professor de la Universidad de Connecticut, donde enseña desde 1993. Miembro de la Academia de Artes y Ciencias de Connecticut y miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Posee una amplia obra narrativa. Entre sus libros de crítica se cuentan: Los géneros literarios en Hispanoamérica (Navarra: Ediciones Universidad de Navarra, 1999) y La realidad y el valor estético: configuraciones del poder en el ensayo hispanoamericano (Caracas: Editorial Equinoccio, 2010).
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