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Sandra Caula: «Escribir es una forma de contar el dolor de los otros»

Por | 29 septiembre 2026

Hay memorias que no permanecen quietas: cambian de ciudad, de cuerpo y de lengua. En Gramática sensible, Sandra Caula vuelve sobre una infancia hecha de pérdidas, desplazamientos y preguntas para explorar cómo se cuenta el dolor de los otros. En esta conversación con Claudia Cavallin nos habla de la familia, la violencia, la migración y de ese idioma que cambia cuando, finalmente, dejamos de traducirnos.

Sandra Caula retratada por Patricia Fernández en Vallekas, Madrid. 2026.

En Gramática sensible (Editorial Alfa, 2025), Sandra Caula parte de un rostro femenino infantil, sobre la fachada roja y bajo las dos palabras blancas, como si cada letra fuera un cuerpo que se reconstruye en los espacios de las páginas. Adentro, un pequeño Orinoco/67 corre tras el lugar y el tiempo, en la parte inferior de las primeras páginas, y desde allí los lectores navegan por lo que se enuncia en la lingüística. Más arriba, las palabras de Wittgenstein alertan de que «la esencia se expresa en la gramática», mientras que Lucía Berlín aclara «exagero mucho y mezclo la realidad con la ficción, pero, de hecho, nunca miento». Desde allí se abre la ruta de una mujer y su historia, de la figura del padre, de lo que, en palabras de Alberto Barrera Tyszka, termina siendo la escritura que nos conduce a una intimidad poderosa y perturbadora.

Claudia Cavallin: Hace poco compartiste conmigo una reseña de Fernando Yurman en la que se detallan partes de tu libro. La portada, por ejemplo, muestra un rostro incompleto con la mirada de una niña. Más allá de la tristeza o del temor de quien la observa, se erige el dúo: «gramática sensible». Sobre la sensibilidad de los cuerpos, tu tipografía consiste en letras que forman palabras, que titulan y que tocan la piel. ¿Hasta dónde se puede llegar a contar—o a hacer que cada destino cuente— este dolor de los Otros?

Sandra Caula: A mí me gusta mucho esa foto y la recuerdo siempre en mi casa, en los álbumes familiares. Cuando vine a España, con solo dos maletas, elegí esa, junto a otras pocas para traerme. Pero como que siempre la había mirado sin verla y solo aquí me di cuenta de lo seria que está esa niña. También me di cuenta de que así aparece en otra serie de fotografías con su hermana menor, todas, obviamente, posadas y con una iluminación y un encuadre muy bien pensados. Lo que intenté fue imaginar lo que le pasaba, y así apareció su percepción de un mundo donde hay cosas que no encajan, que no están bien, perturbadoras. Las hay dentro y fuera de su casa. Y ella las observa, porque no puede hacer mucho más. Eso, digamos que es intentar imaginar y contar la experiencia de alguien, no explicar sus ideas, ni quién es, ni inventar una historia. La frase de que cada destino cuente proviene de Coetzee; creo que la dice Elizabeth Costello cuando compara a pensadores y escritores en la lección sobre el realismo. Pues, para mí, este libro ha sido una manera de encarnar, para seguir con Elizabeth Costello, muchas angustias éticas, y encarnar es siempre algo individual y sensible. El reto de la escritura consiste en alcanzar, con nuestras palabras siempre generales, lo individual de la experiencia y de las personas. Entonces, no sé hasta dónde se puede llegar a contar el dolor de los otros, pero sí diría que escribir tiene que ser una forma de intentarlo.

En tu libro, los capítulos llevan números romanos e incluyen letras cursivas en los nombres de otros textos o en las palabras de Odiseo: «Ningún mortal ni aun en la flor de la edad, lo cambiaría fácilmente». Aferrándose a un lugar, a esos dormitorios que tampoco se pueden trastocar —como los números—, y desde el secreto del lecho inamovible: ¿Qué simbolizan los espacios cerrados y citadinos en la novela?

Yo no funcionó muy bien con los símbolos, la verdad es que no suelo entenderlos. Sí, creo que los espacios en el libro, las casas y las ciudades en general son más o menos sólidos de lo que parecían. La cama termina sin una pata, con unos libros sosteniéndola, pero sigue en pie y esos libros siguen siendo útiles. Tienen, como si dijéramos, otra vida. La montaña no resulta ser un volcán ni llegan extraterrestres a su cumbre, pero sus laderas se ven arrastradas por el lodo y aun así las cenizas de la madre reposan en ellas, alimentando otras vidas.

Sandra Caula. Gramática Sensible. Madrid: Editorial Alfa

Hablamos de los espacios y de esa eterna primavera caraqueña, donde también existe una movilidad terrible e inesperada. Mencionas el gesto de una madre ante la entonación sísmica de un «terremoto», cuando se ondula el piso, se sacuden los gritos y se agita la memoria. Tus palabras también detallan breves traumas ante la catástrofe natural que pareciera ser una reiteración premonitoria. En la Caracas donde se destruyen los altísimos «héroes» verticales, ¿existen espacios anhelados donde, ante el dolor, se puede encontrar un refugio?

Es raro el encanto que tienen los sucesos extraordinarios que trastocan nuestras vidas. Pueden ser muy dolorosos, pero no por eso dejan de ser hondos y fascinantes. Quizás porque nos sacan de lo esperado, y si es de una rutina tediosa o humillante, pues uno casi que lo agradece. ¿Quién no ha agradecido un quebranto que te impide ir unos días a la escuela o al trabajo? Imagina lo que era para esa niña de siete años, en 1967, ver a sus vecinos dormir en la plaza Washington del Paraíso, que la dejaran quedarse jugando hasta cualquier hora, dormir con sus hermanas y sus padres, y con un tío en el recibidor de la casa, con la puerta abierta. También tenía su morbo escuchar los cuentos de tapiados y sobrevivientes, ver los cortejos fúnebres pasando por la avenida, la superchería, tan ajena a sus padres… El mundo se había transformado en otra cosa. Creo que lo que quiero decir es que yo no sé si la protagonista del libro anhela un espacio donde refugiarse del dolor. A veces me parece que le interesa más entender lo que pasa que estar a salvo, pero eso lo pienso yo ahora, leyéndola.

no sé hasta dónde se puede llegar a contar el dolor de los otros, pero sí diría que escribir tiene que ser una forma de intentarlo.

Me llamó mucho la atención el capítulo XI, en el que narras la detallada danza de los gatos. Más allá de otros personajes y de sus relaciones difíciles, incluso desde el parto, hay un paréntesis en el que el animal avanza, como un macho que busca a la hembra. Cierras con «Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas», de Margaret Mead, y «Sobre la agresión», de Konrad Lorenz. El personaje de tu libro no los había leído, sólo recordaba las hojas amarillentas. Tus lectores, bajo un instinto felino, los buscamos inmediatamente y les damos un zarpazo, como si tuviésemos una naturaleza humana maleable, hasta extremos increíbles. ¿Debemos sobrevivir como los gatos, como tus personajes, como quienes llevan el impulso natural e innato ante la realidad oscura y difícil que nos ha tocado vivir como venezolanos?

Esa escena muestra que algo tan idealizado como el amor, en una adolescente, tiene algo violento y oscuro que también se desea. O al menos esa adolescente está muy interesada en ello, tanto que se sienta a observarlo casi que como una etóloga. Si se quiere relacionar eso con Venezuela, me preguntaría qué idealizamos y qué violencias y oscuridades deseamos. Sobrevivir, siempre debemos. Y lo hemos hecho. Yo lo veo aquí en Madrid en un dependiente de tienda que en Venezuela era arquitecto, en camareras de todas las edades, en un rider que allá estudió medicina, en gente de las orquestas que ahora tocan sus instrumentos en la calle, en taxistas maracuchos, guayaneses, margariteños.

Ya que hablamos de ciudades, mudémonos a Buenos Aires. Más allá de la distancia geográfica, también tus personajes separan los afectos. Pareciera que allí la desgracia se elige, aunque la belleza femenina se erige en cuerpos más altos, más independientes o quizás más egoístas. ¿Cómo trasladas la figura femenina entre dos países tan distantes como Venezuela y Argentina cuando las historias se tejen entre las figuras de la memoria y los cuerpos?

Lo que ese personaje ve en Buenos Aires es algo que sus padres fueron, a lo que pertenecieron y ya no. Sus padres, su familia, se han emancipado de aquello que a ella le parece extraño. Es como si Buenos Aires o Madrid fueran un pasado ontológico, un pasado en sí, y ella viviera ahora en el futuro, que es Caracas. Pero, además, ella allí es observada por sus filiaciones: a quién se parece, qué tiene de la familia materna o paterna, cómo es con respecto a sus hermanas o a sus primos. En fin, siempre es clasificada y comparada. Y hay un hilo que la une con una figura en particular de ese pasado: la tía solterona, la hermana de su padre, una viajante de comercio a la que todos llaman mala y amarreta.

Hay otro capítulo muy breve, el XXIV, donde la repetición y la inocencia infantil tienen su gracia. Una historia en la memoria recuerda las veces en que las hermanas hacen que quien se habla, jugando, se vuelva a golpear con su propia mano. «Los menores dan con todo»: con esas palabras cierras. Los pequeños suelen ser los que más resisten. Como las minorías sociales, como quienes han sido oprimidos por los mayores. En tu obra, ¿la estructura familiar proyecta el desequilibrio social con el que también se crece y se aporrean los cuerpos para fortalecer la valentía?

A mí me parece que allí ese personaje, curioso y que quiere relacionarse y hacer cosas con otros, no se da cuenta de dónde está y no logra defenderse de algo que yo diría que es el aplique o el bullying, muy común en la Venezuela que le tocó. Eso se ve en el colegio, luego en la dinámica con las hermanas y, al final, en las relaciones amorosas. Y esos autogolpes que le hacen darse cuando trata de entender el juego, y de estar con los otros, parece que no la enseñan, sino que la dejan esperando. ¿Esperando qué? Que pase algo mejor, que pueda construir con otros alguna vez, pero eso no llega. Solo llega el golpe.

Pues es cierto, hay una simbología en cada golpe y la espera. Culmino con otra inquietud sobre tu libro. En el capítulo XXXI mencionas la lectura, el giro de las palabras, las traducciones. Como traductora, ¿crees que existe alguna complicidad inacabada, cálida o deslenguada entre el patrón migratorio y lo que hoy muchas de nosotras somos?

En ese capítulo, el personaje cuenta que ha heredado de su madrina el deseo de decir lo ajeno en su lengua, su gusto por traducir. Su madrina es una argentina que emigró a Barcelona en los cincuenta, donde se ganó la vida como traductora, y volvió a Buenos Aires en los noventa, para morir. Lo del patrón migratorio y las mariposas monarcas vienen por ahí. Pero esa madrina también le regala un manual de dudas del español, usado, dedicado con estas palabras: «Desde las entrañas de la lengua que nos es común, te espero». Pues yo ahora, que tengo amigos más íntimos en Madrid, me doy cuenta de que, aunque hablemos la misma lengua, hasta cierto momento yo traducía para ellos. Y que de pronto, cuando entro en confianza, me pongo a hablar vernáculo rajao. Eso es porque algo me ha indicado que ya me van a entender si les hablo en mi idioma.

También, como traductora, mi experiencia ha cambiado porque ahora debo traducir a un castellano que llamo peninsular. Pero hace poco traduje un cómic italiano sobre Pablo Escobar para la editorial madrileña Altamarea. Y me contrataron, entre otras cosas, porque soy venezolana. Pues, me vi la serie completa de Escobar en Netflix y empecé a buscarle conversación a cuanto taxista paisa me encontraba y a preguntarle cómo diría usted esto o lo otro, porque me sentía traduciendo al colombiano o al medellinense, para decirlo con precisión. Y también trabajé el año pasado con Alberto Barrera Tyszka en un guion para Netflix México, y lo mismo: de repente me veía pensando, ¿cómo se dirá esto en mexicano? Como si fuera otro idioma, y me la pasaba escuchando las conversaciones ajenas de los mexicanos, que también abundan en Madrid. En fin, yo disfruto muchísimo eso, las particularidades del habla y ese genio de la lengua. Todo esfuerzo para estandarizarla me parece aburrido y también inculto.

Sandra Caula estudió Filosofía en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad Simón Bolívar de Caracas. Es editora, traductora y escritora. Vive en Madrid desde 2018, donde traduce y edita para varias editoriales y es docente en la escuela de escritura Fuentetaja. Es autora de Gramática sensible (Premio Anual Transgenérico 2023), y ha escrito en medios como Ethic, El País, The New York Times, eldiario.es y Cinco8.

Claudia Cavallin (San Cristóbal, Venezuela, 1972) es Profesora Asociada en la Universidad Simón Bolívar (USB) y docente en el Departamento de Lenguas Modernas de la Universidad de Central Oklahoma (UCO). Ha sido directora de Estudios: Revista de Investigaciones Literarias y Culturales. Actualmente colabora como Chair de Latin American Studies Association Venezuela (2026 -2028), junto al Comité Ejecutivo que promueve la investigación, publicación y reconocimiento de las obras de escritores e investigadores venezolanos más recientes.

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