Habitar y espacio en el segundo Heidegger
A cincuenta años de la muerte de Martin Heidegger (1889-1976), Arturo Almandoz revisita una antigua investigación sobre uno de los conceptos centrales del filósofo alemán: el habitar. A través de un recorrido por "Edificar, habitar, pensar" y otros textos fundamentales, el ensayo explora las relaciones entre espacio, lugar y existencia, mostrando cómo las preguntas de Heidegger siguen interpelando a la arquitectura, el urbanismo y la vida contemporánea. Una invitación a pensar qué significa realmente habitar el mundo.
“La palabra –el habla– es la casa del ser. En su morada habita el hombre.
Los pensadores y los poetas son los vigilantes de esta morada”.
Martin Heidegger, Carta sobre el humanismo (1942)
“Los espacios que nosotros estamos atravesando todos los días están aviados por los lugares;
la esencia de éstos tiene su fundamento en cosas del tipo de las construcciones.
Si prestamos atención a estas referencias entre lugares y espacios, entre espacios y el espacio,
obtendremos un punto de apoyo para considerar la relación entre hombre y espacio”.
Martin Heidegger, “Edificar. Habitar. Pensar” (1951)
1. Tras haber completado la escolaridad de la Maestría en Filosofía de la Universidad Simón Bolívar (USB), entre 1984 y 1987, mis años entre Madrid y Barcelona, al cerrar la década, postergaron el inicio de la tesis requerida. Es un síndrome que ocurre a muchos estudiantes de posgrado, pero que, en mi caso, se agudizaba por cierto temor a abordar un gran pensador en particular, desde sus obras originales, como se estilaba a la sazón en la maestría de Sartenejas. También influía que, al iniciar esos estudios, no me había propuesto concluirlos, sino solo ampliar mi formación filosófica y humanística en general.
Sin embargo, al regresar de España, el inicio de mi carrera profesoral, en la misma USB, hizo que la compleción de la maestría y la tesis se tornara requisito impostergable. Fue entonces cuando, al tomar cursos complementarios con el profesor José Jara, este accedió, con su peculiar apertura intelectual, a supervisar un tema cercano a mi formación de urbanista. Ello se concretó a propósito de Martin Heidegger (1889-1976), pensador que habíamos revisado en los cursos de filosofía contemporánea, con el mismo doctor Jara. Y de allí surgió “Metrópoli, habitar y existencia. Un recorrido por los habitares de Heidegger”, tesis que fue defendida y aprobada con mención, a mediados de 1992.
Por no haberla desarrollado a partir de las fuentes originales en alemán – como es habitual en filosofía – sino de traducciones al español, francés e inglés, nunca me atreví a publicar derivaciones de esa tesis. Sin embargo, al revisar ese manuscrito, más de tres décadas después, a propósito de un curso doctoral sobre aproximaciones interdisciplinarias al espacio, el cual he coordinado en años recientes para la Universidad Católica de Chile, uno que otro estudiante interesado me ha estimulado a divulgar algo. Por ello me decido a compartir algunos pasajes revisitados de esa tesis, engavetada por décadas, pidiendo de antemano excusas por las imprecisiones y equívocos, tanto a los maestros filósofos, como a los exégetas del pensador de la Selva Negra.
2. Como se sabe, el Dasein (ser-ahí) es el protagonista de Sein und Zeit (1927, El ser y el tiempo), donde Heidegger replanteó la sempiterna pregunta por el ser, en términos de inéditas relaciones con el tiempo. Ello era primordial e impostergable para el filósofo nacido en Messkirch, estudiado en la Universidad de Friburgo y profesor en Marburgo a la sazón, dada su convicción – la cual unifica esta obra temprana con las posteriores – de que tal pregunta y el sentido del ser habían sido olvidados por la metafísica. Un tal planteamiento inicial coloca al Dasein en tanto ente señalado, con preeminencia óntica y ontológica, a quien le es propia y asequible tanto aquella pregunta como su respuesta.
Puede decirse que, a diferencia de otros personajes filosóficos modernos – por ejemplo, el yo conocedor cartesiano que emerge tras la duda metódica, o el sujeto kantiano, artífice de todas sus intuiciones y categorizaciones – el Dasein no puede ser solo observador y cognoscente. Ha sido arrojado en el mundo para la actuación incesante e irrenunciable, privilegio vitalicio, cotidiano y agotador que define su existencia. Y a esa postura práctica del sujeto heideggeriano, por llamarla así, se debió su filiación, sobre todo en la segunda posguerra, con el existencialismo como corriente derivada, como se sabe, del concepto de angustia en Sǿren Kierkegaard.
3. Críticos como Pierre Trotignon y Gianni Vattimo identifican un “segundo” Heidegger, para referirse al pensador posterior a la Kehre o viraje ocurrido desde la Carta sobre el humanismo (1942). Generalmente a través de opúsculos donde presta oído al lenguaje de Friedrich Hölderlin y Rainer Maria Rilke, entre otros poetas, desde entonces su pensamiento se sumergió más profundamente en la búsqueda del ser, tras haberlo barruntado a través de la “analítica existenciaria” del Dasein. Mediante la relectura de los filósofos presocráticos y de Aristóteles, también se hizo ese Heidegger “tardío” más crítico de la metafísica tradicional, por haber olvidado la fundamental pregunta por el ser, desviándola hacia los entes. Apelando al lenguaje que rescata “relaciones profundas” – según la expresión tomada por Heidegger de Goethe – es entonces el pensar el encargado de revelar el ser, como se advierte en Carta sobre el humanismo:
“El pensar consuma la referencia del ser a la esencia del hombre. El pensar sólo la ofrece al ser como aquello que le ha sido entregado por el ser. Este ofrecer consiste en que el pensar el ser tiene la palabra. La palabra – el habla – es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y los poetas son los vigilantes de esta morada.»
Avanzando en esta búsqueda poética, en “Das Ding” (1950, “La cosa”), el segundo Heidegger trató de develar la verdadera “cosidad”. Para ello apeló a cuatro elementos cuya convocatoria y ensamblaje en el ser recipiente y remisivo de la cosa – ya no en el utilitario sentido de los objetos de El ser y el tiempo – definen justamente su carácter cósico. Inspirada en imágenes de Hölderlin, esa “cuaternidad” o “cuarteto” (das Geviert) convocado por la cosa – tierra, cielo, divinidades, mortales – informa el “mundo” del segundo Heidegger.
Ese mundo es hipostasiado por la cosa, espejeándolo, si se la sabe contemplar debidamente. Por ello cobra sentido la necesidad de “guardar distancia” con respecto a la cosa: porque solo así podremos contemplar el “juego de reflejos” del Cuarteto, mediante el cual aquella nos espejea el mundo; o, en otras palabras, actualiza la Cuaternidad, como señaló Manuel Olasagasti en su Introducción a Heidegger (1967).
4. Puede decirse que Heidegger “espacializa” el tema de la cosa en “Bauen. Wohnen. Denken” (“Edificar. Habitar. Pensar”), conferencia donde se centra en esas señaladas cosas erigidas por el hombre, las construcciones, llamadas a arreglar los espacios y determinar los lugares de la geografía humana. Convocado para un coloquio arquitectónico en la ciudad alemana de Darmstadt, en agosto de 1951 – significativo año en que terminaba la interdicción docente del profesor de Friburgo, por su adhesión al nazismo durante el rectorado en la misma universidad (1933-34) – el texto heideggeriano trasciende las acepciones técnicas de los términos, mostrando sus implicancias más humanísticas.
La conferencia comienza con tesis desconcertantes para el hombre constructor del siglo XX, en el sentido de que trastocan la secuencia usual del proceso edificador. Todo “construir” (bauen) tiene por fin un “habitar” (wohnen), por lo que todo construir entraña un habitar; en este sentido, aunque no toda construcción sea una vivienda – como la erección de esta tampoco garantiza la habitación – puede decirse que toda construcción se enmarca en el habitar.
Esta derivación heideggeriana parecía invalidar las concepciones funcionalistas de la arquitectura y el urbanismo contemporáneos, especialmente de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM) – tan en boga para el momento del coloquio – según las cuales “habitar” era una “función” más, entre otras del hombre actual. Así lo postulaba la famosa Carta de Atenas (1941), resultante del IV CIAM y atribuida a Le Corbusier. Y parecía esa concepción del conferencista cuestionar a la vez el mecanicismo socio-espacial de la metrópoli secular, el cual fue tipificado por la temprana sociología alemana coetánea de Heidegger – de Georg Simmel a Oswald Spengler – y llevado más tarde a la estructura espacial por la Escuela de Chicago.
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5. En “Edificar. Habitar. Pensar” (1951), Martin Heidegger (1889-1976) partió de la identificación entre habitar y construir, resonante en la antigua palabra del alto alemán que designa este último verbo (buan). Trata de demostrar seguidamente que los dos sentidos contenidos en el verbo construir – el de cultivar (del latín colere, cultura) y el de edificar (de edificare) – están comprendidos en la habitación propiamente dicha.
Aun cuando la experiencia de este construir es algo que parece ser justamente “habitual” al hombre – en afortunada confirmación del lenguaje – el sentido propio del habitar comprendido en ese edificar ha caído en el olvido, y con ello el de la habitación en tanto condición esencial del hombre sobre la tierra. Ratificando la articulación con su obra temprana, se reafirma así lo ya anunciado por Heidegger a propósito del Dasein en El ser y el tiempo (1927), a saber: la habitación como condición esencial del “ser en” el mundo. Solo que ahora se enfatiza el wohnen en tanto término preferido por el pensador tardío para definir la condición mundana de ese hombre, como advierte Manuel Olasagasti en su Introducción a Heidegger (1967).
Tras haberse ocupado del concepto fundamental de habitar en la primera parte de la conferencia de Darmstadt, Heidegger se centra en el construir, y sobre todo en el edificar, en tanto modo privilegiado de aquel. Para ello toma como ejemplo un puente, el cual es una especie particular de cosa, en la medida en que reúne la Cuaternidad, acordándole un “sitio”. Ello puede hacerlo el puente porque es ya (antes) un “lugar” (Ort). Y a partir del puente nacen otros lugares, espacios y caminos, porque solo lo que es en sí mismo un lugar puede otorgar sitios.
Esas cosas que son ya lugares, además de situar, también adjudican espacios. Entendiendo que un “espacio” (Raum) es algo que ha sido “arreglado” (eingeräumt), en el sentido de que ha sido dotado de un sitio (gestattet), así como recogido e incluido (gefügt) por un tal lugar. Lo cual dice que los espacios reciben su ser de los lugares y no de “el” espacio. Son esas cosas que, en cuanto lugares, otorgan sitios y arreglan espacios, las privilegiadas por Heidegger en tanto “edificaciones” (Bauten). Y son estos los que acuerdan el sitio a la Cuaternidad, el cual en cada caso le arregla un espacio.
6. Los espacios se abren desde que son admitidos en la habitación humana, esto es, desde que los mortales “se mantienen a través” (durchstehen) de ellos, recorriéndolos. Podemos ir (gehen) a través de los espacios en la medida en que permanecemos (stehen) cerca de los lugares y las cosas, aunque ellos se encuentren físicamente alejados. Esta permanencia en la cercanía de las cosas, y de los lugares poblados por ellas, caracteriza la habitación humana; y por esa cercanía esencial podemos llegar a extrañar que ellas (actualmente) no nos hablen, sino que hayan enmudecido como meros “objetos”.
Todo ese conjunto de relaciones del hombre con los lugares, y a través de estos con los espacios; todo ese conjunto, pues, no es otra cosa que la habitación pensada en su ser. Solo mediante este pensamiento podemos vislumbrar el ser de esas particulares cosas, que son en principio lugares, las cuales llamamos edificios. Al ser cada uno de estos una cosa particular, padece las fracturas infligidas por el hombre a su relación secular con las cosas; a saber: la reducción objetual, la pérdida de cercanía mundana y, con ello, su enmudecimiento. Por eso propone Heidegger que sean encuadradas de nuevo en el habitar “ec-sistente” y cuaternario, tratando así de enmendar el extravío del construir técnico.
7. El construir no puede ser pensado a partir de la arquitectura ni de la construcción técnica; tampoco debe ser concebido, en términos de la técne griega original, como un “hacer aparecer” que trae una cosa a presencia. Por el contrario, Heidegger recalca que el verdadero ser del construir es un “hacer habitar”. En este sentido, el pensador aprovecha la ocasión para dar el ejemplo de la casa campesina en la Selva Negra en tanto resultante de un habitar que ha “sido” (gewesenen), y que por la tanto ha sabido construir. Este último, junto al pensar, no es audible a la habitación – ni tampoco lo son entre ellos mismos – en la medida en que aquellos se mantengan separados de esta.
en la “tercera generación” de arquitectos modernos, se produce “una resonancia respecto a las concepciones de Martin Heidegger, pasándose de una arquitectura basada en la idea de espacio a una basada en la idea de lugar”
Es en la (hasta ahora) irresuelta relación entre habitar, construir y pensar donde estriba la verdadera crisis de la habitación moderna. No en el paisaje destruido de la posguerra, ni en el incremento demográfico o la escasez contemporánea de viviendas. Porque sigue sin comprenderse que hace falta aprender a habitar para superar la crisis. Así, con la inclusión del pensar, Heidegger completa la tríada de momentos necesarios para toda habitación, donde el construir y el pensar se presentan, en cierto modo, como derivados del habitar, pero a la vez son consustanciales con aquel.
El mutuo escucharse entre habitar, construir y pensar ha sido impedido por las soberbias técnicas de la modernidad, desde la construcción masificada hasta la maquinaria bélica; cada una buscando, sorda y obstinadamente, su avance unidireccional. Y en vista de este despropósito, la “nostalgia pastoral” de Heidegger, como la denominara George Steiner, aprovechó para contraponer el ejemplo de la cabaña en la Selva Negra, la cual se yergue como muestra serena de una construcción que ha sido, de un construir que recuerda.
8. Según sostiene el profesor catalán Josep María Montaner, en el volumen colectivo Introducción a la arquitectura. Conceptos fundamentales (2002), en la “tercera generación” de arquitectos modernos, se produce “una resonancia respecto a las concepciones de Martin Heidegger, pasándose de una arquitectura basada en la idea de espacio a una basada en la idea de lugar”. Con respecto a la primera, fundamental fue que, en Espacio, tiempo y arquitectura (1941), Sigfried Giedion entroncó la búsqueda por ese espacio absoluto en la arquitectura moderna con coordenadas que remiten a cambios artísticos conducentes al cubismo, en la década de 1910. Mirando a la segunda concepción, en obras como Existencia, espacio y arquitectura (1975), el profesor noruego Christian Norberg-Shulz sostiene que “si se elimina el lugar se elimina al mismo tiempo la arquitectura… El espacio existencial consiste siempre en lugares”. Tal como resalta el mismo Montaner, a través del concepto de espacio existencial, Norberg-Shulz ha intentado “salvar la tradición moderna del concepto de espacio moderno de su maestro Sigfried Giedion, y conciliarla con la nueva idea de lugar”.
De manera que no pasaron desapercibidas las inéditas relaciones entre habitar y espacio, presentadas por el segundo Heidegger en el coloquio de Darmstadt, entre los arquitectos de la segunda mitad del siglo XX. Ello sin olvidar las implicancias de la conferencia entre los fenomenólogos del espacio, como Maurice Merleau-Ponty y Gaston Bachelard. No es casual que este último, por analogía con el segundo Heidegger, postulara, en la introducción a La poétique de l’espace (1957), que “todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa”.
©Trópico Absoluto
Arturo Almandoz Marte (Caracas, 1960), es urbanista, doctor en Vivienda y Urbanismo (Architectural Association, Open University, Londres). Profesor Titular jubilado de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, y Titular Adjunto de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha publicado: Urbanismo europeo en Caracas (1870-1940) (1997; 2006); La ciudad en el imaginario venezolano, 4 tomos (2002-19), Modernización urbana en América Latina. De las grandes aldeas a las metrópolis masificadas (2013; 2017), Modernization, Urbanization and Development in Latin America, 1900s-2000s (2015; 2017), Crónicas desde San Bernardino (2011) y Regreso de las metrópolis (2013). Editor de Planning Latin America’s Capital Cities, 1850-1950 (2002; 2010) y Caracas, de la metrópoli súbita a la meca roja (2012).
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