El silencio vertical del Ávila: una fisura en la mirada. Fotografías de Jorge Luis Santos
“Ávila Vertical” revisita la montaña emblemática de Caracas desde una mirada decididamente ascendente, no lateral. Las imágenes de Jorge Luis Santos no buscan la postal sino la fisura y la elevación interior de la montaña. Acompañadas de los poemas de José Luis Pulido y el diseño editorial de Zilah Rojas, la obra conjuga palabra, forma y objeto —una ascensión lenta y exigente. Es un libro que pone en tensión al paisaje, la ciudad y el tiempo, reclamando una lectura igualmente vertical.
Hay momentos en la historia de una imagen —como en la historia de una ciudad— en los que mirar de frente ya no basta. La visión se agota. El símbolo se fosiliza. La montaña, ese cuerpo inmenso llamado Ávila que ha sido musa, escudo, fetiche y frontera para generaciones de caraqueños, comienza a volverse invisible por exceso de presencia. Entonces aparece un gesto radical, un corte contra la costumbre. Ávila Vertical, de Jorge Luis Santos, no es un libro sobre el Ávila: es una insurrección contra la forma en que nos enseñaron a verlo.
Durante más de un siglo, la iconografía del Ávila ha operado como un relato fundacional. Desde las grandes vistas naturalistas de Ferdinand Bellermann hasta la pincelada telúrica de Tovar y Tovar, desde los delirios solares de Reverón hasta la mística cromática de Manuel Cabré, la montaña fue domesticada como imagen horizontal: paisaje, telón, consuelo. Una vasta cadera verde tendida al borde del valle. Un pecho de diosa antigua que Caracas contempla con mezcla de devoción y culpa. Pero Santos, fotógrafo y escalador, no busca repetir esa imagen ancestral. La desafía. La subvierte. Su Ávila no se extiende: se alza. No se ofrece: se resiste. No se pinta desde lejos: se recorre desde adentro, con la cámara al hombro y la humedad como lengua.
Durante once años, Santos no fotografió un paisaje: habitó una montaña. La caminó, la trepó, la pensó. Pero sobre todo, la midió en su eje menos evidente: el vertical. No hay aquí vistas aéreas, ni amplias postales de la ciudad acurrucada a sus pies. No hay perspectiva complaciente. Cada imagen es una ascensión, una fractura, una respiración contenida. El blanco y negro no es aquí recurso estético sino ética de contención. Estas fotografías no explican: revelan. No exaltan: interrogan. ¿Qué queda del mito del Ávila cuando se lo despoja del horizonte?

Queda el trópico sin maquillaje. Queda el agua como espina dorsal. Quedan las raíces como mapas del subsuelo emocional. Queda el silencio vegetal de quienes sembraron flores en sus laderas hace más de cien años, llegados de Canarias, sin saber que estaban construyendo una geografía afectiva que aún nos define.
Este libro se inserta en la tradición de la gran fotografía espiritual latinoamericana —esa que no documenta, sino que encarna. Está más cerca de un ritual que de un ensayo visual. Las imágenes de Santos, por su formato panorámico vertical, cortan la noción misma de paisaje. El lector no mira: es empujado hacia una dirección antinatural. Hacia arriba. Como los árboles. Como los cuerpos que buscan la cima. Como los ritos andinos de ascensión, donde cada metro conquistado es una capa del alma descubierta.
A esa mirada vertical se suma la voz del poeta José Pulido, cuyas palabras actúan como notas e intervalos que acompañan y enriquecen el ascenso. No es un texto ilustrativo ni paralelo: es un trabajo al alimón, donde lo visual, lo verbal y lo sonoro se funden en un solo cuerpo expresivo. Las imágenes tienen eco, y ese eco es poético. Para hacer tangible esa partitura conjunta, la diseñadora Zilah Rojas compone con precisión el trazo editorial: convierte la fusión entre mirada y palabra en objeto, en libro, en experiencia integral.
La historia de Caracas está unida al Ávila no como al decorado de su drama, sino como a su antagonista silencioso. Este fragmento simboliza esa relación: cuando el país vivía épocas de prosperidad o progreso —el llamado «esplendor republicano»—, la montaña era vista con orgullo, como un testigo sereno de esos logros. Pero cuando llegaron las crisis —los años de fractura—, el Ávila se volvió casi un espejo incómodo, que parecía observar la decadencia sin intervenir. De allí el término «reproche», como si su sola presencia recordara en silencio todo lo perdido. Es una figura retórica que humaniza la montaña como conciencia muda de la ciudad.

Santos entiende que la montaña no cambia, pero nosotros sí, y por eso su trabajo no es sólo una exploración estética rigurosa sino un gesto de reconciliación con aquello que nos sobrevive. En sus fotos están los picachos, las grietas, las cicatrices del Naiguatá, pero también la sombra de quienes cruzaron sus caminos para huir, amar o rezar. El Camino de los Españoles, los muros del Humboldt, los pliegues donde se siembran las espigas fucsias de diciembre: todo aquí es huella y vértigo.
Lo más audaz de Ávila Vertical no es su aproximación formal, ni su belleza incontestable, sino su negativa a seducir. No hay espectáculo, hay revelación. No hay nostalgia, hay materia. Es un libro que exige lectura lenta, vertical también. Como quien sube una montaña sin saber si quiere llegar a la cima o simplemente entender por qué sigue subiendo.
Jorge Luis Santos no fotografía el Ávila: lo transfigura. Y al hacerlo, nos obliga a recordar que toda gran obra nace del mismo lugar que toda gran montaña: de una tensión entre lo que pesa y lo que levanta, entre lo que guarda silencio y lo que canta. Este libro no es una mirada: es una toma de posición. Una vertical que hiere, que exige al lector no sólo ver, sino decidir desde dónde quiere mirar el mundo.
©Trópico Absoluto
Douglas Monroy (Caracas, 1958) es fotógrafo, editor y escritor. Fue director del Museo Arturo Michelena y de la Galería de Arte Nacional en Caracas. En 2014, fundó Monroy Editor, proyecto desde el cual ha desarrollado publicaciones centradas en la fotografía y la narrativa venezolana. Desde 2017 reside en Nueva York, donde continúa su trabajo visual y editorial.
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