Hugo Chávez y los intelectuales de la izquierda internacional
En este fragmento de 'Pensar la izquierda latinoamericana con Margarita López Maya', de Magdalena López (Editorial Alfa, 2026), se examina el ascenso del chavismo y su influencia en la izquierda intelectual internacional. A través de la mirada crítica de la historiadora venezolana, el diálogo explora las alianzas, complicidades y silencios que acompañaron la deriva autoritaria del proyecto de Chávez, y plantea interrogantes sobre las tensiones entre ideología, democracia y derechos humanos en la izquierda latinoamericana.
Magdalena López: Por lo que cuentas, me surge la pregunta tanto en relación con el Premio Libertador al Pensamiento Crítico como para el CIM (Centro Internacional Miranda): ¿Chávez hubiese tenido ese apoyo de la izquierda internacional y esa proyección en la izquierda mundial, de no haber contado con los recursos petroleros? ¿Hubiera tenido ese espaldarazo de la izquierda?
Margarita López Maya: Yo no creo. En lo que me corresponde a mí, dentro del mundo de los intelectuales, vi y oí cómo el gobierno financiaba eventos en las ferias del libro, conferencias, charlas en La Sorbona, eventos en Estados Unidos, en América Latina, en Porto Alegre, en el Foro de São Paulo, en todas esas cosas. Hubo también un Foro Social Mundial en Caracas en esa época (2006) financiado por el gobierno venezolano. Yo no estuve en el comité organizador, pero conocí gente que estaba en ese comité y me contaron que Diosdado Cabello —quien fue el encargado por el gobierno de apoyar el foro de Caracas— llegaba con una faja de billetes, dólares, para pagar todas las cosas que había que pagar. Una faja de billetes, porque ellos no andaban con cheques ni con nada de eso, andaban siempre con efectivo. Ése fue el problema que tuvieron en los primeros años, cuando pasaban por algunos aeropuertos y le pasó a Maduro en EE.UU., que las máquinas detectoras sonaban porque creían que…
… que estaba lavando dinero, ¿ah?
Es que pagaban los boletos y todo lo demás en bolívares o dólares, siempre en efectivo. Por ejemplo, conocí a un embajador de Venezuela en Cuba, Julio Montes, ya fallecido, que después mandaron para Bolivia y era el canal entre Chávez y Evo Morales. Él financiaba las campañas de Evo, le financiaba la propaganda, lo que Evo le pidiera, y la influencia de Chávez sobre Evo Morales era muy fuerte, tanto que yo estuve una vez en un evento con el asesor especial del presidente brasileño Lula y…
… Marco Aurelio García
Sí, ese mismo. Él me contó que andaba con un celular especial cuando Evo Morales en su primer gobierno pasó por una crisis, cuando estuvieron a punto de sacarlo del poder. Pues, a través de ese celular, Chávez le daba consejos a Evo de lo que tenía que hacer. Entonces había allí una relación muy fuerte. Está también el caso de los Kirchner y la maleta de Antonini Wilson. Los dineros de Venezuela eran usados para proteger y apoyar a Manuel Zelaya cuando el golpe de Estado en Honduras. Todo eso es apenas la puntita del iceberg de lo que era el dinero de Venezuela ayudando financieramente a gobiernos amigos. En Venezuela tuvimos un boom petrolero de magnitud histórica, nunca habíamos tenido durante diez años seguidos un alza de precios petroleros como el que tuvo Chávez, y con eso él fue desmantelando las instituciones que le hacían contrapeso y recibiendo ovaciones en la región.
Cada vez más se hacía más oscuro, con más opacidad, cómo el gobierno gestionaba los dineros públicos. No había forma de controlarlo. Ha salido a la luz algo en los casos de Lava Jato en Brasil, ha salido algo sobre la maleta de Antonini en Argentina. Todos los casos de corrupción que hoy en día se conocen en PDVSA, todo eso tiene que ver con la forma como Chávez logró destruir instituciones que le hicieran contrapeso al Ejecutivo nacional y así poder prácticamente utilizar los recursos del boom petrolero a discreción de sus intereses particulares, para enraizar el famoso “socialismo del siglo XXI”.
Hay aquí una paradoja, ¿no?, porque —volviendo a la cuestión de los intelectuales— se trata de intelectuales de izquierda que están supuestamente proponiendo un pensamiento renovador de la izquierda o apoyando ese “socialismo del siglo XXI”, pero todos están sostenidos sobre una economía rentista y extractivista.
Sí, claro, totalmente. También hay que tomar en cuenta que, a principios de los años 90 del siglo pasado, precedentes de la llegada de Chávez, con la caída del muro de Berlín y la implosión de la URSS, el socialismo estaba prácticamente muerto en el mundo, ¿no? Nadie daba un centavo por el socialismo. Se había mostrado con mucha evidencia lo que era históricamente el “socialismo real”, que no era un modelo alternativo de sociedad que pudiera funcionar. Entonces, en ese momento, todo era muy, muy negativo para la izquierda internacional o —como dice Erick Hobsbawm— se le habían derrumbado los paradigmas. Esto no solamente para la izquierda más radical, la de la URSS, la revolucionaria, la de Lenin, la del marxismo-leninismo, sino incluso para la socialdemocracia que estaba en crisis porque, de alguna manera, todo por lo que había luchado la socialdemocracia se había conseguido en los países capitalistas “desarrollados”.

Argumentaba Hobsbawm —en su libro, What’s Left of the Left— que ninguna de las dos corrientes de izquierda tenía a fines de siglo un plan de futuro creativo o viable. Entonces, de buenas a primeras, aparece este señor, un militar, en un país periférico. Chávez comenzaba a mencionar en 2005 el “socialismo del siglo XXI”. Recuerdo a amigos míos de izquierda que estaban más o menos escandalizados, que cómo se le iba a ocurrir lanzarse por ese barranco, por ese desprestigio mayor, porque pensaban que el socialismo no tenía vida. Chávez empujó otra vez el socialismo. En realidad, es una de las cosas que hay que reconocer. Chávez le dio vida nueva a la izquierda, todo el mundo estaba agradecidísimo, todos esos partidos de izquierda, y en Venezuela —como me dijo Aristóbulo Istúriz alguna vez—: “Nosotros sin Chávez nunca hubiésemos llegado al poder”. De manera que empezaron a hacer unas concesiones al liderazgo populista de Chávez, porque la izquierda, por su propio mérito o esfuerzo, no hubiera llegado al poder. Eso también es lo que pasó. Por ello, toda esta gente empezó a hacerse de la vista gorda. Pero no fue solamente eso: en América Latina hay una cultura de izquierda autoritaria que, gracias a figuras como Chávez, también hegemoniza instancias académicas e instancias políticas.
Cuando se hizo la transición democrática en el Cono Sur —la argentina, la chilena, la uruguaya—, la izquierda se hizo más humilde, empezó a hacer coaliciones con los movimientos sociales, acercamientos con las ONG, comenzó a hablar de los derechos humanos, o sea, esas cosas que eran prácticamente blasfemias para el marxismo-leninismo. Ello dio origen, en esos países, a una izquierda distinta, que asimiló la experiencia a raíz de la dureza de esas dictaduras militares. Empezó a hacer otro tipo de alianzas, no era nada más aquello de la clase trabajadora, no era nada más llegar al poder para instaurar el socialismo. Estaba también la cuestión del respeto a los derechos humanos, a la vida, a la integridad física, a la libertad de expresión, todo eso se estaba moviendo en los 90 y de alguna manera chocaba con aquella izquierda de siempre, la de los paradigmas estalinistas, leninistas, y que fue reforzada en los años 60 con la teoría de la dependencia y las políticas internacionales de La Habana, que decían que todo era culpa del imperialismo.
En términos políticos, digamos, hubo sus tensiones entre esas dos izquierdas, pero creo que Chávez contribuyó mucho a que prevaleciera y hegemonizara, en el siglo XXI, la parte más oscura, anacrónica y autoritaria de la izquierda en América Latina. Él apoyaba cualquier iniciativa de este tipo de personas y corrientes. Y ellos estaban postrados ante él, lo veían como el nuevo Fidel Castro. Fidel, además, lo apoyaba, lo que contribuyó en mucho a que predominara esa izquierda y que de alguna manera se invisibilizaran los procesos de las izquierdas democráticas que estaban en el continente. Esa izquierda democrática existe, pero no podía disfrutar, por ejemplo, de cargos en el CLACSO, porque allí la hegemonía era del pensamiento cubano. Ese pensamiento se instaló con Atilio Borón y Emir Sader, y perdura hasta hoy.
Volviendo un poco atrás, ¿qué pasó luego con el Premio Libertador al Pensamiento Crítico? ¿Tuvo continuidad?
El Premio Libertador al Pensamiento Crítico tuvo varios años de continuidad. En un momento determinado lo ganó Atilio Borón, en efecto, pero en la medida en que el chavismo se hizo cada vez menos tolerante, más autoritario, este y todos esos premios del gobierno empezaron a formar parte de un aparato de propaganda oficial. No puedo decir de una ideología particular, porque la ideología chavista es una ideología muy confusa, muy básica, no tiene un pensamiento profundo, ni sofisticado, ni siquiera coherente, se trata únicamente de apoyar al gobierno y ser leal a lo que dictamina.
Entonces, todos los premios, todos los reconocimientos de literatura, de cine, de periodismo, todo está subordinado hoy en día a que se otorgue a gente que apoye el chavismo o al madurismo. Eso no ocurrió de un día para otro. Cuando se instaló el Premio Libertador al Pensamiento Crítico (2005) —el primero y el único en que estuve—, tuvimos bastante libertad, pero después de eso todo se fue cerrando. Incluso pasó lo mismo con el Premio Rómulo Gallegos: era imposible que se diera a una persona que no estuviera abiertamente a favor del chavismo. A estas alturas no sé si queda dinero para entregar, para dar esos premios. Entiendo que sigue, pero ha habido interrupciones en el tiempo. Lo otro es que su politización le ha hecho perder relevancia.
¿Y el Centro Internacional Miranda?
El CIM también sigue ahí, pero no tiene ninguna proyección, ni capacidad de publicaciones, ni nada. Muchos se fueron. Hoy en día personas como Víctor Álvarez tienen muchos años fuera de eso. Los invitados internacionales ya no existen, porque ya el gobierno no financia tanto, ni le interesa la investigación. ¿Con quiénes se alimentan las políticas públicas de Maduro? Bueno, será con consejeros cubanos y sus asesores…
Como Serrano Mancilla.
Sí, los españoles, la gente de Podemos. Gente que le ha sido leal y que creen que son expertos, entonces los llaman. Los chinos también. Hoy en día asesoran iraníes, rusos. Por supuesto, ya no es una cosa de intelectuales, incluso existe esta cosa llamada “Red de Defensa de la Humanidad”, algo totalmente chavista. Al principio, no se pretendió que el chavismo fuera eso, pero muy, muy rápidamente se transformó.
El proceso del chavismo hay que verlo en dos etapas. En la primera, que fue cuando despertó expectativas, tuvo un lenguaje amplio, habló de una democracia participativa, de un empoderamiento popular, de buscar un tipo de régimen participativo amplio, pluralista, todo eso. En la segunda, hacia 2005 y en el segundo gobierno, comenzó a desarrollarse esa idea del “socialismo del siglo XXI”, que nadie había pedido en Venezuela, pero que Chávez instituye.
Cuando el gobierno perdió el referendo en 2007, para modificar la Constitución ajustándola a la propuesta socialista, todo se dañó. Chávez buscó legitimar el socialismo por la vía democrática, creyendo que tenía los votos de todo el mundo, porque acababa de ganar las presidenciales con 63 % de los votos. Trató de que prosperara una reforma constitucional que fuera aprobada con el voto popular. Cuando Chávez es derrotado en esa reforma constitucional, ese diciembre de 2007 —porque en el referendo la gente le dijo que no—, entonces se dio cuenta de que por los votos no iba a llegar al socialismo. Para mí, fue ese el momento en que todo se echó a perder.
En enero de 2007, unas semanas después de las elecciones presidenciales que Chávez ganó arrolladoramente, y que ofrecía, de ganar, enrumbar el país a un modelo socialista, me llamó el periodista venezolano Alonso Moleiro, quien trabajaba en ese entonces para el diario opositor El Nacional, solicitándome una entrevista para escuchar mi interpretación de los resultados. Yo venía criticando la oferta socialista de Chávez y en esa entrevista reiteré mis dudas sobre ella, señalando que no parecía ser democrática. El domingo siguiente en el programa Aló Presidente, Chávez me aludió. Prácticamente me regañó, conminándome a quitarme “esos lentes” que yo tenía para que viera que el “socialismo del siglo XXI” era lo más democrático que había. El domingo 4 de febrero, en el diario Últimas Noticias, contesté lo siguiente: “Cada quien ve la realidad con sus particulares lentes, que están elaborados por su ubicación social, género, educación, entre otras muchas cosas. Ninguna está de antemano equivocada y es importante que todas participen en el debate para la construcción de nuestro futuro. En vez de subestimar de antemano miradas diversas, reconocer e incorporarlas enriquece, además de ser democrático”.
Chávez tercamente decidió que él de todas maneras iba a hacer su socialismo. Incluso ya tenía listo un Plan de la Nación para ir al socialismo y no lo modificó. Pese a que el pueblo le había dicho que no y, por lo tanto, tenía que seguir otras pautas, Chávez hizo caso omiso y continuó con el Plan de la Nación socialista. Allí fue cuando la tendencia autoritaria no encontró restricciones y se hizo franca. La intolerancia se hizo abierta, la asesoría cubana se acrecentó y él continuó utilizando el dinero público de una forma cada vez más clientelar, para buscar los apoyos que con los votos no consiguió. Me parece que eso fue lo que pasó allí y fue cuando todo se echó a perder.
Y, pensando en esos intelectuales que formaron parte del aparato desde el principio hasta ahora, en todos esos que dieron su apoyo público y de forma activa, ¿sabes si los que se desencantaron después manifestaron sus cambios y sus críticas públicamente? O si ese sector silenció lo que estaba ocurriendo en el chavismo. ¿Algunos de ellos se hicieron responsables?
La mayor parte de las veces, cuando recibían un rechazo o no estaban de acuerdo con una política, preferían dejarlo así. Por ejemplo, recuerdo el caso de una ministra que fue a China y en el avión de ida le entregaron los convenios que Chávez iba a firmar con ese gobierno. Ella era la ministra de Ciencia y Tecnología, leyó los convenios y le dijo a Chávez: “Presidente, esto no se puede firmar, esto tiene problemas para Venezuela”. Chávez respondió algo como: “¿Quién te dijo a ti que tú decides, quién te eligió a ti para que decidieras?” Eso era lo típico que ocurría. Ella dijo: “Bueno, entonces yo no puedo hacerlo”. “Renuncia, pues, renuncia y te vas”, fue la respuesta. En efecto, se fue, pero ella no hizo nada público. La gente cuando se va, suele irse individualmente, casi todos se van solos, no hay la capacidad de irse con un grupo. Eso suele suceder con los liderazgos carismáticos: No tienen, quienes disienten, capacidad de organizarse con otros para mover una disidencia organizada. Todo el mundo lo hace a título individual, no tienen la fuerza.
¿Pero hay un reconocimiento individual que sea público?
Es difícil, casi todos se silencian. Recientemente con Maduro han hablado un poco más, están esos grupos como la Plataforma Ciudadana en Defensa de la Constitución, donde hay algunos ex ministros de Chávez que escriben comunicados críticos…
¿E internacionalmente?
Fíjate el caso de Noam Chomsky, que es muy interesante. Con él se habló mucho. Gente de la izquierda más democrática se le acercó en Boston, donde vive, cuando se produjo el encarcelamiento de la jueza María Lourdes Afiuni, pidiéndole que intercediera para que la liberaran. Ella relató en una entrevista que fue violada en la cárcel, que le dio cáncer y no dejaron que sus médicos la vieran. Pasó las de Caín. Todo eso se lo explicaron a Noam Chomsky. El resultado fue que Chomsky empezó a mandarle unas cartas privadas a Chávez tratando de persuadirlo de que era un gesto de magnanimidad que la soltara. Chávez no respondió a las cartas privadas, al parecer no le hizo caso. Chomsky entonces le escribió una carta pública, y no tuvo tampoco ningún resultado. En esa carta, Chomsky dijo algunas cosas medio críticas. Cuando Chávez murió, volvieron a acercarse a Chomsky para retomar la posibilidad de que intercediera por la liberación de la jueza con Maduro, pero Chomsky no quiso saber nada más sobre esto e incluso se molestó y amenazó con denunciarlos. En líneas generales, la crítica que hacen estos intelectuales prominentes es con el cuidado de que no se salga de un límite, de una perspectiva de izquierda. Tienen que decir primero: “Yo soy de la izquierda, y desde la izquierda yo lo hago, desde mi identidad de izquierda”, como diciendo: “Yo no tengo nada que ver con la oposición venezolana, yo no tengo alianzas con esa oposición, porque no tengo puntos de convergencia con ella”. “Estoy haciendo críticas dentro de la izquierda, porque Chávez o Maduro han alterado el verdadero proyecto de la izquierda, o sea, no están haciendo las cosas como las debería hacer la izquierda.” Ésa es la crítica, la principal. Y, la verdad, me parecen pusilánimes, la mayoría de los casos para denunciar y las críticas tienen que ver con flagrantes violaciones de derechos humanos básicos, no hay necesidad de reafirmar una identidad ideológica para permitirse hablar.
¿Hay excepciones?
Hoy en día sí hay más. Fíjate que está la disidencia del chavismo, está el partido de Miguel Rodríguez Torres, el general que fue ministro de Chávez. Él creó un partido y ahorita está preso. Está también el partido de Nícmer Evans. Al inicio, él se proclamó disidente y luego ha sido una de las personas que más públicamente ha criticado el chavismo. Lo pusieron preso y ahora lo soltaron, y desde su portal de noticias Punto de Corte hace toda clase de denuncias y críticas. Un caso único.
¿Los casos con intelectuales latinoamericanos y europeos son menos frecuentes?
Sí, he visto mucho menos. Hay alguna excepción, por ejemplo, el caso del norteamericano que lo ha hecho público, un poeta que fue invitado por la Red de Defensa de la Humanidad, él sí lo hizo público varias veces. Lo conozco porque yo estuve en California con él, en San Francisco, y me contó que los intelectuales de la izquierda estadounidense lo han condenado al ostracismo más absoluto porque ha osado criticar en público al chavismo. Se llama Clifton Ross y escribió un libro con sus vivencias porque viajó varias veces por Venezuela y vio esta evolución del chavismo. En público, dijo: “Yo me equivoqué al apoyar a Chávez”. Pero, como él, son escasos los casos.
La última vez que me invitó la izquierda intelectual estadounidense fue a un congreso de ellos en Nueva York, en 2009. Llegué a la sala de mi presentación y empecé a hacer una crítica a la gestión del segundo gobierno de Chávez. La gente estaba indignada. Hasta ese momento me invitaron: te van cerrando las puertas. También en la Universidad de Pittsburgh, a propósito de un foro sobre la “Marea Rosa”, en 2014, el filósofo argentino Ricardo Forster me confrontó agresivamente por mis críticas al proceso chavista. Luego, en privado, me ofreció disculpas y hasta insinuó que yo tenía razón en varios aspectos de mi ponencia.
El otro cuento que puedo echar, que sería hace unos doce años, fue dentro de CLACSO. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) apoyó un evento a ser realizado en Bolivia. A través de Fernando Mayorga, politólogo boliviano, quien era miembro del grupo de trabajo del consejo al que pertenecí por muchos años y cuyo coordinador era el politólogo argentino Isidoro Cheresky, se organizaron unas Jornadas de Análisis Político Internacional, que tuvieron lugar en Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra. El profesor Mayorga las armó con presentaciones de todos nosotros, integrantes de ese grupo de trabajo. El PNUD en Bolivia dijo que lo financiaba. En una reunión del PNUD con el gobierno boliviano de Evo Morales, Mayorga hizo la propuesta y nombró a los invitados para cada caso de estudio. Dijo, según me relató, que para Venezuela se invitaría a Margarita López Maya. En lo que dijo mi nombre, el ministro de Morales que estaba en la reunión agarró el teléfono y llamó a Cuba para preguntarle a ese gobierno quién era yo y si estaba bien que me invitaran. Siguió la reunión y, al final de ésta, devolvió el gobierno cubano la llamada y le dijeron: “No puede ir, porque ella —es decir, yo— no está con el proceso”. Entonces, el ministro de Evo dijo: “Mire, me acaban de avisar que vamos a cambiar ese nombre, porque ese nombre no puede ser, porque ella no está con el proceso”.
Me dice mi colega que él se quedó callado. Dejó que terminara la reunión y se le presentó al representante del PNUD y le dijo: “Cómo ustedes van a permitir que esto suceda, esto no puede ser, éste es un evento que yo estoy organizando con un grupo de CLACSO y la persona que yo tengo para ese Grupo CLACSO es ella”. Total, que Mayorga logró superar ese escollo y fui a la reunión. Fui a la reunión en Cochabamba y luego a San Luis. Después que hablé, un representante de la Embajada de Venezuela en ese país se paró para insultarme. El señor estaba acompañado de una muchacha boliviana del movimiento estudiantil, quien —después de que él hablara— tenía la tarea de descalificarme en nombre de los estudiantes bolivianos. La cosa es que yo estoy oyendo al funcionario con aquella cantaleta horrorosa, diciendo que cómo es posible que el PNUD haya aceptado una académica polarizada y no haya traído un chavista para hacer equilibrio con una mujer que está absolutamente en contra de la revolución y no sé cuánto más…
Dejé que pasaran las descalificaciones y cuando se para la muchacha se me partió el alma, porque estaba muy nerviosa, se le quebró la voz y empezó a decir una cantidad de falsedades. Yo, que ya estaba curtida de tanto insulto que me han dado en esos eventos, me dije que no me metería con ella. Cuando me tocó el turno de responder, vi que el funcionario se paró y se fue, sin esperar mi respuesta. Sin embargo, yo sabía que podía estar levantando roncha en la sala, pues allí estaban todas las líderes indígenas del MAS, ellas eran las jefas del partido de Evo Morales. Estaban todas allí. No abrieron la boca, no la abrieron, solamente dejaron que el funcionario venezolano y la muchacha me descalificaran.
Bueno, en ese evento respondí. Estaba muy preparada, así que dije, palabras más o menos, que no estaba haciendo ni una defensa de la revolución, ni un ataque a la revolución, que estaba poniendo las cifras de la contracción económica, del crecimiento de la pobreza, porque esas condiciones estaban haciendo que el proyecto fracasara. “Aquí están las cifras, o sea, rebátanme las cifras.” Nadie más me refutó. Después me pasó una cosa parecida en un festival de libros en San Juan de Puerto Rico.
©Trópico Absoluto
Margarita López Maya (New York, 1951) licenciada en historia y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Central de Venezuela. Profesora titular (jubilada) del Centro de Estudios del Desarrollo (CENDES) de la UCV. Su campo de investigación es el proceso socio histórico y sociopolítico contemporáneo de América Latina, particularmente de Venezuela, enfocado en temas como la protesta popular, nuevos partidos, proyectos políticos contra hegemónicos, actores sociales, y temas de coyuntura de la era chavista. Entre sus publicaciones destacan: Estados Unidos en Venezuela: 1945-1948 (revelaciones de los archivos estadounidenses) (UCV, 1996), Del viernes negro al referendo revocatorio (Alfadil, 2005, 2006), Ideas para debatir el socialismo del siglo XXI (Grupo Alfa, 2007 y 2009), Democracia participativa en Venezuela. Orígenes, leyes, percepciones y desafíos (Centro Gumilla, 2011). En 2013 la Editorial El Nacional publicó El Estado descomunal. Conversaciones con Margarita López Maya del periodista David González.
Magdalena López (Zürich, 1973), es investigadora del Kellogg Institute for International Studies de la Universidad de Notre Dame y del Centro de Estudios Internacionales del Instituto Universitário de Lisboa (ISCTE-IUL).
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