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Vanguardias urbanas de entreguerras en América Latina: del modernismo brasileño a las ciencias sociales

Arturo Almandoz explora las transformaciones culturales e intelectuales de las ciudades latinoamericanas durante el período de entreguerras, con énfasis en las vanguardias artísticas y literarias y su diálogo con las raíces nacionales y continentales. A través del modernismo brasileño, el muralismo mexicano, la literatura porteña, el telurismo, el indigenismo y la negritud, examina las tensiones entre cosmopolitismo, identidad y reivindicación de lo autóctono. Asimismo, analiza la emergencia de las ciencias sociales como parte de un proceso de renovación intelectual que contribuyó a redefinir las formas de pensar la sociedad, la cultura y la ciudad en América Latina.

José Medeiros. Playa de Copacabana. c. 1950.

“Um convite impresso em inglês
Onde se contam maravilhas de minha cidade
Sometimes called the Chicago of South America”.
Oswald de Andrade, “Anúncio de São Paulo”, en Pau-Brasil (1924)

“Pero tanto por experiencia e ideas cuanto porque entiendo que en una novela del pueblo
deben entrar los conflictos del pueblo mismo,
mi posición personal frente al indio es de adhesión
y como escritor afronto sus problemas básicos.
Ciro Alegría, “Prólogo” (1948) a El mundo es ancho y ajeno (1941)

Tal como bien hizo notar Ángel Rama en La ciudad letrada (1984), los cambios hacia la «ciudad revolucionada» no solo se dieron a través de una ensanchada participación de grupos no tradicionales en la «ciudad letrada» burguesa, sino también mediante una actitud más crítica de la emergente y heterodoxa intelectualidad hacia los ya vetustos cenáculos del modernismo y arielismo, entre otras corrientes de entre siglos. Con respecto a ese ensanchamiento y diversificación, valga señalar que las categorías del crítico uruguayo complementan y colorean la masificación caracterizada por José Luis Romero en Latinoamérica, las ciudades y las ideas (1976), donde el historiador argentino definió esa «ciudad masificada», entre otros factores, por la amalgama social resultante de la migración rural-urbana e internacional posterior a la Primera Guerra Mundial.

El catálogo de tendencias literarias y artísticas que configuraron esa nueva ciudad revolucionada no puede ser registrado con exhaustividad aquí. Interesa empero resaltar algunos movimientos que, apurados por significativos cambios políticos –de la Revolución mexicana al Estado novo brasileño, pasando por las protestas y reivindicaciones sociopolíticas en el Cono Sur- conformaron un clima intelectual de cuño urbano, en el que Latinoamérica hizo significativas contribuciones a las vanguardias artísticas internacionales.

Por otro lado, valga señalar que hubo catalizadores exógenos de esa fragua modernizadora, los cuales conviene destacar antes de iniciar este catálogo somero.  En este sentido, en su clásico libro The Modern Culture of Latin America: Society and the Artist (1967), Jean Franco señaló que el culto al nativismo en Latinoamérica, a comienzos del siglo XX, fue acentuado por la presunta descomposición de la civilización occidental, denunciada por Oswald Spengler en La decadencia de Occidente. Bosquejo de una morfología de la historia universal (1918-22); el libro del filósofo alemán tendría, como se sabe, luengo eco entre las intelectualidades regionales hasta el segundo tercio del siglo XX. Más aún, a diferencia del clásico de Spengler -donde las culturas precolombinas eran apenas mencionadas- los alegatos antimodernistas de autores como D. H. Lawrence, Hermann Keyserling y Waldo Frank, catalizados asimismo por el malestar subsiguiente a la Gran Guerra, apuntaban al rescate de formas primitivas del americanismo. Y, de manera significativa, tanto Keyserling como Frank mantuvieron estrecha relación con América Latina, adonde hicieron viajes de gran impacto entre las élites urbanas.

Modernismo brasileño

Buena parte de la renovadora transición de la «ciudad letrada» hacia la «revolucionada» se dio gracias a un rescate vanguardista de las raíces nacionales y continentales constituyentes del acervo más arcaico y preterido. Así lo hizo Oswald de Andrade con sus manifiestos «Pau-Brasil» (1924) y «Antropófago» (1928), así como Mario de Andrade, con su novela Macunaima (1928). Pero ese rescate solo era posible entreverándose con el otro, como ocurre en todo combate: por ello, a pesar de la reivindicación autóctona del segundo manifiesto, con resonancias elegíacas —«Antes de que los portugueses descubrieran Brasil, el Brasil ya había descubierto la felicidad»—, se declara al mismo tiempo un imperativo de devoradora búsqueda de ese otro: «Solo me interesa lo que no es mío. Ley del hombre. Ley del antropófago», Andrade dixit.

Lejos de un primitivismo ingenuo y arcádico del «bom selvagem», el rescate aborigen se daba en Andrade a través de un «mau selvagem», cuya antropofagia y canibalismo están marcados por las interpretaciones de Sigmund Freud sobre los pueblos primitivos, especialmente en Tótem y tabú (1912). Así lo confirman referencias del mismo «Manifiesto antropófago», donde se señala que el padre del psicoanálisis «acabó con el enigma mujer y con otros sustos de la psicología impresa», poniendo «en catastro» la «realidad social, vestida y opresora».

Además de las inexorables influencias foráneas venidas de metrópolis europeas, entre las que Franco incluye el futurismo italiano y el primitivismo alimentado por la naciente antropología, el así llamado modernismo brasileño, inclusivo de una vertiente pictórica, fue liderado por sofisticadas élites urbanas. Estas solo podían florecer en los ambientes cosmopolitas de Río y São Paulo, esta última sede de la famosa Semana de Arte Moderno de 1922, donde también participaron artistas como Tarsila do Amaral, esposa de Oswald de Andrade. «Algunas veces llamada el Chicago de Suramérica» –como también la celebraba este último en el epígrafe reproducido al comienzo- la urbe paulista era, por excelencia, agitada «por los vientos de la cultura».

Así lo recordaría el mismo Andrade al reflexionar sobre la corriente vanguardista, décadas más tarde, en «O Modernismo» (1954), citado por Haroldo de Campos, en su estudio introductorio al volumen de Pau-Brasil (1990), dentro de las obras completas del autor paulista, publicadas por la editorial Globo:

«Si buscamos una explicación de por qué el fenómeno modernista ocurrió en São Paulo y no en cualquier otra parte de Brasil, veremos que aquel fue consecuencia de nuestra mentalidad industrial. São Paulo era, desde hacía mucho, sacudida por todos los vientos de la cultura. No solo la economía cafetalera promovía los recursos, sino también la industria, con su ansiedad de novedad y su estimulación de progreso, hacía que la competencia invadiese todos los campos de actividad».

Muralismo mexicano

Otro ejemplo cimero del rescate de códigos primitivos cruzado con formas vanguardistas ocurrió, por supuesto, en el muralismo mexicano abanderado por Diego Rivera, secundado por José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, patrocinados todos por José Vasconcelos, durante su estadía como ministro de Educación de Álvaro Obregón. El muralismo tuvo antecedentes en las pugnas ocurridas en la Academia de San Carlos, a finales del régimen de Porfirio Díaz, promovidas por Gerardo Murillo, conocido como Dr. Atl. Incluso se llegó a plantear entonces una exposición muralista en la Escuela Preparatoria de Ciudad de México, paralela a la academicista patrocinada por el porfiriato, la cual no tuvo lugar, debido al inicio de la revolución en 1910.

Era de vieja data la tradición muralista en México, desde las pinturas precolombinas hasta las escenas utilizadas por religiosos para evangelizar a la población analfabeta. En Urdimbre estética, social e ideológica del indigenismo en América Latina (2004), Ítalo Tedesco distingue, como antecedentes más recientes del muralismo, los grabados entre caricaturescos y funerarios de José Guadalupe Posada, así como la llamada «pintura de pulquerías», cuyo realismo ingenuo sedujo sobre todo a Rivera y Orozco. Pero las renovadoras influencias foráneas fueron tanto o más importantes que esos antecedentes: de Paul Cézanne y Pierre-Auguste Renoir a Paul Gauguin y Pablo Picasso, las técnicas y paletas del posimpresionismo, fovismo y cubismo resultaron decisivas en Rivera, quien vivió en Europa entre 1908 y 1921.

Sobre esas bases artísticas, la cristalización del movimiento solo fue posible al abrir la década de 1920, cuando se fundó el Sindicato de Pintores que decidió socializar el arte en grandes edificios públicos, puestos a disposición por Vasconcelos desde el Gabinete. Resultó ser esta una inteligente operación para recrear gráficamente la historia oficial, al tiempo que revestir, con iconografía y estilo revolucionarios, las pétreas paredes de los monumentos coloniales. Así ocurrió, por ejemplo, con la sucesión de escenas épicas pintadas por Rivera en el Palacio Nacional, antigua sede virreinal.

Una vez ganado el apoyo oficial, los objetivos ideológicos y renovadores alcanzados por el muralismo mexicano, al igual que el modernismo brasileño, prueban que estos movimientos nativistas y vanguardistas a un tiempo, en su búsqueda por la identidad cultural, contribuyeron con su iconografía al nacionalismo económico, político e intelectual de entreguerras en América Latina. Y reforzaron incluso el programa desarrollista de los gobiernos en las décadas siguientes, llevando en algunos casos a la equivocación y el espejismo –como ocurrió con el ejemplo emblemático de Brasilia– de que el modernismo arquitectural y urbanístico aseguraba el desarrollo económico y la modernización sociocultural.

Literatura porteña

Junto al modernismo brasileño y el muralismo mexicano, la ciudad vanguardista en la Latinoamérica de entreguerras también propició la reinterpretación de movimientos decimonónicos que habían apuntalado las literaturas nacionales. Así ocurrió, entre otros ejemplos resaltados por Jean Franco, con el grupo Boedo en Buenos Aires, así como en las revistas Babel y Sur. Esta última fue fundada por Victoria Ocampo, como se sabe, con colaboraciones de plumas ya reconocidas, como las de Macedonio Fernández, Ricardo Güiraldes, Benito Lynch y Horacio Quiroga, además de Silvina Ocampo, hermana de Victoria.

Si bien parte de la temática de estos autores volvía con nuevas miradas al provincialismo -como en la reinterpretación del gaucho en Don Segundo Sombra (1926), de Güiraldes-, entre las firmas de esas revistas se contaban también Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Este último ya despuntaba con libros como Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y otras obras tempranas, donde la urbe porteña es recorrida y cartografiada en el marco de una milenaria mitología occidental, confirmando así la apertura universalista de la vanguardia argentina.

Pero esa cartografía refracta al mismo tiempo las raíces, los atavismos y las vivencias. Por ello incluso un autor tan cosmopolita como Borges, al preguntarse «¿Qué será Buenos Aires?, apeló a la enumeración de anécdotas y lugares, episodios y personas, momentos y calles, los cuales estaban unívocamente asociados, para él, con la metrópoli porteña; sin embargo, el ímpetu enumerativo del yo poético se frena al confesar: «No quiero proseguir; estas cosas son demasiado individuales, son demasiado lo que son, para ser también Buenos Aires». 

Telurismo e indigenismo

Llegaba asimismo a las urbes latinoamericanas de entreguerras el influjo de escritores latinoamericanos asentados en París y otras metrópolis europeas, donde aquellos combinaran, en formas antecedentes del venidero «real maravilloso», aproximaciones y técnicas de movimientos como el surrealismo, dadá y el ultraísmo, junto a motivos heredados de tradiciones autóctonas. Además del poeta peruano César Vallejo y del chileno Vicente Huidobro, entre esos residentes en la Ciudad Luz se contaban nombres por ser consagrados en la novelística continental, como el cubano Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias, autor de Leyendas de Guatemala (1929); estos ejercieron gran influencia en el novel narrador y ensayista venezolano Arturo Uslar Pietri, destacado a la sazón como diplomático en la meca cultural, quien renovara la cuentística nacional con Barrabás y otros relatos (1928).

El telurismo preconizado por tales autores se sintió en otros géneros y tendencias que rescataron motivos indigenistas para superar el idealizado indianismo decimonónico. Así ocurrió con el peruano José María Arguedas en su novela Yawar fiesta (1941), así como con su coterráneo Ciro Alegría, autor de La serpiente de oro (1935) y El mundo es ancho y ajeno (1941). En su prólogo de 1948 a la décima edición de esta última novela, el autor, ante las críticas asomadas por bandos contrapuestos, resumía su posición sobre el problema del indio, la cual no era ya solo artística y folclórica, sino también —puede decirse— política y sociológica, económica y antropológica.

«Desde una trinchera fronteriza, se dice que he puesto en este libro demasiado contenido social y resulta de propaganda. Tal gente, al contrario que la anterior, querría que la novela no hiciera otra cosa que presentar las costumbres y el folklore locales. Mi posición frente al indio no es la del patrón ni la del turista. Claro que me convendría formar parte de esa vistosa colección de artistas y escritores regalados que todo lo resuelven con ponchos y faldas de colores y alguna historieta más o menos curiosa o truculenta. Tienen éxito y forman una nueva clase de explotadores del indio. Pero tanto por experiencia e ideas cuanto porque entiendo que en una novela del pueblo deben entrar los conflictos del pueblo mismo, mi posición personal frente al indio es de adhesión y como escritor afronto sus problemas básicos».

Alegría manifestaba así la postura vanguardista del indigenismo secular, superador del indianismo decimonónico, el cual había estado – como hace notar Ítalo Tedesco – penetrado por el romanticismo, así como escindido todavía entre antinomias de europeísmo y costumbrismo, civilización y barbarie. A partir de un «realismo documental y crítico» que buscaba verosimilitud y diagnóstico de la realidad de sectores populares, como ya lo había hecho Mariano Azuela y la novela de la Revolución mexicana; al cual se sumó la discusión de propuestas sociológicas, puede decirse que las reivindicaciones sobre educación o derechos políticos de las masas indígenas, tal como asoman en autores vanguardistas, son propiamente indigenistas y ya no indianistas. Aunque dentro de esa orientación y temática generales cabe distinguir variantes, como hizo Franco: por un lado, las inquietudes más sociales de Arguedas y Alegría; por otro lado, la mayor preocupación por la penetración psicológica del indio en tanto personaje, observable en Asturias.

Negritud y búsquedas raigales

Al mismo tiempo, la passion noire que había despertado en el París cubista y penetrado la música de Heitor Villa-Lobos, entre otras manifestaciones artísticas, también se extendió, sobre todo a través de las búsquedas afrocubanas de Carpentier, a las obras de Fernando Ortiz, Lydia Cabrera y Nicolás Guillén, cultores de la negritud caribeña emparentada con el modernismo brasileño.

Incluyendo el rescate de «la tierra», además del indigenismo y la negritud, esa vuelta a las raíces de las vanguardias latinoamericanas de entreguerras afloró también, para Franco, en novelas emblemáticas de autores criollistas, como el colombiano José Asunción Silva con La vorágine (1924), así como Rómulo Gallegos con La trepadora (1925), Doña Bárbara (1929) y Pobre negro (1937). Valga señalar empero que don Rómulo no siempre ha sido visto por la crítica latinoamericana, ni tampoco venezolana, como un autor vanguardista, sino más bien tributario del criollismo y el regionalismo heredados del siglo XX.

Latente asimismo en la poesía de Pablo Neruda, esa comunión telúrica y primigenia fue buscada por la también chilena Gabriela Mistral en obras como Tala (1938), donde el poema «Cordillera», por ejemplo, celebra la «¡Carne de piedra de la América, (…) sueño de piedra que soñamos, / piedras del mundo pastoreadas; / enderezarse de las piedras para juntarse con sus almas!».

Hacia las ciencias sociales

Interactuando con la creación artística, la ficción y la poesía, el indigenismo y la vuelta a las raíces alimentaron la renovada búsqueda de las ciencias sociales en Latinoamérica, emergentes en los medios nacionales de entreguerras, algunos de cuyos pioneros actuaron como intelectuales vanguardistas. Tal fue el caso, por ejemplo, de Sérgio Buarque de Holanda, participante de la Semana de Arte Moderno del 22, militante del modernismo brasileño, director del museo Paulista y profesor de la Universidad de São Paulo desde 1948. Publicada el mismo año en que Buarque de Holanda iniciara su carrera académica como profesor de la Universidad del Distrito Federal, su obra Raízes do Brasil (1936) resulta especialmente ilustrativa para entender el tránsito de antinomias decimonónicas de corte positivista, hacia una tipología conceptual influida por la sociología culturalista de Wilhelm Dilthey y Georg Simmel, así como por la escuela de Fráncfort, cuyas obras había conocido Buarque mientras estuvo en Alemania, entre 1929 y 1930.

Ese tránsito se evidencia, por ejemplo, en los señalamientos del maestro paulista sobre la «reducida capacidad de organización social» en la provincia brasileña; en la denuncia sobre la «escasez de artífices libres» y comerciantes en pueblos y villorrios, por contraposición al tejido social de la ciudad burguesa europea; al insistir sobre la persistencia de las raízes rurais allende la abolición de la esclavitud en 1888; así como también en la contraposición de los tipos «aventurero» y «trabajador», completados por el reconocimiento del «hombre cordial» que el brasileño es por naturaleza. Aquí también asoma, valga advertir, el «brasileiro melancólico» incluido por Paulo Prado en su Retrato do Brasil. Ensaio sobre a tristeza brasileira (1928), aunque este autor pertenecieraa una generación historiográfica anterior.

El clásico de Buarque de Holanda apareció el mismo año que Sobrados e muchambos (1936), de Gilberto Freyre, quien a finales de la década de 1920 asumiera una de las primeras cátedras de sociología creadas en Brasil. Doctorado por la Universidad de Columbia en Ciencias Políticas, Jurídicas y Sociales, en Estados Unidos absorbió Freyre aportes de la antropología cultural, tal como había sido desarrollada por el británico Edward Tylor y por el alemán Franz Boas, interesados ambos en formular un concepto de cultura basado en la diversidad de grupos humanos en el plano físico, material y artístico.

En 1936 Freyre publicó Casa grande e senzala, donde no obstante las influencias evolucionistas reminiscentes de Herbert Spencer, sobre todo del equilibrio entre contrarios, se logró una renovadora lectura del proceso de mestiçagem o mestizaje racial y social brasileño, a través de todos los componentes indígena, portugués y negro, para dar lugar a una sociedad «agrária, escravocrata e híbrida». En aquellos años treinta todavía imbuidos por las interpretaciones pesimistas del mestizaje, ese «mito da democracia racial» creado por la ingente obra freyreana resultaba incluso revolucionario; ello a pesar de ser atacado por el marxismo predominante en los medios académicos en las décadas siguientes, ataques a los que dieron pábulo los acercamientos del maestro pernambucano a los regímenes militares.

Emergía así en América Latina, desde la tercera década del siglo xx, una camada de obras representativas de las nuevas técnicas y posturas entreveradas en las ciencias sociales en proceso de consolidación en Europa y Norteamérica. Además de las ya mencionadas de los maestros brasileños, pueden contarse La multitud, la ciudad y el campo en la historia del Perú (1929), de Jorge Basadre; Radiografía de la pampa (1933) y La cabeza de Goliat (1940), del argentino Ezequiel Martínez Estrada, acompañada por Chile o una loca geografía (1940), de Benjamín Subercaseaux.

Allende las búsquedas raigales, telúricas e indigenistas, tales obras inauguraban recorridos por procesos territoriales y sociales con nuevos vocabularios, especialmente tomados de la sociología, la antropología y la psicología social europeas y norteamericanas. Esos recorridos encauzaron la profesionalización de la geografía y el urbanismo, entre otras disciplinas emergentes en los medios académicos latinoamericanos, donde las vanguardias artísticas de entreguerras contribuyeron mucho más que con la renovación iconográfica y literaria, escenográfica y artística.

Arturo Almandoz es urbanista cum laude, Universidad Simón Bolívar (USB, Caracas, 1982), Diploma de Técnico Urbanista, Instituto Nacional de Administración Pública (INAP, Madrid, 1988), Magíster en Filosofía, USB (1992), PhD, Architectural Association School of Architecture, Open University (Londres, 1996), Posdoctorado por el Centro de Investigaciones Posdoctorales (Cipost), Universidad Central de Venezuela (UCV, Caracas, 2004). Profesor Titular de la USB y Adjunto de la Universidad Católica de Chile (PUC), ha impartido cursos en universidades de América Latina y Europa. Individuo de Número, sillón XX, de la Academia Nacional de Ingeniería y Hábitat (ANIH) de Venezuela, desde 2025. 

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