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Vidas prestadas: la Venezuela de Sergio Chejfec y el encantamiento del mundo

Por | 1 marzo 2026

Este artículo de Luz Horne propone una lectura de la obra de Sergio Chejfec centrada en la materialidad y en el modo en que esta adquiere una vida “prestada” capaz de transformar la percepción del mundo. En 'Baroni: un viaje', la experiencia venezolana introduce una dimensión de encantamiento que reconfigura el vínculo entre sujeto, objeto y escritura. El texto explora cómo esta sensibilidad se proyecta en obras posteriores, donde la inversión de la mirada y la suspensión del sentido habilitan formas de conocimiento alternativas. La literatura aparece así como un ejercicio de atención y de silencio que renueva la experiencia de lo real.

Sergio Chejfec retratado en Caracas por Vasco Szinetar. S/F

En la literatura de Sergio Chejfec hubo siempre un interés por la materialidad de las cosas y de la escritura, pero en Baroni, un viaje (2007) –su primera novela venezolana– se produce un giro que tendrá un impacto en el resto de su obra posterior: la materialidad cobra vida, una vida prestada que produce quisiera proponer– un encantamiento del mundo.

Ya en El aire (1991) el elemento más intangible y necesario para la vida, el aire, adquiría materialidad. Allí los “nuevos pobres” juntaban vidrio y la transparencia se opacaba para convertirse en dinero, mientras las azoteas de la ciudad de Buenos Aires se “tugurizaban”. La naturaleza del aire urbano sufría un cambio: el nombre de la ciudad perdía el “Buenos” –su levedad y transparencia– para transformarse en algo opaco, pesado, feroz, gris, irrespirable, sofocante e intolerable (1991: 128, 120, 130, 161), y generaba una atmósfera nociva y perturbadora que ensuciaba incluso la palabra. Si en el nombre de la rosa está la rosa, en el nombre del protagonista encarnaba algo de esa densidad aérea que la novela retrata, para volverse “barroso/Barroso”(1991: 148) y para referir –ya “latinoamericanizado” (1991: 50) y como una suerte de índice, un objeto en una instalación o una fotografía– no solo a una decadencia del cuerpo individual sino también a una degradación social y colectiva. Esta presencia material en la palabra también se leía en Lo planetas (1999) y en Los incompletos (2004), novelas que se estructuran a partir de la evocación de recuerdos, diálogos o pequeñas historias que surgen a partir de la contemplación de fotos. Los incompletos reflexiona constantemente sobre la textura de los papeles y sobre las huellas que el trazo escrito deja sobre la hoja en blanco –“la marca topográfica de una escritura”(2004:50)– y vuelve, obsesivamente, sobre el aspecto gráfico, puramente significante de la letra escrita. En Boca de lobo (2000), la contemplación que hacen los pobres de la basura que dejan los ricos y, por lo tanto, de la basura misma tiene que ver con un modo de lectura que indica lo material, ya que puede ser pensada como “un sistema de señales” o “una fuente pródiga de indicios”(2000: 144-5). La obra de Chejfec, entonces, siempre estuvo repleta de marcas, huellas o índices que hablan no solo de un mundo externo al texto sino también de un modo de escritura y de lectura.

Sin embargo, –como decía– quisiera pensar que en Baroni, un viaje, se produce un cambio. A pesar de haber sido publicada cuando Chejfec ya no vivía desde hacía dos años en Caracas, es su primera novela “venezolana”. Como si fuera necesario irse de un lugar para poder escribir sobre él (o situado en él), pero también como si la reflexión sobre la materialidad presente en su obra anterior hubiera estado rumiando o preparándose para esta transformación a la que Venezuela, o algo de la cultura venezolana, le da un soporte o un sustento retrospectivo. Veamos.

La novela está centrada en la artista Rafaela Baroni y en las figuras que ella construye con madera tallada. Son muchas las reflexiones que surgen a partir de su obra, pero hay una línea que continúa lo que en textos anteriores se desarrollaba de un modo un poco más tímido: ¿Por qué algo del mundo material, del mundo que está afuera de nuestra subjetividad y nuestras relaciones humanas nos conmueve? ¿Cómo se produce ese efecto? ¿A través de qué mecanismos? Y acaso lo que sea más importante, cómo se puede plasmar algo de esa conmoción que produce el mundo material a través del arte; a través de la palabra o de la literatura?

A partir de Baroni, a partir de Venezuela, algo cambia, porque en las figuras de Baroni la materialidad se anima: “las figuras de Baroni suelen asumir vida”(2007: 11) y es esto lo que produce, en el narrador, algo del orden de la conmoción:

Puede sonar un poco inocente, pero el reencuentro con Baroni y la mujer en la cruz me conmovió. De un modo sencillo y sugestivo, sin ser algo desgarrador. La mujer en la cruz no consistía solamente en el madero esculpido que ahora enfrentaba, supongo, el espacio abierto; era también la figura silenciosa que yo había visto meses atrás y que había adquirido cierto tipo de vida agregada durante la espera y distancia. ¿Qué tipo de vida? No sé. Probablemente una vida inerte, en la medida en que sería inverificable como orgánica para quien quisiera comprobarla, y por lo tanto, a lo mejor, una vida prestada; el préstamo como último recurso (2007:61)

Es como si Venezuela, a partir de las figuras de Rafaela Baroni y del tallado de la madera permitiera encontrar otro modo de pensar la relación entre el mundo y la subjetividad, entre la naturaleza y el arte, entre lo inorgánico y la humanidad. Como si a partir de su paso por Venezuela pudieran entrar otras maneras de pensar el mundo, no necesariamente religiosas, pero sí “encantadas” o con un componente espiritual:

La vida prestada tendría un componente doble, pensé. Por un lado está quien ha creado o hecho la figura, en este caso Baroni, y por el otro lado debe haber alguien que crea en algún componente espiritual, por mínimo que sea, de la pieza. Esa persona venía a ser yo. Según mi opinión, esta creencia no tiene una connotación religiosa obligada, si bien podría inscribirse en la serie de experiencias religiosas que nos ofrece, digamos, la vida moderna (2007:62).

Es decir, para que la magia se produzca frente a un objeto artístico, el que crea el objeto tiene que poder prestar un poco de vida, pero también el que recibe tiene que poder recibir con algo de espiritualidad. Es esta magia o espiritualidad, quisiera pensar –sin ninguna prueba contundente, solo por intuición– que viene de Venezuela y que permea en toda la obra de Chejfec posterior a Baroni: un viaje. Como si Venezuela o este encantamiento del mundo que produce, dejara una estela de la que no se puede –o no se quiere– liberar.

Un ejemplo de esto es Modo linterna (2013), que abre con un cuento en el que la llegada a Caracas es la puerta de entrada al libro y en el que la espiritualidad de Baroni, la bolsa de papel estraza y la geografía venezolana –todos presentes en Baroni: un viaje– se vuelven a evocar. En el primer cuento “Vecinos invisibles” y en el relato sobre la invisibilidad de los vecinos, se pone en juego –otra vez– algo del orden de la creencia, de la fe: Baroni es la única persona que le cree al narrador que tiene vecinos invisibles. Cuando él le cuenta la historia sobre sus vecinos, ella afirma “que nunca había visto a nadie invisible, pero sabía de animales que a veces lo eran”(2013: 16) para luego contar que incluso, “alguna vez había oído hablar de un cencerro, por ejemplo, que sonaba suspendido en el aire, y de los quejidos apagados del animal que lo movía, incapaz de hacerse visible hasta para sí mismo”(2013:16). La figura del cencerro suspendido en el aire sonando sin la vaca que lo sostenga y le dé soporte, o más bien sin la imagen visible de la vaca –dado que en realidad la vaca está allí y se manifiesta a través de sus quejidos– vuelve a repetirse con variaciones en otros textos del mismo volumen.

“El seguidor de la nieve”, por ejemplo, se centra en las reflexiones de un hombre ante la experiencia que le proporciona la nieve. Cuando nieva, nos dice, ocurren una serie de alteraciones perceptivas, tanto temporales como espaciales, que producen un impacto en el pensamiento, en la manera de conocer y de relacionarse con el mundo. Se trata de una experiencia que, una vez que él la ha vivido por primera vez, cada vez que nieva no puede dejar de perseguir hasta el punto de haberse convertido en una adicción. La más llamativa de ellas tiene que ver con el sonido. Si bien el protagonista reconoce que se trata de un leit
motiv
o de una retórica repetida sobre el tema de la nieve, no puede evitar constatarla con sorpresa y admiración: existe un vínculo entre nieve y silencio. Cuando nieva, el ruido y el transcurrir de la vida cotidiana se interrumpe. Pero no es solo el ruido lo que se suspende, sino también algo de la manera de pensar que lo acompaña, o incluso el pensamiento mismo (“La caída de la nieve impide pensar”, 2013: 152). La nieve –nos dice– instala una temporalidad diferente en la que todo parece suceder de un modo más lento, detenido y quieto, la luminosidad se vuelve regular y pareja y esto sumerge a quien experimenta la nevada en una especie de suspensión de los matices y de la determinación; en un estado
meditativo o incluso “en un estado similar al de abandono”(2013:154). Este cambio –nos dice el narrador sobre el protagonista– lo lleva a experimentar un viraje en la relación con el mundo, ya que pasa a sentirse, en lugar de sujeto de la experiencia, objeto de observación del mundo o de las cosas, en este caso, de la nieve misma: “al punto que olvida estar contemplando la nieve sino al contrario, cree estar siendo observado por ella”(2013:154).

después del encuentro con Rafaela Baroni o después del encuentro con Venezuela, la literatura en la obra de Sergio Chejfec se puede leer como un modo de arrear los silencios o como un modo de ir encontrando esos espacios –o esos tiempos– en los que el silencio permite que la palabra se vuelva a pronunciar

Es justamente algo de lo que la experiencia de la nieve posibilita en tanto silencio o –más bien– en tanto suspensión del ruido y del pensamiento, y –por lo tanto– en tanto inversión del sentido de la relación objeto observado-sujeto observante, la que me hace pensar en esa inversión que sucede (¿por primera vez?) con las figuras talladas de Rafaela Baroni y, metonímicamente, con lo que habilita Venezuela. Es algo de estas experiencias que instauran algo del orden de la espiritualidad y del encantamiento del mundo. Acaso no sea casual que la experiencia de la nieve se vincule en este cuento con la esperanza o con la oportunidad para remediar el envejecimiento del mundo, para rejuvenecerlo.

Hacia el final del cuento, el protagonista sugiere que existe “una última oportunidad para este mundo”(2013:162) frente a un diagnóstico preocupante: “el mundo ha envejecido”(162). Se trata de una oportunidad basada en la creación de una comunidad que el protagonista imagina a partir su experiencia personal: una posible cofradía o hermandad entre personas que viven experiencias similares a la suya con la nieve pero arraigadas en otro elemento natural, como pueden ser la lluvia o las piedras. Así, el protagonista imagina en sus cavilaciones una posible asociación entre personas que viven este tipo de experiencias en las que la intencionalidad del vínculo entre humanidad y mundo cambia de dirección: una cofradía entre personas cuya característica común sería la de tener una pasión (o una adicción) por un elemento natural. De este modo, todos ellos se hermanarían por poner el acento en las cosas o en los elementos (en el mundo material) y sentir una “común indiferencia natural hacia las acciones humanas, y en muchos casos hacia la presencia humana en general”(2013:160). Se trata, nos cuenta, de

[un] ejercito vocacional de perseguidores, todos adictos a diferentes cosas. El buscador de cavernas, el merodeador de ruinas, el investigador de lluvias, el sondeador de alturas, el especialista en mares, el cazador de puentes, el detective de piedras, el rastreador de vientos, el interpretador de ruidos (2013: 159).

Pero nuestro protagonista no solo deposita la esperanza sobre un cambio para el mundo en esta cofradía, sino que incluso insinúa que se trata de una posibilidad de reemplazo de la ciencia: “¿Deberían reemplazar a la ciencia?, dirá en voz alta, ¿deberían profesar una religión natural, entre paisajista y hedónica?”(2013:161). Sin embargo, esta inversión de la relación del conocimiento propia de la epistemológica occidental según la cual la persona humana observa el mundo y el mundo es observado, no llega a constituirse como un cuerpo estable y fijo como para implicar un reemplazo del pensamiento científico, sino más bien como una simple alternativa, acaso como un modo de pensar paralelo, que corre de modo simultáneo al científico. Esto se explica, en parte, porque al mimetizarse con su objeto, el sujeto pierde consistencia y sus ideas se vuelven efímeras, se desvanecen o, más bien –como en su caso se trata del objeto nieve– “se derriten”(2013:161).

Tal vez, esta cofradía imaginada que presenta una oportunidad de renovar el mundo al apasionarse por un objeto natural y trabajar en el reparto entre el ruido y el silencio para producir un viraje en el lugar que ocupa lo humano en el mundo no es otra cosa que el arte o la literatura. En la descripción de su tarea dentro del “ejército de perseguidores”, el protagonista se piensa a sí mismo como el arreador de silencios porque “en su recorrido [por la nieve] va capturando los ruidos para dejar el área hundida en el silencio a medida que avanza”(2013:159).

Acaso después del encuentro con Rafaela Baroni o después del encuentro con Venezuela, la literatura en la obra de Sergio Chejfec se puede leer como un modo de arrear los silencios o como un modo de ir encontrando esos espacios –o esos tiempos– en los que el silencio permite que la palabra se vuelva a pronunciar; en los que el silencio permite la palabra se escriba. Como si la literatura fuera ir componiendo, entre silencios y ruidos, un paisaje o una combinación de palabras que nos permite encontrar otro lugar u otro tiempo para lo humano y así renovar nuestra percepción del mundo y, entre vidas prestadas, volverlo un espacio encantado.

Obras citadas

Chejfec, Sergio. El aire. Buenos Aires: Alfaguara, 1991.
__________. Los planetas. Buenos Aires: Alfaguara, 1999.
__________. Los incompletos. Buenos Aires: Alfaguara, 2004
__________. Baroni: un viaje, Buenos Aires: Alfaguara, 2007.
__________. Modo linterna, Buenos Aires, Entropía, 2013.

Luz Horne es profesora de Literatura en el Departamento de Humanidades de la Universidad de San Andrés (Buenos Aires). Obtuvo su doctorado en Español y Portugués en la Universidad de Yale y es licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Antes de incorporarse a San Andrés, fue profesora asistente en la Universidad de Cornell y profesora visitante en Northwestern University. Es autora de Literaturas reales. Transformaciones del realismo en la literatura latinoamericana contemporánea (2011).

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