Sergio Chejfec y sus dos Venezuelas
Alejandra Laera revisita la obra de Sergio Chejfec para pensar la existencia de “dos Venezuelas”: una referencial, vivida y recorrida, y otra desplazada, percibida desde la distancia. A partir de novelas y ensayos, el texto explora cómo el cruce entre Caracas y Buenos Aires redefine la experiencia urbana y la mirada literaria. Laera propone así una lectura donde espacio, memoria y percepción se entrelazan en un singular “modo linterna”, clave para comprender la poética de Chejfec.
Inspirada por Mis dos mundos, la novela de 2008 en la que Sergio Chejfec jugaba con la distinción entre literatura y vida, pienso en su relación con Venezuela. Y noto que, aunque en su vida haya habido una sola o muchas, quién sabe, en su obra también hubo dos Venezuelas: «sus dos Venezuelas», estoy tentada a decir.
Una es la Venezuela referencial. Esa es la que nos entrega generosamente en Baroni: un viaje (2007) y en varios otros textos. La puerta de entrada al descubrimiento de Venezuela es Caracas, y Chejfec describe su llegada con detalle en «La venganza de lo idílico», un texto que incluyó en Teoría del ascensor (2017):
Llequé a Caracas a mediados de 1990. Al subir desde el aeropuerto hacia la ciudad ya era de noche, y en el camino me impresionaron las luces de los barrios pobres, que como una malla ondulante se prolongaban hacia la oscuridad y la lejanía de laderas y quebradas. Más tarde supe lo que representaban esos barrios y me acostumbré a los cambios de perspectivas mientras se recorren las estribaciones, pero en ese momento asocié el paisaje con un urbanismo de montaña. Las luces parpadeaban por efecto de la distancia, y a medida que uno cambiaba de altura o la autopista tomaba una nueva dirección, los movimientos ponían al descubierto otras montañas iluminadas y nuevas superficies, algunas inexplicablemente hundidas en la oscuridad y otras pobladas.
Esa llegada, llena de perspectivas y contrastes, es la primera visión de una Venezuela a la que se entra para recorrer de todas las maneras: a pie en la ciudad o en auto cuando visita a la artista Rafaela Baroni en las afueras; es la que en Baroni, precisamente, se muestra con profusión en todos sus entornos y especies. Esa Venezuela es tan referencial como sinéstesica, solo que de distinta manera si se trata de Caracas o del resto de la región. Mientras las zonas que rodean la ciudad están hechas de formas y colores variados así como de sonidos, olores, sabores y texturas que se agolpan, Caracas presenta un paisaje urbano en el que los sentidos también se multiplican («el ruido de la calle», «esa sensación de clima neto y rotundo que se siente en las zonas tropicales», agrega en «La venganza de lo idílico») pero donde el gris urbano parece teñirlo todo:
Viniendo de Buenos Aires me asombraba que el gris fuera predominante. Las calles, las fachadas y edificaciones, las señales con distintas variantes del mismo color, como si todo perteneciera a una misma familia. Incluso las cosas de colores diferentes habían capitulado y mostraban una pátina de grisura que las homologaba al resto, como un precio que hubiesen debido pagar para mantenerse en su sitio. Hasta las hojas de los árboles, convencionalmente verdes, y también las ramas, devolvían ese día y en ese lugar una luz opaca, entre plomiza y blanquecina, quizá extenuadas por el baño de calor al que los aparatos de aire acondicionado de los edificios las sometían, o finalmente contagiadas de la cantidad de aluminio, hormigón y vidrio que tenían alrededor. («La llegada de lo idílico»)
Esa visión inicial de Caracas se repite a cada llegada, incluso cuando se llega desde adentro del país: «Entonces llegué a Caracas como si fuera la primera vez, pero sabiendo que ese deseo, el de la primera vez, sólo es posible cuando se regresa.», escribe Chejfec en «Vecino invisible», el relato de Modo linterna (2013) que comienza cuando el narrador vuelve desde la casa de Baroni a la ciudad, la observa mientras regresa, pero también desde la ventana de su departamento, y desarma una oposición entre la capital y el interior que no lo convence («Lo dejado atrás, el territorio interior así llamado profundo, venía a ser lo informe y a la vez lo auténtico, siempre había funcionado de esta manera. Siempre había sido así, pensaba, en todos estos países.»).
Si me detuve en estos elementos y en tantas citas sobre lo que llamé la «Venezuela referencial» no fue para repetir lo que ya leemos en la obra de Chejfec (habría que volver a Baroni en este sentido), sino para llamar la atención sobre aquello que, en esa Venezuela, nos conduce a la otra que anticipé. Me refiero a la Venezuela condensada en Caracas que se ve solo desde o en Buenos Aires, me refiero a la visión de Caracas que solo alguien que migra está en condiciones de captar. «Viniendo de Buenos Aires», explicaba el narrador de «La venganza de lo idílico» como posibilidad de revelación de ese gris (blancuzco, amarillento, denso) que lo asombraba en Caracas. Me interesa, entonces, cómo eso que llama «deslizamiento temporal» para señalar la diferencia entre lo que se reconoce en el presente de Caracas como vestigio del pasado y lo que a su vez se reconocía antes como vestigio de un pasado anterior puede pensarse en términos de «deslizamiento espacial» si lo planteamos en relación con Buenos Aires.
Por un lado, y esto ha sido trabajado, y lo he hecho yo misma en el primer capítulo de Ficciones del dinero. Argentina 1890-2001 (2014), se trata de esa Buenos Aires caraquizada, podríamos decir, que está en El aire, la novela de 1992, es decir publicada dos años después de que Chejfec se instalara en Venezuela. Allí el narrador advierte en una Buenos Aires indeterminada pero que, sin embargo, permite reconocer la zona en la que confluyen los barrios de Retiro y Recoleta, que los bordes de la ciudad en los que se concentra la mayor cantidad de riqueza son también aquellos en los que, paulatinamente desde mediados de siglo y con gran celeridad a partir de los años 90, se expandirá lo que se conoce como Villa 31 o Villa Carlos Mugica. Barroso, el protagonista de la novela, mira desde su departamento (evidentemente ubicado del lado tradicionalmente asignado a las clases altas aunque no se haga referencia a ello) el lado en el que ya puede observarse lo que la novela llama la «tugurización de las azoteas», o sea las construcciones precarias que en sus terrazas o techos hacen los habitantes más humildes: «las azoteas habían dejado de ser las azoteas; se multiplicaban los tugurios, los ranchos, las casas precarias» (p. 69). Esta primera visión desde la altura adelanta el recorrido urbano en el que el narrador se extraña ante una ciudad que no reconoce: «La ciudad por la que caminaba parecía, a veces, no ser la misma: ni premonitorias ni antiguas, había situaciones que no coincidían con la actualidad; eran cuadras desplazadas del tiempo, pertenecientes a una cronología extranjera.»(124)
no se trata tanto de aquello que no se ve en Buenos Aires ni de aquello que se puede ver en Caracas, sino de la iluminación, el modo linterna, que se usa para ver los bordes y los rincones oscurecidos.
Desplazamiento entonces de tiempo y de espacio, la Buenos Aires de los primeros 90 es en la novela de Chejfec una Buenos Aires extrañada que parece presentar vestigios de un futuro solo porque se la observa con los lentes de Caracas. Caracas permite, así, ver en Buenos Aires lo que está y no está a la vez. De allí que cuando en 2008 sea reeditada, la novela se lea como anticipación de esa ciudad en la que la crisis económico financiera del 2001 estalló con tanta fuerza como para transformar por completo el paisaje urbano. Nadie dudaría, en ese momento, de la tugurización de sus azoteas. (Salvo los protagonistas de «El testigo», porque transcurre en el año 2000, antes del 2001, entre Buenos Aires y Venezuela, y uno de ellos, Samich, personaje recurrente de sus ficciones, tiene una «desconexión fatal con la geografía».) Y si bien Chejfec afirmó en varias entrevistas que en el momento de escribir El aire no pensaba en una novela de anticipación (ver por ejemplo la nota en Página 12, 16/6/2008), antes, en 2005, habia afirmado que «Vivir en Venezuela me sirvió para ver en imágenes cómo podría ser Buenos Aires imaginaria carcomida por el retraso, la pobreza, la decadencia.» (Hispamérica, nro. 100) La mudanza a Venezuela, la ideología del pesimismo de Ezequiel Martínez Estrada, el aumento de la pobreza en Buenos Aires: todo convergía para la visión desplazada. Era Buenos Aires vista a través de Caracas pero, por otro lado, también, Caracas vista, advertida, en Buenos Aires. Es eso, precisamente, lo que querría enfatizar: que no solo Caracas le permitió ver algo apenas visible en Buenos Aires, sino que Buenos Aires, como lo mostró una de las citas que anoté antes, le permitió, por contraste, ver a Caracas, sus colores, su gris. Más aún: su luz espesa.
A esto quería llegar: estas relaciones entre países y entre ciudades, estas relaciones que cruzan de un modo a lo Chejfec los espacios y los tiempos, se tratan finalmente, como ya pudimos haber visto en Modo linterna, de cómo se ilumina, de cómo, por lo tanto, se ve. Personalmente, siempre me gustó el caminar de Sergio Chejfec, su andar, los recorridos, esos en los que evocamos los de Walser, los de Sebald… Y, como seguramente se notó en El visitante, esa compilación de escritos inéditos que armé con su ayuda en 2017, la particular inflexión del recorrido que es la visita. Sin embargo, ahora me importa más detenerme en la visión que nos entrega Sergio en sus textos, porque esa visión no es tanto la de la mirada sino, y ahí está lo suyo tan propio, la de la luz. Modo linterna es el de Chejfec. Porque no se trata tanto de aquello que no se ve en Buenos Aires ni de aquello que se puede ver en Caracas, sino de la iluminación, el modo linterna, que se usa para ver los bordes y los rincones oscurecidos. Ese mismo modo linterna que pareció resplandecer en la ciudad oscura que se descubrió al llegar a Caracas, como si descubriera, en el mismo espacio y al mismo tiempo, un modo de ver. Caracas es entonces, también, la posibilidad del modo linterna, ese que estaba ahí y que Sergio vio, pudo ver, supo ver, al llegar. Porque no se trata de aquello que no se ve en Buenos Aires, ya lo dije, sino de la linterna que se usa para ver los bordes y los rincones oscurecidos.Tampoco se trata de la luz (densa, color crema) sino del modo de ver con una cierta luz y no con otra. Es finalmente la luz de la linterna: la literatura de Sergio Chejfec que resplandece en cada frase y nos ilumina, a su manera, para que nosotros y nosotras podamos, también, ver allí.
©Trópico Absoluto
Alejandra Laera es profesora titular de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde dirige el Instituto de Literatura Argentina “Ricardo Rojas”. Es investigadora principal del CONICET y directora de la Maestría en Periodismo Narrativo de la Universidad Nacional de San Martín. Ha sido profesora invitada en universidades como Stanford, la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro y Wesleyan, entre otras. Ha publicado numerosos trabajos académicos, editado antologías y participado en obras de referencia sobre literatura latinoamericana. Entre sus libros destacan El tiempo vacío de la ficción, Ficciones del dinero y ¿Para qué sirve leer novelas?. También ha coeditado A History of Argentine Literature (2024). Además, dirige la colección Viajeras/Viajeros del Fondo de Cultura Económica y es editora en jefe de la revista El Matadero.
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