Expediciones sobre el inconsciente extractivo del Orinoco: notas oníricas de alquimia y/o utopía
como el agua es muy clara veo polvo de oso y diamantes en el fondo del río, no cabe duda de que es el Orinoco
Remedios Varo, Carta.
Primer informe onírico
Cierro los ojos antes de escribir estas líneas y me dejo llevar por las imágenes de una vieja noticia que apareciera en el internet, en la que veo un árbol con copiosas ramas. Su autora es una joven madre migrante Warao que tuvo que irse de su país. Al ver esa figura frondosa que realizara en Brasil, siento que me traslado al río Orinoco, en cuyo Delta reposara ancestralmente su comunidad. La obra, que está denunciando la situación de desplazamiento forzado de estas décadas, me conecta con otra extranjera que vino huyendo de la guerra civil española muchos años antes, la reconocida pintora Remedios Varo quien, en su visita al país también pintó un árbol en el cuadro “Exploración por las fuentes del Orinoco”. Me detengo en la construcción de su paisaje gótico, fascinado por la escena que materializa bajo colores ocres y opacos. Algo me dice ese lienzo, inquiero, y por eso decido explorar sus relieves, muchos de los cuales parecieran escapar de la composición y marcar unas líneas de fuga que despiertan en mí accidentadas relaciones con la historia de mi país y el mundo global. Hay, me digo en silencio, imágenes de la localidad que se intenta retratar que mis ojos no ven en lo físico, pero que captan entre memorias personales y recuerdos históricos. Figuras de otros tiempos, diría, que entran y salen de la escena que se me presenta como un testimonio secreto de dilemas que son difíciles de determinar, sobre todo en estos tiempos que nos piden tomar posición de manera radical, moralista, impoluta y en bloque.

Ante mí aparece una mujer similar a la autora bajo un traje de gabardina británica y un sombrero bombín, sentada sobre una especie de vehículo con una brújula y una red de hilos que da con unas alas de ángel. Al frente tiene una copa repleta de líquido que se desborda y que está incrustado dentro del tronco, colocado sobre una mesa.

Al parecer se trata de una investigadora que buscaba los orígenes del río, la fuente donde algunos ubicaban El Dorado o Manoa, que se escenifica con esa suerte de cáliz aludiendo al Santo Grial en la forma de un recipiente alquímico; me digo en mis adentros, llevado por esos gestos y retratos, que el viaje la vincula a la pobre mujer Warao, porque se cuenta que la tribu de donde proviene la joven indígena se albergó cerca de esa zona perseguida precisamente por otras poblaciones más belicosas a la suya y, quizás por eso, en su concepción circular del mundo, Hobahi, concibe a nuestro entorno compuesto de agua por todas partes.
Las relaciones que en seguida me vienen a la mente son por supuesto arbitrarias (expreso de inmediato en ese momento de oscuridad con mis ojos cerrados), pero no dejan de proliferar con nuevas conexiones que me gustaría aflorar, acaso llevado por una especie de trance ocasional, en eso que Sigmund Freud llamara como “sueño diurno” o Tagtraum. El árbol pudiera evocar ciertamente, tal como leí alguna vez de un trabajo de Octavio Sisco Ricciardi, al mito de la creación Piaroa, otra tribu indígena como la Warao que vive cerca del río[1]. En él se cuenta cómo el primer hombre, Bouka, se topa a su vez con el primer árbol del mundo que producía el jugo del conocimiento y, aconsejado por los espíritus de la selva, decide ingerir la bebida que lo lleva a tener visiones en las que viaja presenciando los espíritus de todos los animales, escuchando las voces de los instrumentos musicales del báquiro y viendo el origen del Orinoco.
Sin dejar de aludir a esta fábula local, también el cuadro de Varo alude a un cuento de la propia autora migrante en la que se relata cómo el personaje Mistress Thrompstom, quien investiga un problema sobre la humedad en el condado de Kent, navega a bordo de un impermeable para excursiones y halla en un recinto una copa llena de agua que fluye permanentemente, junto por cierto a un espejo que refleja una imagen del siglo XVI, fecha en la que se da el proceso de colonización de América, a partir del cual la mirada europea fue construyendo su “Otro”, distinto y parecido a sí desde el desborde de la fantasía utópica y la idea de lo maravilloso. En ese momento de trance, acude a mí una frase que usara Edmundo O’ Gorman para criticar a un historiador norteamericano: hablaba de una “alucinación geográfica” y siento que el escenario de la mirada con la que contemplo el cuadro se abre ante mí como delirio onírico con otras referencias e imágenes.
No en balde Ernst Bloch veía en su Principio de Esperanza, redactado durante su exilio en Estados Unidos, una relación entre sueño y utopía a la hora de comentar los descubrimientos, entre los que menciona precisamente al Orinoco, mientras que para las poblaciones del continente era más bien el fin del mundo, según nos recuerda Ailton Krenak en un texto que leí recientemente[2]. Por supuesto que las dimensiones mágicas y alquímicas del cuadro son poderosas gracias al interés de la pintora española exiliada por las exploraciones de las vanguardias, y creo que ahí está algo crucial para entender una trama compleja que hay detrás de las distintas herencias, apropiaciones, desplazamientos y revelaciones que dejó el surrealismo a la hora de imaginar el “otro europeo” y el nuevo mundo americano, en los que se ensamblan utopía, extractivismo y fetiche mercantil. Este tejido nos permite a su vez, me digo, pensar las interconexiones entre magias negras y blancas, entre maleficios, sortilegios y conjuros de esas fuerzas imaginarias que buscaban re-encantar el mundo desde la modernidad racional que empezaba a vislumbrarse en el siglo XVI; si es que alguna vez se fueron del todo o más bien se desplazaron a otras figuras, como las del dinero mismo bajo el intercambio comercial, o al “Estado” bajo lo que algunos han llamado como el gran “ogro filantrópico” (Octavio Paz dixit).
En el cuento que aludo, la exploradora por el inconsciente europeo terminará de publicar su trabajo precisamente en una revista del futuro, y esto me lleva, como su viajera, a muchas décadas después cuando el presidente Hugo Chávez, en pleno auge de los excedentes petroleros más grandes en la historia republicana venezolana, habría propuesto el monumental y estrambótico Proyecto Socialista Orinoco (PSO), que era parte de su plan de desarrollo de la Faja Petrolífera de esta región, en donde se proponía cambiar radicalmente la sociedad venezolana con una inversión de 170.000 millones de dólares; ello con el (¿des?)propósito de llegar a producir seis millones de barriles petroleros diarios después del 2011. Todo esto tendría lugar en conjunto con los proyectos de desarrollo “Arco Minero de Guayana” y del Orinoco para extraer recursos minerales como oro, diamantes, coltán, entre otros.
Así, bajo intervenciones exaltadas, documentos y discursos, erigía un proyecto colectivo para el pueblo venezolano y latinoamericano como si se tratara de un acto mágico, como si fuese parte de una representación salvífica, emancipadora, milagrosa, que nos recordaba los dones alquímicos europeos. Este plan millonario pretendía paradójicamente “romper con el orden económico, político y territorial establecido con la llegada de los colonizadores españoles afinales del siglo XV”, bajo una ética socialista con el fin de construir un poder popular y comunitario, que incluía “educación, agricultura, infraestructura” para el “desarrollo local y regional”. Se trataba de “una red policéntrica de ciudades con un sistema de infraestructuras energéticas”, con “producción agrícola e industrial, de transporte y comunicaciones”, siguiendo “un sistema federado de pequeñas y medianas ciudades organizadas” en un “marco socialista”[3].
Este ingente sueño colectivo y antropocéntrico, aplaudido por muchos países de la región que se ufanan de cuidar el medio ambiente, emergía desde una conformación del Estado que unía de forma peculiar (como un enjambre) la utopía comunal de las tradiciones socialistas, el nacionalimo bolivariano y latinoamericano, el desarrollismo del «Estado mágico», según la teoría rentista de Fernando Coronil, y el extractivismo mineral bajo la excusa de la emancipación de los pueblos y sus territorios que, de igual modo, dependerían siempre de la extracción de los capitales foráneos, sea de China, Estados Unidos, Rusia o Irán.
Semejante paradoja, vale agregar, es la que siempre impulsó el nacionalismo revolucionario latinoamericano, que hoy logra con éxito satisfacer por fin su deseo victimario: como una profesía autocumplida, celebra en secreto que la intervención imperial norteamericana, bajo una estrategia no menos opaca y violenta, esté a la vuelta de la esquina, trayendo más muerte, más peligros, más destrucciones. Después de años de llamados a diálogos vacíos, de negociaciones fallidas (República Dominica, México, Venezuela, con mediación de Noruega, el Vaticano o Unasur), después de infracciones imperdonables contra la institucionalidad soberana de la democracia republicana (esa que con tanto esfuerzo trató de instaurarse luego de la caída del dictador Pérez Jiménez, precisamente también para delimitar los territorios de la influencia de Mr. Danger, tal como vimos en la Doña Bárbara de Gallegos), después de eso, y de muchos otros esfuerzos que se dieron en el plano institucional, llega ahora la brutalidad de su “Otro” esperado, anhelado, para usarlo a su favor y seguir en el poder, pese a todas las muertes, exilios, migraciones, que viene fomentando desde muchos años ya. Y en ese proceso se oculta -estratégicamente, diría- su propia complicidad de violencia extractiva, su rol activo dentro de un esquema que anhela al enemigo que pretende luchar, bajo la forma de un capitalismo ilícito, enmascarado, necropolítico.
Esa es la historia que está detrás de la madre Warao. Es lo que veo del árbol que apela en su pintura.
Segundo informe orínico
Mis ojos se abren y se cierran, perdiendo sentido del tiempo. Contemplo el agua que se derrama en la copa dentro del árbol del cuadro de Varo, y me digo que bien podría alegorizar de modo secreto estas transformaciones energéticas de los recursos naturales que generan tanto el petróleo como los minerales. También puede dar cuenta de la magia onírica desde la cual se miran y se desean sus productos de consumo, una magia muy distinta a la Piaroa o Warao vinculada a fuerzas naturales de índole mutante y animista, que no obstante son absorbidas por el mercado occidental (tanto académico como cultural) dentro de los imaginarios utópicos sobre el Nuevo Mundo y su usos de los recursos como fetiches exóticos de un“otro”.
De paso, hay otras materias relevantes que explican el proyecto utópico socialista. La Cuenca del Orinoco es la tercera zona hidrográfica más grande del continente americano y uno de los mayores resorvorios ecológicos del mundo. Su historia está atravesada por las múltiples expediciones fallidas que buscaban el gran mito por antonomasia de la riqueza fácil, como fue El Dorado (Raleigh o von Hutten), o por las fuentes de sus orígenes (Chaffanjon o Cruxent). Lamentablemente, en estos últimos años hemos vivido en ella violencias neoextractivas que se han incrementando como nunca, tal como advierten varias ONG (SOS Orinoco, Provea, Fundaredes, GRiAM) y estudios como los de Maristella Svampa, Eduardo Gudunas, Ginfranco Selgas, Alessandra Capputo Jaffé, o Anne Péné-Annette. Se habla así de ser el segundo país de la región con más minería, cuyos yacimientos están desforestando un reservorio natural imprescindible para el planeta. Y no satisfecho con ello, sucede también la muerte de indígenas o formas de trata y esclavitud por parte de autoridades del Estado bolivariano, o grupos irregulares como el ELN, las disidencias de la FARC, los garimpeiros[4]. Por no hablar de la contaminación de mercurio, que es consecuencia de la falta de una institucionalidad pública independiente que no puede fiscalizar y reparar debidamente estos problemas.



Hay de esta manera un tejido que para muchos ha sido difícil de hilar. Por pura coincidencia me fijo en una exposición de los artistas Alejandro Haiek y Rebecca Rudolph sobre el Orinoco. “Future Gardens”, presentado en la Bienal de Arquitectura de Chicago, se concentra en la minas las Claritas y todo el cinturón extractivo que se extiende hasta el río Cuyuní, famosos por la minería ilegal, intentando mostrar con imágenes satelitales sus radicales transformaciones, sus zonas de sacrificio, proyectacto posibles escenarios futuros[5]. En su propuesta, tratan de imaginar formas futuras de recomposición y mejoramiento, partiendo del hecho de que su daño ya casi es irreversible, pues se ha ido erosionando todavía más esta zona, cuya visibilidad se hace difícil por las restricciones gubernamentales, por la censura, por el desinterés y la corrupción.
La ironía que entraña este problema es llamativa, me digo. ¿Cómo explicar esta aceleración significativa de extracción bajo un regimen que se autoproclamó soberano, revolucionario y ecológico? Eso es algo que lametablemente los recientes estudios neoextactivos no me explican del todo (acaso más preocupados en la denuncia al capitalismo global que a las formas de autocratización contemporáneas), considerando que las discursividades que sirvieron para legitimar la revolución y descalificar la democracia partieron precisamente de la critica el petroestado. Muchos han apelado al argumento del bloqueos y las sanciones, pero hay ya suficientes trabajos que han demostrado como principal responsable al mismo proceso revolucionario que, desde que se instauró en el poder, dividió al país entre amigos y enemigos por encima de las lógicas institucionales, de los saberes técnicos y profesionales, que veían como simples andamiajes del capitalismo que querian socabar, valiéndose al mismo tiempo de sus excedentes en el caso de la industria petrolera.
Otra pregunta que me asalta dentro de estas imágenes, y que concierne a la falta de respuestas sólidas de muchas izquierdas frente al auge actual de las nuevas derechas neoliberales e imperiales, no es menos fácil de responder y solucionar. Me pregunto en efecto cómo imaginar otra relación entre la democratización de estados del bienestar desarrollistas, en sus versiones más populistas, y el uso indiscriminado de los excedentes extractivos para la inclusión social. ¿No hay, de paso, algo depredador entre quienes usan los beneficios del Estado de bienestar para favores personales y electorales? Lo público, indago, no como una forma del cuidado social y colectivo, sino como usufructo o botija para una élite amparada en su poder bajo al capital económico que provee y el capital simbólico que inspira (el de venderse como héroes soberanos con sensibilidad social): ¿ese es el precio que hay pagar para que exista? No veo discusiones sobre esto y entretanto Venezuela se diluye en varios problemas irresueltos.
Desde luego que hoy es muy fácil, muy conveniente, quedarse en la foto del acontecimiento invasor de Estados Unidos, acto que repudio, pero la historia no queda diluida entre Estados víctimas y Estados victimarios, pues hay cuerpos, vidas, colectivos, que han sido eliminados, marginados, expulsados, denigrados, violados, vendidos, robados, como la joven madre Warao a la que el continente “latinoamericano” no le ofrece respuestas, mientras prolifera la xenofobia, la indiferencia
Regreso al cuadro de Varo y pienso en la mirada de la exploradora. Por momentos la siento cerca, como indicándome el sentido de su viaje. En ella se advierte una exploración inconsciente por un objeto de deseo antropocéntrico, un deseo geopolítico que cuestiona los lógicas entre lo nacional y lo transnacional, entre lo local y lo extranjero, entre el adentro y el afuera territorial: son en su hermoso cuadro el árbol, el río, la sabia, los recursos de la naturaleza que ofrece la energía que mueve el capital. Recordemos, insisto, que en esa zona está la faja petrolífera en donde están una de las mayores reservas de petróleo del mundo, o el Arco minero, un territorio que pasó de ser valorado por parte del Estado venezolano como un reservorio de biosfera, tal como fue decretado a partir de 1991 (poco antes de la llegada del chavismo el poder) a convertirse en el 2016 en una región de explotación industrial.
Algunos años después (el 5 de diciembre del 2023) y durante un diferendo con el país vecino de Guyana, el gobierno de Nicolás Maduro, al más puro estilo de los conquistadores españoles o de las aventuras e intereses de Walter Raleigh, decretó la anexión de la llamada «zona en reclamación» que atraviesa parte de estos territorios y comenzó a otorgar licencias de explotación de petróleo, gas y minería; no sin proponer una serie de medidas para poblar zonas aledañas al lugar con un nuevo plan de su Misión Vivienda. ¿No hay ahí una lógica de ocupación similar a la efectuada desde que llegaron al poder en 1998?: tomas de espacios institucionales, de empresas, parques… quitarle poder a quienes ganaban elecciones del lado opositor.
Tercer informe onírico
Mis ojos no escapan a la dimensión antropocéntrica de este trance, no elude la responsabilidad de la historia y sus extraños tejidos con otros tiempos y prácticas. No deja de ser curioso, me digo, como si fuera parte de ese hasard objetive surrealista, que el año en el que Varo incursiona en el Orinoco suceden paralelamente tres acontecimientos relevantes. El primero es que el presidente Rómulo Gallegos, primer mandatario elegido en Venezuela por voto universal y secreto (y quien precisamente escribiera la novela Canaima, en donde habla del río y de la zona amazónica), es depuesto para que tiempo después se imponga la dictadura del general bolivariano Marcos Pérez Jiménez (admirado por Chávez), quien según el escritor José Ignacio Cabrujas decretaría el “sueño del progreso” con su proyecto de Nuevo Ideal Nacional apoyado en los ingresos del petróleo.
En ese tiempo, el arqueólogo José María Cruxent, quien al igual que Varo se fue del viejo continente huyendo de la guerra civil española, se incorporó como parte de la primera expedición por las fuentes del Orinoco en el lago Parima, justamente en la zona que Raleigh pensó que pudiese estar El Dorado y donde Colón creyó podría estar el Paraíso. Una zona donde habitaron por mucho tiempo los indígenas yanomamis, hoy víctimas de varias enfermedades y malos tratos, algunos de los cuales han decidido también abandonar sus territorios, al igual que la joven Warao del cuadro.
El tercer hecho que ocurre en esos años es que el escritor cubano Alejo Carpentier se encuentra realizando su segundo viaje por esas zonas. Una experiencia que le sirvió de base para su novela Los pasos perdidos, con la que incursiona en el género que llamó “real-maravilloso”, un término que nos recuerda la palabra que usara Colon al hablar en su tercer viaje a esta zona y que fue clave para el surrealismo del que Carpentier fuera un seguidor activo. En esa obra, si bien hay una crítica a la extracción petrolera, vemos también una fascinación por las riquezas mineras. De igual modo, el escritor cubano reinscribe la fascinación por “el asombro del Nuevo Mundo”, según nos recuerda el crítico Raúl Rodríguez Freire, en el proyecto utópico de Santa Mónica de los Venados, que también se traduce en “posesión” del territorio (y quizás, de paso, de sus mismos recursos naturales), tal como vemos con la figura de El Adelantado[6]. Sabemos además que después el autor será un importante diplomático del régimen revolucionario cubano, y que, según demuestra la historiografía venezolana reciente de Alejandro Cardozo, Manuel Caballero o Edgardo Mondolfi, siempre tuvo interés por los excedentes petroleros venezolanos, hasta que finalmente su acceso le fue posible de forma ilimitada por Hugo Chávez, quien proveyó del recurso con precios preferenciales a cambio de asesoría en ámbitos sociales (y también de control ciudadano)[7]; en una simbiosis que se prolongó durante la estancia de Nicolás Maduro en el poder.
En el tejido en apariencia arbitrario y disímil de hechos que relaciono en este trance se despliegan algunos imaginarios que coinciden en su obsesión por depositar poderes mágicos, creativos y alquímicos sobre el territorio imaginado por Europa. Ahí percibimos la permanencia de las fuerzas utópicas con las que se ha mirado el Nuevo Mundo. Y que no sólo sobrevivieron de maneras secretas, sino que se desplazaron hacia lugares discursivos identitarios entre nacionalistas, revolucionarios y latinoamericanos. Ahí vemos resurgir el mito de la riqueza extractiva que azotó a tantos conquistadores: en la transformación del crudo petrolero durante su proceso de “refinación” y conversión en objeto mercadeable, tal como sucede con el oro, el agua como energía hidráulica, o el coltán en el capitalismo mundial de los minerales críticos y la transición energética. Las materias se transforman y el Estado capta sus excedentes, volviéndose, al usarlo, poderoso, mágico y hasta revolucionario, pues lo lleva así a proveer de sus recursos para planes sociales. La cara peligrosa es que terminan otorgándose como dádiva a cambio de favores electorales o políticos, para ayudar a otros regímenes latinoamericanos (pago de deudas, beneficio en recursos eléctricos o de servicios) a cambio de adhesiones incondicionales, movidas estratégicas a nivel geopolítico o silencios morales. La tentación es muy grande, me digo, mientras admiro las alas angelicales de la mujer del cuadro de Varo, como si fuese ese otro ángel del progreso que alegorizara Walter Benjamin y que ahora sólo mira el porvenir del mito de lo nuevo en la metáfora de la eterna juventud.
Sigo volando sobre el cuadro, dejándome llevar por lo que mis ojos cerrados recuerdan de él. La copa del elixir con resonancias góticas cobra un relieve singular ahí. Está surgiendo de un árbol del Orinoco en la que parece extraer su sabia, su fuerza vital, mientras recuerdo que Walter Raleigh usó también una copa para efectuar una pócima, el llamado elixir de Guyana, que incluye diferentes ingredientes de la naturaleza americana, entre ellos el oro, como si también tratara de tomar, poseer, los recursos naturales del suelo americano y darle un valor mágico, beneficioso para el europeo. Por su parte, Carpentier en Los pasos perdidos trabaja al personaje del Herborizador, quien veía la naturaleza amazónica como “un laboratorio de alquimia telúrica” y era a su vez una especie de “científico aventurero, colector de curare, de yopo, de peyotes y de cuantos tósigos y estupefacientes selváticos” que pretendía “estudiar y experimentar”, calificándose a sí mismo no sólo como “señor de los venenos”, sino precisamente como alquimista, descendiente directo de Raimundo Lulio.
La alquimia es precisamente lo que para el teórico medial Jussi Parikka “preparó el camino experimental para buena parte de la cultura tecnológica” y su magia, tal como se sugiere en la novela Contraluz de Tomas Pynchon, y ha sido sustituida en el capitalismo por la producción mercantil, algo que está detrás de las ideas de Cabrujas y las formulaciones de Fernando Coronil. Recuerdo así otro cuadro de Remedio Varo, “El malabarista”, en el que un prestidigitador juega con vario trucos milagrosos bajo una masa pasiva y uniforme. No deja de ser llamativo que, sigo al investigador Ralph Bauer en su sugestivo texto The Alchemy of Conquest, el descubrimiento de América fuese paradigmático para el cambio que significó la alquimia bajo la idea de experimento científico en Francis Baycon, hecho que implicaba, de paso, no dejarse llevar por la superficie y ver lo que había en el fondo. Una percepción que haría del continente (para robarme una expresión que desarrollara para otros fines Michael Marder en su The Chemical herobrium) “un contenedor de energía, cuyas profundidades esperan ser alcanzadas, penetradas y apropiadas”, y que fue crucial para el desarrollo tecnológico del petróleo, de los minerales y de las empresas hidráulicas. Quizás por eso, me digo ahora dentro de la escena de la pintura de Varo, ese derrame pareciera tener resonancias apocalípticas: capto en este momento bajo otra mirada sus árboles desnudos, sin hojas, como infértiles, acechados bajo un cielo sombrío en donde no pareciera haber nada vivo. El cuadro bajo esta luz cambia. Entro de nuevo a su escena, como si me sumergiera en una película de Mélies o en un fresco medieval, y me doy cuenta de que las fuentes de la eterna juventud a las que pareciera hacer referencia el líquido de la copa son extraídas del árbol de una manera tan radical que inundan el mundo en un final devastador. ¿Eso es lo que mira la exploradora? ¿O es ella cómplice del ejercicio depredador?
Termino aquí mi ensoñación que me lleva a formas de magia mercantil que se contraponen a otras formas de encantamiento, gracias a exploraciones por el inconsciente que permitió el surrealismo, y que no dejó de estar inmune o preso también en su propio deseo de alteridad colonial, por más que históricamente se hayan pronunciado contra el fascismo y el colonialimo francés en Marruecos o Algeria, o por más que haya reencarnado en autores de zonas periféricas que lo usaron para criticar formas de dominación imperial. Recuerdo así una vieja carta de André Bretón a Jacques Doucet, en 1921, donde usa la metáfora mineral para hablar de la creatividad y que pareciera confundir las fronteras entre la extracción y la imaginación. En todo caso, lo relevante es considerar que, al asumir el continente como lo “otro” Europeo, lo estaban también usando para sus conocimientos y formas de violencia extractiva, tendencia que terminó desplazándose dentro de quienes pretendían superar esa mirada, pues de ella heredaron su utopía colectiva, su visión adánica del Nuevo Mundo, su demanda por ser una otredad radical, sin obviar su deseo encriptado por gozar de sus recursos naturales, tal como vimos en el proyecto chavista, absorbido por la corrupción y por las trasnacionales ilegales.
Quizás eso es lo que está detrás de la lección del cuadro de Remedios Varo, quien, a decir de su amigo Walter Gruen, también se vio en la necesidad de sacar oro del río Orinoco: “Lo que sí creo es que aquí se hace dinero, todo el mundo parece tener muy buenas situaciones”, dice la pintora en una de sus cartas durante la estadía en el país. Así que las relaciones entre lo extranjero y lo nacional, entre lo moral y lo inmoral, se diluyen y complejizan, a despecho de esa joven Warao, migrante y desplazada, que pintó en un pared un árbol cerca del río, pero con una referencia paradójicamente no oriunda de su tribu, sino más bien vinculada al cristianismo en homenaje a la Señora Consolata, quien, según algunos, fue defensora como consuelo personal del libro del Apocalipsis.
©Trópico Absoluto
Notas
[1] El texto de Octavio Sisco Ricciardi se puede encontrar online bajo el título”Remedios Varo: la exploradora de las fuentes del Orinoco“, algo de él se basa en el mito Piaroa que recogiera el antropólogo Ronny Velásquez.
[2] Me baso en los hermosos textos de Krenak Futuro ancestral e Ideas para postergar el fin del mundo, aunque tengo algunas reservas sobre el binarismo Occidente y culturas aborígenes, que se explica en su caso personal y cultural, pero que no sé si ayuda mucho para abrirnos a una ciudadana más abierta en estos tiempos, porque no hace sino perpetuar de manera inversa el occidentalismo que tanto criticara en su momento Edward Said. Sería así una suerte de “guerra de civilizaciones” tipo Samuel P. Huntington al revés. Del resto, me parecen fabulosas sus indagaciones y críticas.
[3] Algunos estos argumentos se pueden ver en unas viejas declaraciones del exministro Rafael Ramírez y la nacionalización de la faja petrolífera: https://www.rafaelramirez.net/articulos/1ero-de-mayo-de-2007-la-nacionalizacion-de-la-faja-petrolifera-del-orinoco/ . Para un análisis más detallado y crítico , está el trabajo de Anne Péné-Annette, Arnoldo Pirela y Didier Ramouss: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=40325107001.
[4]Sobre la minería ilegal, hay bastante documentación. Un resumen se puede ver en el trabajo del año pasado de Luna Perdomo: https://www.lapatilla.com/2024/03/11/venezuela-es-el-segundo-pais-con-mas-mineria-ilegal-en-la-region-tiene-mas-de-2500-puntos/
[5] Para mayor información sobre la exposición, se puede seguir la página web del evento y otros aspectos: https://chicagoarchitecturebiennial.org/people/laboratory-of-intersectional-ecologies/
[6] Al hablar de las obras de García Márquez o de Carpentier, ve que en ellas “lo maravilloso –dentro de lo cual, sensu stricto, cabe lo mágico- ha sido la forma particular a través de la cual se ha capturado y disciplinado el espacio ‘americano’, ha sido la forma en que se lo ha dominado y poseído” (Sin retorno, 168).
[7] La bibliografía se amplía sobre el tema de la intervención de Cuba sobre Venezuela: está el libro de María C. Werlau, el trabajo de periodismo de investigación bien documentado por parte de una cantidad de periodistas importantes que se refugiaron bajo el nombre Diego G. Maldonado. Una investigación de la agencia internacional Reuters en agosto del 2019 muestra el acceso que tuvo Cuba del sector militar venezolano y el aparato de espionaje. Exoficiales y autoridades, algunas vinculados al régimen, como el “Pollo” Carvajal, Antonio Rivero, Rafael Ortega, entre muchos otros. De igual modo, informes de la OEA, del Instituto Casla, entre otros organismos no gubernamentales, han dado pruebas del asesoramiento cubano en las torturas.
Juan Cristóbal Castro (Caracas, 1971), estudió Comunicación Social y Letras en la Universidad Central de Venezuela. Es Doctor en Literatura por la Universidad de California. Actualmente es profesor en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile. Ha publicado los libros Alfabeto del caos: crítica y ficción en Paul Valéry y Jorge Luis Borges (Facultad de Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela, 2007), Idiomas espectrales: lenguas imaginarias en la literatura latinoamericana (Editorial Javeriana, 2016) y El sacrificio de la página: José Antonio Ramos Sucre y el arkhe republicano (Almenara, 2020). También publicó el texto-ficción Arqueología sonámbula (Anfibia, 2021).
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