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Sobre memorias y comienzos: Homenaje a Salvador Garmendia

A partir de 'Memorias de Altagracia' (1974) de Salvador Garmendia, Mónica Marinone revisita una escritura que transforma los recuerdos en experiencia sensible. El texto explora la infancia, la memoria y la percepción como modos de reconstruir el pasado, atendiendo a una autobiografía excéntrica que disuelve límites entre sujeto y mundo. Una poética de la intimidad que redefine la relación entre memoria y lenguaje.

Juan Gustavo Cobo Borda, Salvador Garmendia y Eugenio Montejo retratados por Vasco Szinetar. Sabana Grande. c. 1982. © Vasco Szinetar

Memorias de Altagracia[1] fue el primer volumen de Salvador Garmendia (1928-2001) que llegó a mis manos, en edición de Seix Barral, durante la dictadura militar. Se accedía a casi nada de literatura latinoamericana y el título sin dudas sorteó censuras. Salvador me aproximó a Venezuela cuando era estudiante, una literatura que después trabajé intensamente. Hoy no hablaré de mis tesis sobre otros narradores venezolanos, pues quiero recordar ese comienzo y a un escritor magistral respecto de una estética reivindicatoria de la intimidad, los mundos cotidianos a veces alucinados e irreales, el trabajo con la materialidad del lenguaje en beneficio de la interferencia, la contaminación de planos o la disolución de límites (incluso el que nuestra ajenidad impone). Y,  me parece, de su valoración de lo breve como lo intenso, que en ciertos  casos  (pienso en Hace mal tiempo afuera)[2] alcanza puntos de exaltación máxima.

Ángel Rama estudió a Garmendia desde mediados de los ’60 y lo definió como un narrador “original”[3], tanto en el contexto de la literatura de su país como latinoamericana. Es una palabra que suelo recuperar en mis clases porque arrastra un peso inquietante y resuena en narrativas posteriores, incluso las propias, como sus primeras novelas. Confieso que, en mis intentos por trazar líneas imaginarias con la pretensión vana de domesticar la escritura de nuestro continente, no olvido los textos disruptivos de Salvador, extraños en su sencillez aparente, textos que al ser releídos (una de sus enseñanzas) potencian reflexiones renovadas sobre problemas complejos (escritura y lectura p.ej.).

Recordemos que Memorias de Altagracia es una fuga que abre caminos nuevos en su sistema novelístico. Fue escrita en Barcelona y es una sucesión de relatos que, incluso integrándose en una totalidad, a su vez pueden leerse como unitarios liberando la decisión del corte y la continuación a partir de cualquier lugar. Salvador juega con esta posibilidad y sutilmente nos incluye en un terreno inestable, de la no –  fijación, de una ausencia de control reforzada por la falta de explicaciones. Son modulaciones que redundan en la ambigüedad y propician la salida de precisos (cómodos) lugares de interpretación porque descomponen la armadura de lo establecido. Ejemplifico esta operatoria con los inicios, la elección del título (Salvador jugaba con los títulos por entenderlos el principio del encantamiento). En este caso, la palabra “memorias” instaura cierto pacto de lectura que  se suspende cuando se cae en la cuenta de que el texto está sometido, en su mayor parte, a la perspectiva de un niño (pensemos que las memorias suelen generar grandes hombres a partir de los que se funde el recuerdo de la historia subjetiva y su verdad psíquica con el recuerdo de la  Historia y su verdad histórica) Cuando digo “perspectiva” no me refiero a una escritura en/de la infancia desde un saber reflexivo acerca de ella (Nicolás Rosa dice: “un infante no puede escribir la infancia porque no sabe nada de la infancia”)[4]. Hablo de la recuperación de un modo de percepción ligado a los afectos y al cuerpo, modo esforzado en desactivar una intermediación que, vislumbrándose en ciertas divergencias que algunos verbos suponen, termina siendo olvidada. Es una exploración notable desde el prisma de una mirada que revela el carácter transubjetivo de las experiencias iniciales, las que no disocian el sentimiento de sí del sentimiento del otro o de lo otro. Podría decir una cartografía, una puesta hecha de puntos de referencia cognitivos, de rituales, de vínculos compartibles y no compartibles, de costumbres orgánicas fijadas en alguien (en cualquiera), los que, inscriptos en dicha subjetividad en estado naciente, son fundantes y por esto llevarán la marca de lo recurrente (o como dice Guattari leyendo a Stern: por eso reaparecerán  en el sueño, el delirio, la exaltación creadora o el sentimiento amoroso).[5] 

Cerca de la piel verde de ese estanque, que se arruga de nada más soplar por encima, la cara de uno que nunca llega a hundirse más allá de donde se puede tocar con los dedos, es una telita delgada de agua sólida que hace ondas o se deshace por los lados, o se destruye por completo en trozos desunidos o trémulos entre los cuales se suceden visiones repentinas de ojos y pedazos de piel que intentan reunirse muchas veces y se despegan nuevamente acometidas por innumerables reflejos; hasta que la figura se rehace  por sí sola. (MA 17)

La cita es ejemplar respecto de un trabajo que configura el como si de la percepción para traducir una experiencia en tanto la capacidad de acercarse a las cosas y madurar una intimidad con ellas, un trabajo de paciencia (diría Baricco atravesado por Benjamin) [6], que integra forma, movimiento, color… para surgir en el acto de lectura con cierto sentido inmanente, tal como se presentaría a nuestros sentidos. Y una de las virtudes que conlleva la realización de esta opción nada fácil, es que, a pesar del indicio personal constante, el “yo” parece decolorado, borrado hasta llegar a la prescindencia de un nombre. Entonces, desde este otro sentido regreso al pacto de lectura y a su reactivación, a la pertinencia del uso “memorias” anticipando un ejercicio dirigido al exterior: el título prefija el protagonismo de Altagracia (a pesar de la subordinación), que surge tensando la fundación de dicho sujeto, el cual, como corresponde también a las “memorias”, no vacila.

El uso “cartografía” no es inocente. Aquí la memoria es facultad, pero también sitio restituido, puro lugar de acumulación, como la escritura. Ya ha sido señalado,[7] la memoria no registra la duración concreta, el tiempo no la anima y es en el espacio donde encontramos los fósiles de duración y la localización de la intimidad. Es decir, para el conocimiento de la intimidad es más urgente que la determinación de las fechas, la localización en el espacio, que es aquí todo, de ahí la necesidad de pensar dicho concepto en un sentido lo más amplio posible, porque alcanza tanta saturación que llega a comprometer todos los órdenes: el tiempo es espacio, los seres también lo son (pueden ser atravesados p.e.). Por eso la casa es el primer centro que Garmendia funda en su carta geográfica: nos llama a él, como a un núcleo de fuerza en la apertura del volumen:

También se puede llevar por la calle toda la casa con sus ruidos, las caras distraídas que parecen ir de viaje a lugares de mucha gente donde hay gritos y música, el patio encandilado lleno de ponzoñas y hojas velludas, el susto en una ventana entreabierta y levarla así, del diestro, como un caballo grande y huesudo. (MA: 42) 


He leído repetidas veces la extensa dedicatoria que abre Hace mal tiempo afuera. Salvador hablaba de este volumen como de un regalo para los amigos, para sus afectos, seres puntualmente indicados en inicio de cada breve relato.

Para mi hermano Hermann Garmendia, en nombre del piano de la sala, la ventana de reja, el mecedor, el gran espejo carcomido y las manchas de tinta en la mesa de mármol; el tinajón del patio, la mata del jazmín del cabo, el crujido de la cáscara de tamarindo dulce; el olivo, el cristal de la sábila, la pestilencia de la cola rancia en el cuarto de encuadernación, el jugo de la verdolaga, la baba del caujaro, el sabor del clavel del muerto; un volumen en cuarto de La Isla Misteriosa de Julio Verne con todas sus páginas remendadas, el vientre de Mateo Mole y las lágrimas de Guido de Fongalan derramadas en vano; la piedra del fogón de leña; la piedra de los aliños, la piedra de moler maíz; el crujido de la cuerda del reloj de péndulo, las dos alacenas del comedor, los dobles de las seis de la tarde. Para Hermann, en fin, donde comenzó todo.

Me he preguntado, también repetidas veces, por qué esta extensa dedicatoria me resulta un texto operador (Hermann lo indujo a leer toda la literatura posible cuando Salvador era un niño de 12 años y estuvo, en cama, tuberculoso). La dedicatoria, otro comienzo, se ve que es una vasta enumeración de objetos, de imágenes sensoriales, de impresiones nada extravagantes porque, se entiende, son propios de un espacio íntimo compartido, sencillamente próximos, congruentes. Sin embargo, este encuentro tan poco desconcertante posee para mí, ese “poder de encantamiento”[8] pretendido, la fuerza seductora de una primera escena textual. Quizás sea porque a través de la feliz acumulación nominal como simple nombrar, Salvador logra restituir la vitalidad de un tiempo. Probablemente las dos frases que enmarcan dicha enumeración contribuyan a este poder: “Para mi hermano Hermann Garmendia, en nombre de… Para Hermann, en fin, donde comenzó todo”. Deseo permanecer en el efecto que ese “episodio” de lenguaje me produce y en la frase final (“donde comenzó todo”) para subrayar, por obvias razones, el saber de los comienzos en los textos de Salvador Garmendia.

Sería esa competencia por la que pareciera no haber preparación o reorganización de una carga previa respecto de “empezar a escribir”.  Como si el imaginario acumulado a que se refiere Noé Jitrik[9], un imaginario que está saturándose constantemente, no pesara, no planteara una inminencia. O como si la escritura en tanto acto físico no sólo descansara en esa red, sino que le fuera inherente, es decir, fuera la instancia de un previo librado de conflicto y de hiatos que prevé lo que sigue. Me parece que aquí reside el principio de ese efecto de naturalidad que otras estrategias orientan: en la posibilidad de unos comienzos como zonas que parecieran restituir un diálogo suspendido en apariencia, cuya particularidad, por lo contrario, sería la pura continuación.

Notas

[1] Manejo la edición de Madrid: Cátedra, 1982. Las citas y paginación anotadas corresponden a esta edición. En citas abrevio MA.

[2] Garmendia, Salvador, Hace mal tiempo afuera. Caracas: Fundarte,1986.

[3] Me refiero a “Salvador Garmendia y la narrativa informalista” (Ensayos sobre literatura venezolana. Caracas: Monte Ávila, 1991) En este extenso artículo, Rama escribe una Introducción donde detalla su anterior publicación como libro, con el mismo título, editado por la Universidad Central de Venezuela en 1975.Asimismo, en dicha Introducción detalla dónde aparecieron ciertos apartados en forma de trabajos parciales, publicados por revistas especializadas, entre 1966 y 1974.

[4] Rosa, Nicolás, El arte del olvido. Buenos Aires: Puntosur, 1990: 57.

[5] Félix Guattari se basa en D. Stern para formular este concepto. En  Caosmosis. Bs. As: Manantial, 1996.:17 (D. Stern, The Interpersonal World of the Infant. NY; Basic Books, 1985). 

[6] Baricco, Alessandro. Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación. Barcelona: Anagrama, 2006: 114.

[7] Para esta consideración de la casa me baso en G. Bachelard, La poética del espacio. México: FCE, 1974: 38 y stes.

[8] La expresión es de Foucault  respecto del efecto que  la enumeración de Borges,  por razones opuestas, le producía (Cfr.  Las palabras y las cosas. Barcelona: Planeta, 1984)

[9] Cfr, Los grados de la escritura. Bs As: Manantial, 2000: 93.


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