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En torno a ‘El porvenir’

Por | 14 octubre 2023

Miguel Gomes (Caracas, 1964) escribe sobre El Porvenir. Diarios 2015 - 2020 (Caracas: Libros del fuego. 2023), de Ricardo Ramírez Requena. El autor considera el trabajo como “parte imprescindible de una memoria compartida que surge de coyunturas graves de la historia venezolana”, y lo ubica en el contexto del “apogeo súbito del diario en la Venezuela de los albores del siglo XXI”. Una tendencia que surgiría en “respuesta a los totalitarismos que ponen en peligro formas de sensibilidad individual previamente comunes en un país que destacaba en el contexto latinoamericano por la amplitud de su clase media. Otro argumento, complementario, trataría de ver en los géneros de la intimidad el refugio de un sujeto desengañado por la derrota hasta ahora de cada uno de los intentos de resistencia organizada o comunitaria a la expansión de dichos totalitarismos”.

Ricardo Ramírez Requena. El Porvenir. Diarios 2015-2020. Caracas: Libros del fuego. 2023.

A 28 de julio de 2023

Anoche concluí El porvenir (Bogotá: Libros del Fuego, 2023), la segunda entrega de los diarios de Ricardo Ramírez Requena. Tal como ocurrió con la primera, Constancia de la lluvia (2015), el efecto ha sido poderoso: me ha puesto a releer los subrayados, mientras rescato trabajos de Maurice Blanchot, Philippe Lejeune, Paul de Man, Gérard Genette; igualmente, me ha forzado a pensar en las razones del auge tan llamativo del diarismo en la Venezuela de los últimos años. Insoslayables son los títulos que Armando Rojas Guardia, Rafael Castillo Zapata, Alejandro Oliveros, Victoria de Stefano, Antonio López Ortega o Ana Teresa Torres han aportado a una tradición donde ninguna variante del discurso autobiográfico había sido característica, pese a recordarse a Rufino Blanco Fombona y a Rafael Pocaterra como predecesores más o menos excepcionales, tardíamente apreciados. Tanto los diarios como las memorias lejos están de ser tipos literarios dominantes en el ámbito hispánico.

Seductor, como siempre, sería esbozar explicaciones universales o esencialistas, precisamente lo peor que puede hacerse en lo que atañe a géneros literarios: al respecto, solo la consideración de circunstancias específicas ha probado su validez.  Deduzco, por eso, que un auge como el actual se vincula con lo que ha ocurrido en la sociedad venezolana de entre milenios.

Cabe tener en cuenta otros brotes importantes de la escritura del yo a lo largo de la historia. La intimidad tal como hoy se concibe en Occidente surgió, de hecho, según señala Kathy Eden en The Renaissance Rediscovery of Intimacy (2012), del tratamiento que autores como Petrarca, Erasmo y, en su estela, Montaigne dieron a las epístolas de Séneca, Cicerón y otros clásicos, sin desconocer que ese «redescubrimiento» o, más bien, reinvención, obedecía a los estímulos inmediatos de un entorno donde la cosmovisión medieval se resquebrajaba y donde los valores propios de la burguesía emergente se afianzaron. Si se amplía la perspectiva y se agrega lo que acontecería poco después en las artes plásticas, la hipótesis se fortalece: la atención a la vida privada de la pintura neerlandesa de los siglos XVI y XVII tampoco se disocia de condiciones materiales en las que el feudalismo siguió perdiendo terreno con el avance de la lógica del capital; esta hizo incluso tambalear la monarquía, con la instauración exitosa de la República de los Siete Países Bajos Unidos en 1581.

El apogeo súbito del diario en la Venezuela de los albores del siglo XXI es atribuible, creo, a una respuesta a los totalitarismos que ponen en peligro formas de sensibilidad individual previamente comunes en un país que destacaba en el contexto latinoamericano por la amplitud de su clase media. Otro argumento, complementario, trataría de ver en los géneros de la intimidad el refugio de un sujeto desengañado por la derrota hasta ahora de cada uno de los intentos de resistencia organizada o comunitaria a la expansión de dichos totalitarismos.

La escritura como espacio de tregua y restablecimiento.

A 29 de julio de 2023

El porvenir empieza el 27 de febrero de 2015 evocando, ni más ni menos, una convalecencia:

Me hospitalizaron, luego de un enero confuso, el miércoles 4 de febrero. El lunes 9 me operaron. Limpiaron, me quitaron parte del colon y cuarenta centímetros de intestino delgado. Arreglaron, corrigieron. Latonería, pintura, tubería. Pasé trece días en la clínica. Estoy en casa desde el diecisiete, comiendo bien, haciéndome exámenes de sangre regularmente, controlando mi peso (apenas tengo cincuenta y tres kilos) y mi temperatura.

No sin la intervención de la metonimia y el sentido del humor, el cuerpo indica la presencia del sujeto. Un sujeto que se recupera, al principio, de un padecimiento individual —del cual Constancia de la lluvia nos había informado: la enfermedad de Crohn—; pero que también, en la última página de El porvenir, será asediado por un mal que rebasa la patología privada, una auténtica pandemia, la del COVID-19: “Vivimos los días más oscuros. Estoy junto a Blanca y Tomás, abrazándolos fuerte. Vendrán días mejores” (2 de junio de 2020). La sutileza de Ramírez Requena es notable, puesto que el arco descrito en su libro no implica una rendición a los colectivismos crudos: el nosotros final, ha de observarse, está determinado por la familia, una experiencia todavía privada de lo colectivo, introducida en escena desde muy temprano, con menciones constantes no solo a la mujer y al hijo, sino a los hermanos, a la madre, al padre, sin omitir la familia extendida creada por los lazos de amistad.

El vínculo entre enfermedad e intimidad, no obstante, resulta especialmente productivo en ellas. Llama la atención, por ejemplo, la enálage con que se describe, el 28 de marzo de 2015, una alteridad descubierta a través de los desafíos somáticos:

Los reposos médicos invitan a ver mucha televisión y a escribir poco. Hay cansancio, a veces dolor. Duermes mucho. A veces lees […], pero nunca con gran fervor.
Rezas.
¿Cómo se vuelve a la normalidad después de una gran operación?
¿Se puede?
¿No debe cambiarse la vida?

En otras palabras, la conversión del yo en al principio del pasaje insinúa una clave de comunión, refrendada por la impersonalidad de las frases siguientes y, ya erigida en asunto, por el examen de un paradigma vital. El sufrimiento físico nos revela, así, umbrales de la identidad, una manera de conocer al otro no mediada por la ideología ni las compulsiones doctrinales. No es casual que, justo después de esas líneas, leamos otras donde se produce una conmovedora convergencia de vida y muerte, de lo propio y lo ajeno; dimensiones de fraternidad descubiertas en la más estricta intimidad como reacción a una noticia del mundo exterior:

Anoche, en un concierto de Gabriela Montero en Bogotá, murió de un infarto Carlos Pacheco, gran crítico, editor, profesor. Siempre fue muy generoso conmigo.
Siento una profunda tristeza.
Su muerte, en mi sobrevivencia, es una lección de vida.

En sus Cadernos de Lanzarote (1994), José Saramago describía la voz del diarista como un “olhar do espelho”, una mirada del espejo. La operación básica de los géneros autobiográficos modernos consiste no tanto en la mimesis del yo, como en su autopsia, en el sentido etimológico más estricto del término: ‘una inspección con los propios ojos’. Inspección que, desde luego, depara una escisión entre sujeto y objeto, lo que inevitablemente culmina en otredad. No está de más reparar asimismo en lo que Wittgenstein —autor citado en El porvenir— escribía en 1931: “Eine Beichte muss ein Teil des neuen Lebens sein”, es decir, ‘una confesión tiene que ser parte de tu nueva vida’. Las preguntas suscitadas por el fallecimiento de Carlos Pacheco coinciden con tal dictamen. Acaso la iniciativa de Ramírez Requena de comenzar esta entrega de sus diarios por una fase de convalecencia deriva del ansia de renovación.

A 30 de julio de 2023

A medida que se avanza en El porvenir el motivo de la enfermedad multiplica sus significados. Además de delinear los confines de la subjetividad, de alguna manera participa en la cartografía de lo humano. Penosas son las impresiones del 7 de abril de 2016:

Una mujer con cáncer se suicidó para no padecer el infierno de vivir su enfermedad sin medicamentos. El país es un horror por todas partes: los linchamientos se han vuelto un asunto de cada día. Es el espanto.
Escucho mujeres enfermas llorar en la radio […]. Mujeres enfermas (cáncer) que no consiguen medicamentos, que no tienen recursos para irse del país […]. Lloran la muerte de niños, ancianos. Quieren llegar a viejos, quieren vivir.

Como puede advertirse, lo interpersonal a duras penas se deslinda de horizontes sociales o políticos más amplios. Ello se verifica desde el 15 de julio de 2015, cuando el diarista echa mano de un antiguo topos, el de la nación doliente —con gran éxito en las letras hispanoamericanas, por cierto; recuérdense, entre muchos títulos, Continente enfermo (1899) de César Zumeta, Enfermedades sociales (1905) de Manuel Ugarte, Pueblo enfermo (1909) Alcides Arguedas o Radiografía de la pampa (1933) de Ezequiel Martínez Estrada—; aunque Ramírez Requena sabe independizarse de la fórmula para retratar matizada y complejamente el deterioro venezolano, con su desmoronamiento económico e institucional reciente añadido a la subsistencia de añejas taras de la mentalidad hidalga mantuana con respecto al trabajo:

El resentimiento es la gran enfermedad de este país, de esta tierra. Si te va bien en algo, te odian porque te va bien. Si compras un libro, te odian porque compras un libro. Nada se perdona en la tierra del igualitarismo. Ocurre en todas las clases sociales. Si destacas en algo, el rico no te perdona porque eres rico. Si destacas en algo mínimo, lo que sea, el pobre no te perdona por no ser pobre […].
Mis padres fueron de clase media; yo dejé de serlo hace años. Cada vez somos más los que nos movemos en un entramado social […] raro. Una suerte de proletariado con estudios, odiado por todos […]. Si escribes sobre poesía, por ejemplo, así sea en ánimo celebratorio, te linchan los burócratas de la poesía. Si eres librero, te desprecian por ser «empleado», «comerciante».
Somos gente muy extraña los habitantes de este país.

Venezuela es, sin duda, una de las inquietudes centrales. A nadie habría de sorprender: en la tradición nacional las escasas muestras de escritura autobiográfica, en cualquiera de sus modalidades, han tendido a confluir con el repertorio de un ensayismo muy específico: el interesado en los dilemas de la colectividad. Para cerciorarnos, bastan los diarios de Blanco Fombona o las aproximaciones de Mariano Picón Salas al género de las memorias. Entre los diarios literarios recientes puede divisarse la perseverancia de lo reflexivo-testimonial, y en dos de ellos de un modo prominente: el Diario de sombra (2017) de López Ortega y el Diario en ruinas (2018) de Torres. La elocución de sus títulos traza con fidelidad el marco en que el abordaje de lo venezolano se lleva a cabo, con una angustia muy sentida por los acelerados procesos de decadencia. Ramírez Requena se mueve con frecuencia en ese territorio: por sus renglones desfilan, como he consignado, la desaparición de la clase media y el derrumbe de las instituciones fundamentales de un país, pero también el hambre, el bachaquerismo, la desintegración de la economía y de la educación, las familias separadas por la emigración, la violencia cotidiana, el crecimiento incontrolable de la delincuencia, la corrupción grotesca y la desaparición de la democracia. Tal vez el resumen más amargo data del 21 de septiembre de 2016: “Aquí seguimos, querido Carlos Rangel, en el tercermundismo. Una cloaca con guacamayas hermosas, que retrocede y avanza”.

A 2 de agosto de 2023

Pese a que no esté de más hacerlo, en vista de la tendencia escapista y negacionista últimamente común entre lectores venezolanos, recalcar solo los aspectos pesarosos y trágicos del intenso recorrido que nos propone El porvenir no le haría justicia cabal al libro. En todo diario se respira la heterogeneidad de lo cotidiano; en este caso se potencia con el esmerado registro de la vivencia cultural.

Una de sus vertientes consiste en el seguimiento de la pasión lectora del diarista, desde el despliegue de impresiones espontáneas hasta la disquisición más desarrollada, en vías de convertirse en reseña. Los autores son numerosos, figurando casi en cada página. Se comentan o traducen poemas de Wallace Stevens y Mark Strand. Crucial resulta la presencia de centroeuropeos y rusos, oscilantes entre la asfixia dictatorial y el desarraigo: Márai, Bunin, Brodsky, Miłosz, Zagajewski… Entre los nacionales, sin distingos de generación ni grado de canonicidad, se transcriben poemas de En torno a Basho de Rafael Cadenas; de Miyó Vestrini, nos topamos con una composición sobre la tortuosidad de la memoria; de Víctor Carreño, se nos ofrece un párrafo de Cuaderno de Manhattan donde se superponen la ficción, el recuerdo, la revelación personal; de Enza García Arreaza, leeremos versos de El animal intacto que anunciaban su talento como poeta. De idéntica relevancia son los croquis de la sociabilidad literaria y artística caraqueña, sea el encuentro en una librería de Ramírez Requena con Castillo Zapata y Alejandro Sebastiani Verlezza para conversar sobre los diarios (29 de junio de 2015); sea la asistencia a una exposición póstuma de Luis Brito (6 de julio de 2015); sea la constatación, prescindiendo de ceremonias, de que la profunda crisis económica afecta por igual a las clases más humildes y a la élite letrada, y no solo de manera literal, sino anímicamente, tallando con mano férrea miedos profundos hasta en el ámbito onírico (17 de agosto de 2015). En el período en que se escribió El porvenir el autor era librero, editor y tenía experiencia docente en la Universidad Central de Venezuela; no faltan sus observaciones sobre la vida cultural desde esos ángulos en concreto.

Ricardo Ramírez Requena. El porvenir. Diarios 2015 – 2020. Caracas: Libros del fuego. 2023

Quizá la veta más fascinante de la reflexión literaria que nos depara Ramírez Requena no se agota con lo anterior, e incluye una mirada interna, rica en momentos autorreferenciales. La admiración —del todo razonable— por los diarios de Julio Ramón Ribeyro y de Rafael Castillo Zapata, testimoniada en varias oportunidades, facilita que entendamos la ductilidad mercurial de su propio discurso, abierto a estímulos numerosos y capaz de tonos incluso contrastantes. Pero hay algo más que no habría de pasarse por alto en El porvenir: su visión de la escritura diarística como una especie de salvación. “Me sostienen mi mujer y este diario. No es poco. Y menos mal que es así. La historia mínima de cada uno nos sostiene”, se asevera el 1 de junio de 2015, luego de entrever lo que en el orden político y económico podía aguardarle a Venezuela en los restantes meses de aquel año. Algo similar se apunta el 6 de febrero de 2016, luego del fallecimiento de un pariente: “Este diario a veces me salva de la mudez (eso tan diferente del silencio)”. Y poco a poco, acuciantemente en las anotaciones de 2019 y 2020, comprobaremos que la abstención paulatina de otros géneros transforma el diario en un espacio ascético, de preparación espiritual para las contingencias del presente. Se escribe el 2 de junio de 2019:

Mi servicio a la poesía está en dejar de escribirla […], y en leerla y difundirla como acervo espiritual del día a día. Me interesa la poesía como discurso del silencio, entre lo filosófico y lo religioso. Por eso ya no la escribo. Me acepto, ya, en las comarcas de la prosa (Montaigne, Cervantes y otros como Dickens, Conrad, James, Proust), en el ensayo, en el diario. Aquí estoy.

Pasados unos meses, el 16 de diciembre, la conclusión se radicaliza: “Tengo dos años sin escribir poesía o ficción. Apenas el ensayo, el diario, el apunte. Artículos. Seguiré por acá”. Pero ha de percibirse que ese acto de despojo es, por fortuna para nosotros, relativo. El 2 de octubre de 2017 se leen estos versículos como único vestigio del día:

¿Cuándo desaparece la vulgaridad
de los cuerpos
y aparece la belleza
llenando nuestras manos
de esos cuerpos,
sin destrozarnos?

Y antes, el 28 de junio de 2016, aunque no acepte de buenas a primeras el calificativo de ficticio, nos asalta, con inequívoca autonomía expresiva, un microrrelato:

Voy a buscar unos récipes médicos en donde mi doctor. Me siento feliz: estar sano es maravilloso, luego de tres años de lucha. Cuando voy bajando del Centro Médico San Bernardino, resbalo en barro y me caigo. En un banco, se me cae y rompe un bolígrafo. En el metro, se desmaya una muchacha.
Señales.
Nunca debes gritarles tu felicidad a los dioses.
Guárdala para ti.

No conviene olvidar, tampoco, que aquí y allá surgen transcripciones del Diario de Ismael da Silva, retomado de Constancia de la lluvia, donde se describía como un proyecto inacabado que se incorporaba sin un patrón fijo para crear una mise en abyme, “un diario ficcional dentro de otro, real. O viceversa” (15 de abril de 2013). Abundan en esos textos las situaciones rocambolescas; de vez en cuando, los escenarios se caracterizan por la opresiva exuberancia tropical de Álvaro Mutis, sin que falten las alusiones políticas con el escape de una isla convertida en infierno:

Ismael, la isla está en un campo magnético virtual en donde todo puede verse desde cualquier lugar del mundo. Como un enorme microscopio global que puede vernos. Hoy en día, la isla es una cárcel virtual: todo en ella es falso. Las castas, las autoridades, los burdeles, todo. Es un invento de la historia, de los que triunfaron en algunas comunidades (El porvenir, 15 de julio de 2015).

Imposible obviar el soterrado diálogo con Jeremy Bentham —¿por intermedio de Foucault?—, con el Adolfo Bioy Casares de La invención de Morel y con el Thomas More de Utopia. Menos fácil sería relegar las analogías entre el plano de la ficción y el del testimonio: ya fuera del contexto del diario de Ismael da Silva, leemos, con fecha de 11 de agosto de 2016: “El chavismo insiste en desconocer el revocatorio para este año, e incluso el año que viene […]. ¿Qué vendrá entonces? ¿El gobierno ampliamente de facto? Somos una isla”. Desgajadas de una novela o noveleta donde la ciencia ficción y el relato de aventuras se entrecruzan de un modo abigarrado, las transcripciones del diario ficticio tienen la ruinosa monumentalidad de una colección de fragmentos que no acaban de acoplarse y que, en esta ocasión, tal como en Constancia de la lluvia, se diluyen con la crepuscular melancolía de los «fracasos» asimilados —y un guiño irónico aprendido, quién lo discute, de Julio Ramón Ribeyro y sus tentaciones—.

Hace unos días, creo que el 31 de julio, me atreví a preguntarle a Ramírez Requena, por WhatsApp, si el apellido portugués de su personaje guardaba alguna relación con Pessoa: ¿tal vez un homenaje? Sumándose a las bíblicas, hay en las sílabas de «Ismael da Silva» varias resonancias literarias (Melville, por descontado, y de nuevo More: el viajero-filósofo que visita la isla de Utopía, Raphael Hythlodaeus, es portugués). Algo en Ismael sugiere, además, una mirada especular oblicua: no solo se trata de un diarista, como su creador, sino que su nombre se convirtió en el seudónimo con que el manuscrito de Constancia de la lluvia se presentó al Premio Anual Transgenérico de 2014, que acabaría ganando. Por todo lo anterior, al leer El porvenir y repasar Constancia, pensé en algún instante que me las había si no con un heterónimo literal —como Caeiro, Reis o Campos—, al menos con un semiheterónimo —como Bernardo Soares—. La explicación de Ramírez Requena no corrobora mi impresión, aunque tampoco basta para descartarla, pues no debemos ignorar la existencia del inconsciente: acudió a ese apellido, asegura, por ser el de uno de sus ancestros maternos, un portugués llegado al estado Bolívar a principios del siglo XX. El «Ismael» también tiene como referente a su padre y otros parientes andinos…; sin embargo, en sus peripecias fantásticas descuella lo marítimo, a la Melville o a la More.

Conclusión provisional: no hay manera de escapar de la literatura mientras leemos estos diarios, mientras escuchamos una voz que insiste en eximirse de la poesía y la narrativa. La matriz expresiva de ambos libros es la figura que los antiguos llamaban paralipsis o preterición: el prometer que no se hará o dirá algo que se está haciendo o diciendo.

A 4 de agosto de 2023

Mientras reviso los apuntes que he dispersado estos días me pregunto si tendré tiempo, antes de terminar el verano, de usarlos para redactar algún artículo sobre El porvenir, siquiera una breve reseña. Espero, sea como sea, que el libro cuente con la recepción que merece: estoy convencido de que constituye parte imprescindible de una memoria compartida que surge de coyunturas graves de la historia venezolana. Su valor no estriba exclusivamente en eso: se trata del retrato dramático de una sensibilidad que forcejea con las circunstancias para sobrevivir y, mientras la lucha se prolonga, nos concede milagrosos paréntesis creadores. Ello no se limita a ser una consecuencia de la extraordinaria flexibilidad del género diarístico. El «discurso del silencio» al que su autor alude, como paciente labor de ascesis, como disciplina de la renuncia, rinde frutos a largo plazo. Por algo el título escogido, en el que se agazapan —disimulados por un manto de temor— auténticos anhelos de trascendencia.

©Trópico Absoluto

Miguel Gomes (Caracas, 1964), estudió literatura en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad de Coimbra. Doctor en literatura por la Stony Brook University, New York. Board of Trustees Distinguished Professor de la Universidad de Connecticut, donde enseña desde 1993. Miembro de la Academia de Artes y Ciencias de Connecticut y miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Posee una amplia obra narrativa. Entre sus libros de crítica se cuentan: Los géneros literarios en Hispanoamérica (Navarra: Ediciones Universidad de Navarra, 1999) y La realidad y el valor estético: configuraciones del poder en el ensayo hispanoamericano (Caracas: Editorial Equinoccio, 2010).

Ricardo Ramírez Requena. El Porvenir. Diarios 2015-2020. Caracas: Libros del fuego. 2023

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