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La aldea Potemkin de Delcy Rodríguez

La invitación de Delcy Rodríguez a periodistas internacionales para que visiten los logros del Estado venezolano tras el reciente terremoto remite a una larga tradición de escenificaciones políticas concebidas para ocultar la realidad. A partir del célebre mito de las «aldeas Potemkin», este texto explora la persistencia de un clásico recurso del poder autoritario: la fabricación de escenarios destinados a modelar la percepción pública y reclutar intelectuales y visitantes extranjeros como testigos de una realidad cuidadosamente construida. El contraste con la respuesta del Estado venezolano frente a la tragedia reciente invita a reflexionar sobre la vigencia contemporánea de esos mecanismos de propaganda.

Foto: Carlos Ancheta. Macuto. Estado Vargas. 2026

La confrontación directa por parte de la prensa internacional es una experiencia para la cual la dirigencia chavista, acostumbrada a controlar todo dentro de su burbuja informativa, está muy mal preparada. El pasado jueves 2 de julio de 2026, flanqueada por las figuras intimidantes de Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez no tuvo más remedio que aceptar las preguntas de medios como El País, Reuters, Associated Press y Telemundo sobre la respuesta del gobierno venezolano al doble terremoto ocurrido el 24 de junio.

Su reacción, aunque no debería sorprendernos, deja a cualquiera boquiabierto. Antes de intentar siquiera negar los hechos implícitos en las preguntas sobre la lamentable acción del régimen ante el terremoto, acometió con virulencia su labor acostumbrada de descalificación. Atribuyó los innumerables testimonios directos de los afectados a “laboratorios mediáticos” comandados por la oposición que, de ser cierta la vileza que Rodríguez le endosa, buscaría capitalizar políticamente la desgracia y desprestigiar al gobierno en lugar de ayudar. Es una inversión de 180 grados de la realidad que entre otras cosas desconoce cómo, fuera de toda ecuación política, ha sido la población desasistida la que ha enfrentado la catástrofe con sus propias manos.

Imagen del diario El País. Madrid. 2.06.2026

La respuesta incurre simultáneamente en una selección interesada de evidencias, sustituye datos generales por casos anecdóticos, desvía el debate hacia una falsa controversia y concluye, sin base lógica, que la existencia de beneficiarios agradecidos invalida las abundantes denuncias sobre la deficiente actuación del Estado. Haría bien la prensa internacional, sentencia Rodríguez, en visitar a esos beneficiarios en espacios controlados por su gobierno.

La invitación a visitar a supuestos beneficiarios del Estado tiene una larga y triste tradición en la historia de la política. La expresión “aldea Potemkin” se origina en el viaje realizado en 1787 por la Zarina Catalina II de Rusia, quien en compañía de un numeroso séquito de altos funcionarios rusos y diplomáticos europeos recorrió los territorios de Crimea, recientemente anexados al Imperio por el príncipe Grigori Potemkin. Se dijo luego que Potemkin, quien había acometido la fundación de ciudades, construcción de puertos y asentamiento de campesinos, habría comandado una gigantesca puesta en escena para embellecer pobres poblados, vestir a los campesinos, levantar fachadas falsas y mover ganado de un sitio a otro. Todo aquello, visto desde el barco y los carruajes en movimiento de la zarina, simularía un desarrollo y prosperidad que no correspondía a la realidad.

Sin importar hoy cuánto hubo de verdad y cuánto de exageración en aquel episodio, el término aldea Potemkin simboliza hasta el presente un tipo de simulación que bajo el comunismo soviético se convertiría en parte esencial del método de gobierno. Ejemplo de ello son los paseos del célebre escritor ruso Maxim Gorki por los territorios del Gulag, el sistema de campos de prisioneros construido durante la consolidación del estalinismo.

En 1929, Gorki fue llevado en visita guiada al Campo de Solovki, instalado en las antiguas islas-monasterio del Mar Blanco como primer laboratorio de lo que sería luego un archipiélago gigantesco de campos de detención, tortura y trabajos forzados. Los carceleros se prepararon para la visita del escritor suspendiendo temporalmente muchos castigos, ocultando a los moribundos, mejorando la alimentación durante algunos días, vistiendo a los presos (muchos de los cuales trabajaban usualmente en la misma ropa interior con la que dormían) y preparando talleres, bibliotecas y actividades culturales para mostrar un supuesto programa de “reeducación”.

Según un testimonio incluido años más tarde por Aleksander Solzhenitsyn en su obra clandestina “El Archipiélago del Gulag”, durante esa visita un niño preso habría logrado acercarse a Gorki en un descuido de los guardias para preguntarle si quería saber sobre la verdadera situación del campo. Accediendo, Gorki ordenó a los guardias dejarlos solos y durante hora y media escuchó descripciones de las constantes torturas, el hambre permanente, las ejecuciones y las condiciones infrahumanas. Conmovido hasta el llanto, el escritor no hizo nada por proteger al niño. Cuando se marchó de Solovki poco después, según continúa narrando Solzhenitsyn, “apenas el vapor en que viajaba se había alejado del muelle cuando fusilaron al muchacho.” El relato nunca ha podido ser confirmado pero, cierto o falso, encarna más verdad sobre la vida en el Gulag que cualquier puesta en escena del régimen soviético.

el término «aldea Potemkin» simboliza hasta el presente un tipo de simulación que bajo el comunismo soviético se convertiría en parte esencial del método de gobierno.

Sobra decir que el episodio del niño no fue reseñado por Gorki, quien alabó en sus textos el “admirable experimento de transformación humana” que reportó haber visto. Esto a pesar de que no podía ser ciego ante la capacidad para la violencia del régimen soviético. Ya en 1917 había publicado en Novaia zhizn’ (Nueva Vida), el periódico que dirigía, ensayos críticos en los que simpatizaba con los ideales del proyecto socialista pero condenaba la represión violenta, la censura y la destrucción de la vida intelectual y cultural que había presenciado desde el inicio de la revolución bolchevique. En el ensayo “A la democracia”, publicado en Noviembre de 1917, había señalado: “Lenin, Trotski, y sus compañeros ya se han envenenado con el sucio veneno del poder, y esto se evidencia en su vergonzosa actitud hacia la libertad de expresión”. El periódico sería cerrado en 1918 por orden directa de Lenin, quien aún así se referiría a Gorki como “uno de nosotros”.

Atacado repetidamente en Pravda, donde se le acusaba de “hablar el lenguaje de los enemigos de la clase trabajadora”, Gorki miró hacia el exilio y fingió enfermedad hasta obtener en 1921 autorización de Lenin para salir del país. En 1924 recaló en Villa Il Sorito, un auténtico palacio barroco en el suroeste de Italia que con su presencia se convertiría en salón cosmopolita de escritores, artistas, científicos, visitantes extranjeros e incluso políticos soviéticos, pues Gorki nunca cortó lazos con el régimen comunista.

Maxim Gorki. Foto: Colección George Grantham
Bain. Library of Congress, Washington. 1906.

Consciente del renombre internacional de Gorki y admirador de su obra, el propio Stalin se dio a la tarea de seducirlo para traerlo de vuelta a la URSS, donde podría cumplir mejor que todos el rol de “ingeniero de almas” que el déspota atribuía a los escritores. Tras una primera visita oficial a la URSS en 1928 para ser homenajeado por sus 60 años y por 35 años de carrera literaria, regresó nuevamente en 1929 por varios meses, durante los cuales tuvo lugar su recorrido por el Gulag.

Ser escritor en la Unión Soviética, incluso para alguien de la estatura de Gorki, no era simplemente un asunto de “ponerse a escribir”. Todo texto que aspirase a ser publicado debía ser aprobado por la Glavlit (Dirección general de la literatura y las editoriales), órgano creado en 1922 para vigilar el cumplimiento de las misiones establecidas por el Partido para los escritores: expresar optimismo histórico y confianza en el Partido, representar a héroes socialistas, ensalzar los procesos de transformación moral mediante el trabajo y presentar una visión positiva del futuro comunista.

Criticar al régimen, publicar en el extranjero sin autorización, contactar a personas sospechosas o disidentes, o difundir cualquier información que pudiese considerarse secreto de Estado, así como cualquier intención presumible a esos efectos, podía acabar con los huesos del escritor en el Gulag. La Glavlit, que llegó a tener 70,000 empleados, prohibía la publicación de todo texto que considerase inapropiado y daba parte a la policía política para que abriese el expediente correspondiente a su autor.

Los incentivos, sin embargo, no eran solamente negativos. Cumplir cabalmente la misión abría la puerta a contratos editoriales, remuneración por derechos de autor, apartamentos, dachas y acceso a tiendas especiales con prioridad para comprar bienes escasos, así como a sanatorios y viajes. El propio Gorki, tras dejarse seducir por Stalin y regresar de forma permanente a la Unión Soviética, recibió copiosos beneficios. Se le asignó la mansión en Moscú del industrial y banquero exilado Stepán Ryabushinski, una obra maestra del Art Nouveau ruso que todavía hoy aloja el Museo Gorki. Recibió también una magnífica dacha para trabajar y descansar fuera de la ciudad. Tenía en asignación permanente automóviles con chofer, personal doméstico, alimentación de alta calidad y bienes difíciles de conseguir para el ciudadano común. Mientras gran parte del país sufría las consecuencias de la colectivización y las hambrunas, el nivel de vida de Gorki rivalizaba con el de los más altos oficiales del gobierno.  Stalin mantenía estrecho contacto personal con él y Gorki, a la par de disfrutar de sus privilegios, aprovecharía ocasionalmente esa relación para proteger a algunos de sus colegas escritores.

En 1933, se organizó una nueva visita al Gulag, esta vez por un grupo de 120 escritores y artistas que darían testimonio de uno de los proyectos más absurdamente inútiles y sangrientos de todos los concebidos por Stalin. En 1931 el tirano había ordenado la construcción de un canal que comunicaría el Mar Blanco con el Báltico (Belomorkanal). Para ello se movilizaron durante 20 meses más de 100 mil prisioneros, quienes lucharon contra los hielos que cubren esos suelos con palas, picos, martillos mecánicos, carretillas y hasta con sus propias manos desnudas, con un costo en vidas humanas que se estima entre 12,000 y 25,000 personas. Ante la premura de realizar el proyecto el canal nunca se excavó a más de 4 metros de profundidad, resultando innavegable para la mayoría de los barcos oceánicos. La obra fue terminada pero no cumplió con el potencial económico y estratégico prometido, haciendo inútil tanto sacrifico humano. Es inevitable encontrar aquí un paralelismo con los infames letreros que, a la entrada de los campos de exterminio nazi, anunciaban a los cautivos: “El trabajo os hará libres”.

Canal Mer Blanche. s/f.

El batallón de 120 escritores y artistas rindió, como era de esperarse, un reporte fulgurante de las bondades del proyecto. Aquello no era menos que una hazaña histórica del socialismo real. El trabajo forzado era un ejemplo de reeducación (perekovka), los presos eran personas moralmente regeneradas y los guardianes educadores. El proyecto demostraba la superioridad moral del sistema soviético y la grandeza de Stalin, su inspirador y conductor. Esto a pesar de que al menos uno de los escritores, Serguéi Alymov, había sido él mismo prisionero del campo de Belomorkanal. El grupo incluía también a Alexander Rodchenko, quizás el fotógrafo más importante de la vanguardia constructivista soviética, quien permaneció meses en la zona y produjo más de 2,000 negativos, imágenes que serían utilizadas luego en la revista URSS en Construcción. ¿Cómo podría Rodchenko no haber visto lo mucho que había para ver?.

Revista URSS en Construcción, N° 12. 1933, pp. 9.

La revista fue publicada en inglés, francés, alemán y español para difundir la “verdad” soviética al mundo occidental. Gorki, quien no había participado en el viaje, fue designado como su primer director editorial. El propio Rodchenko diseñaría un número completo con sus fotografías, un espectacular ensayo visual con fotomontajes, desplegables y grandes composiciones gráficas que sigue siendo considerado una obra maestra del diseño gráfico del siglo XX. La operación de propaganda se decantó también bajo la dirección editorial de Gorki en un libro de más de 600 páginas titulado Canal Mar Blanco–Báltico Stalin. Historia de su construcción. Ese mismo año Gorki sería elegido como primer presidente de la Unión de Escritores Soviéticos, creada por Stalin para consolidar su control sobre la vida literaria e intelectual soviética.

Escuchar a Delcy Rodríguez invitando a la prensa internacional a visitar su aldea Potemkin permite trazar estos antecedentes, pero no se nos deben escapar las vastas diferencias entre aquellas realidades y la nuestra. Las crueldades del comunismo soviético y chino alcanzaron cotas de maldad inéditas en la historia de la humanidad, pero aquellas naciones pantagruélicas eran a la vez capaces de demostrar tremendas capacidades. Puede considerarse la diferencia, por ejemplo, entre el Chávez que gritaba que “seremos potencia espacial” porque tenía dólares suficientes para comprar un satélite, y los chinos o soviéticos que se planteaban desarrollar satélites o naves espaciales y en efecto lograban construirlos. Lo que tenemos es un remedo tropical de aquello, una bufonada erigida sobre un océano de mediocridad, un pillaje a ritmo de reguetón del que solo quedan la crueldad y la pobreza.

Afortunadamente para Delcy Rodríguez, ya no hace falta un escritor del talento de Gorki para vestir de respetabilidad literaria una versión oficial de los hechos tan inmoral como falsa. Puede contentarse con plumas como la de Marcos Roitman Rosenmann, un profesor de la Universidad Complutense de Madrid que lleva años defendiendo al chavismo en textos cuya pobreza estilística rivaliza con sus inconsistencias lógicas. En un editorial publicado el 2 de julio en el diario mexicano La Jornada con el título “Venezuela: manipular la tragedia humana”, tras una letanía de denuncias anti imperialistas, acusaciones no sustentadas contra la oposición democrática, descalificaciones a la prensa internacional y referencias inconexas a la pandemia de COVID-19, Roitman no tardó en sentenciar: “Se puede estar más o menos a favor del gobierno de Delcy Rodríguez, hay más que discutir. Pero no se puede utilizar la catástrofe para emponzoñar una acción ejemplar.”

Imágenes de la campana propagandística «Venezuela renace»

Léase bien, una acción ejemplar. No meramente adecuada, tampoco sujeta a evaluación o crítica alguna a partir de las evidencias. Simple y llanamente, a priori, ejemplar.

Ese mismo día muchos medios internacionales que reportaron desde el terreno reflejaban una realidad muy distinta. Por su parte la organización venezolana de defensa de los derechos humanos “Justicia, Encuentro y Perdón” publicaba en la web el informe titulado “El Estado abdicó su deber de proteger”, un análisis que “contrasta la capacidad táctica del Estado para la coacción frente a su nula articulación logística para asistir a las víctimas.”

Así caen de un soplido las fachadas de la aldea Potemkin de Delcy Rodríguez.

Referencias

Applebaum, Anne (2003): Gulag: A History, New York: Doubleday.

Campany, David (2011): «USSR in Construction No. 12: Baltic White Sea Canal (1933), Alexander Rodchenko» [en línea]. Disponible en: https://davidcampany.com/ussr-construction-no-12-baltic-white-sea-canal-1933-alexander-rodchenko/ [Acceso: 4 julio 2026].

Gorky, Maxim (1995): Untimely Thoughts: Essays on Revolution, Culture and the Bolsheviks, 1917–1918, translated by Herman Ermolaev, introduction and chronology by Mark D. Steinberg, New Haven: Yale University Press.

Justicia, Encuentro y Perdón (2026): «JEP presenta informe “El Estado abdicó su deber de proteger”» [en línea]. Disponible en: https://www.jepvenezuela.com/2026/07/02/jep-presenta-informe-el-estado-abdico-su-deber-de-proteger/ [Acceso: 4 julio 2026].

Montefiore, Simon Sebag (2005): Stalin: The Court of the Red Tsar, New York: Vintage Books.

Museum of Modern Art (MoMA) (s. f.): «Aleksandr Rodchenko. USSR in Construction. Baltic White Sea Canal, no. 12. 1933» [en línea]. Disponible en: https://www.moma.org/collection/works/26505 [Acceso: 4 julio 2026].

Roitman Rosenmann, Marcos (2026): «Venezuela: manipular la tragedia humana» [en línea]. Disponible en: https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/07/02/opinion/venezuela-manipular-la-tragedia-humana [Acceso: 4 julio 2026].

Snyder, Timothy (2015): Black Earth: The Holocaust as History and Warning, New York: Tim Duggan Books.

Snyder, Timothy (2010): Bloodlands: Europe Between Hitler and Stalin, New York: Basic Books.

Solzhenitsyn, Aleksandr (1974): The Gulag Archipelago, translated and abridged by Thomas P. Whitney, New York: Harper & Row.

Wende Museum (s. f.): «USSR in Construction» [en línea]. Disponible en: https://wendemuseum.org/collection/ussr-in-construction/ [Acceso: 4 julio 2026].

Iván Gabaldón Heredia (Caracas, 1966) estudió Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello (Venezuela) y cine en New York University (Estados Unidos). Su trabajo transita entre el periodismo, la fotografía, el cine documental y el ensayo, con especial interés por la memoria, el territorio, la cultura y la historia contemporánea venezolana. Ha desarrollado proyectos editoriales, documentales y artísticos en Venezuela y México; su obra fotográfica ha sido seleccionada por el International Center of Photography de Nueva York y su videoinstalación IN SITU se exhibe actualmente en La Tallera, Cuernavaca. Reside en Mérida, Yucatán, donde codirige Kinetrópico, estudio dedicado a la creación de contenidos audiovisuales y proyectos culturales.

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