Eduardo Sánchez Rugeles: Soy leal al público lector que me ha seguido desde mi primera novela
En conversación con Raquel Rivas Rojas, el escritor Eduardo Sánchez Rugeles (Caracas, 1977) reflexiona sobre Éxigo (2025), su ambicioso proyecto narrativo y multimedia que busca contar, desde la ficción, la experiencia venezolana reciente. Entre la tragedia, el melodrama y una estética atravesada por el lenguaje cinematográfico, Rugeles reivindica una literatura leal a sus lectores más que a la crítica. La entrevista explora tensiones clave: representación, lenguaje, mercado editorial y las formas de narrar un país marcado por el desarraigo. Al fondo, persiste una pregunta: cómo contar Venezuela sin reducirla a una ficción devastadora.
Eduardo Sánchez Rugeles, escritor venezolano residenciado en Madrid, publicó el año pasado la novela Éxigo. El polvo en la garganta (Madrid: Kálathos, 2025). Se trata del primer tomo de un proyecto multimedia, que cuenta con la colaboración del músico venezolano Nelson Castro, y que tendrá tres entregas más. Además del texto, el libro contiene letras de canciones –con códigos QR que remiten a los demos de las melodías mencionadas en la ficción– y fotos en las que los personajes principales son representados por actores contratados para el proyecto. Hay también videos en YouTube a los que los lectores interesados pueden acceder para ver a estos personajes en acción. Conversé por zoom con Sánchez Rugeles en octubre de 2025, a raíz del episodio de «(Re)pensando a Venezuela» en el que presentó el proyecto. Lo que sigue es una versión breve de esa conversación, que fue bastante más larga y fue editada para facilitar la lectura.
Raquel Rivas Rojas: Quería comenzar por el origen del proyecto. Aunque he leído varias entrevistas donde lo has contado y también lo contaste un poco en el evento que se hizo en (Re)pensando a Venezuela, para quienes no lo saben, me gustaría que contaras cómo surge este proyecto, cómo lo concibes originalmente y cómo se va convirtiendo en un proyecto que va más allá de la literatura.
Eduardo Sánchez Rugeles: En principio este era un proyecto meramente literario. Yo quería escribir otra novela. Una vez que terminé El síndrome de Lisboa decidí narrar esta historia. La única ambición que tenía el proyecto en ese momento era el tamaño. Iba a ser grande. Iban a ser tres libros que tenía muy claros: origen, formación y ascenso de la banda; éxito; caída. Me formé ese triángulo y comencé a trabajar. Desde ese momento, yo creo que ya tenía clara la intención de trabajar con los cuatro narradores. Y la primera pregunta que me surgió fue, ¿qué es esto? ¿Cómo se cuenta esto? ¿Qué tipo de novela es? ¿Qué tipo de relato, de género es? Y fue la intuición la que me sugirió que esto era una biografía musical.
Así que durante mucho tiempo me dediqué a consumir, de manera muy desesperada y ansiosa y fascinante, biografías musicales, de distintos géneros y de distintos artistas. No me quise encasillar en un solo género, sino que quise ver elementos en común que tuvieran las biografías musicales, sin importar el género que trabajara el artista. Y fue ahí, durante ese proceso de lectura de biografías musicales, donde se empezaron a sumar ideas o posibilidades al proyecto. Porque me di cuenta de que absolutamente todas tenían fotografías del artista en su etapa inicial, o ya en el momento del éxito. Entonces me pareció que sería interesante reforzar el libro con este elemento visual. Y me di cuenta de que en gran medida desconocía su trabajo. Quiero decir, conocía los grandes éxitos, dos o tres canciones, pero a veces nombraban canciones en la biografía de las que no tenía idea. Entonces me iba a Spotify y escuchaba la canción mientras leía el libro. Y por ahí pensé que eso era muy interesante, leer y escuchar música. Me gustó esa idea.
Luego recuerdo que en una de las biografías me llamó mucho la atención una entrevista que se mencionaba, y me fui a YouTube y vi la entrevista. Entonces esa sumatoria de experiencias que iban más allá de lo literario fue como un detonante. Me di cuenta de que eso me gustaba. Pero, claro, no me sentía capaz en ese momento de abordar un proyecto de esa naturaleza, porque se escapaba de mi experiencia como escritor, como narrador, como novelista. Sin embargo, yo ya tengo muchos años trabajando en el cine, en el sector audiovisual. Eso ha condicionado muchísimo este proyecto. Por haber trabajado en el cine, tengo muy buenos amigos productores y asistentes de producción. Acompañé la realización y la ejecución de dos películas que están basadas en mis novelas, que fueron Jezabel, basada en la novela del mismo nombre, y Dirección opuesta, basada en Blue Label/Etiqueta azul. Estuve ahí y vi cómo se hizo la convocatoria del casting, las giras de locaciones, el proceso de escritura del guion. Entonces llegó un momento que ya decidí que quería incorporar estos descubrimientos, estas experiencias, que estaba sintiendo con la lectura de las biografías musicales al proyecto. Y entonces dije, le voy a meter fotos, le voy a meter música, le voy a poner un elemento audiovisual.
Allí pedí la opinión, el acompañamiento de compañeros de viaje en esos proyectos de Dirección opuesta y Jezabel, y me dieron algunas luces. Me dijeron que necesitaba un presupuesto, un equipo, un fotógrafo, y por ahí me fui. Era todo muy artesanal, todo con muy poquitos recursos, con mis ingresos que eran miserables y lo siguen siendo, pero digamos que me hice ahí un fondo de trabajo para Éxigo. Con la fortuna de que las personas a las que me acerqué a contarles esto se quedaban fascinados con la idea, les gustaba, y así se sumó Nelson Castro, que es el músico que compuso las canciones, y así se sumó Estefanía Pomares, que es la fotógrafa, y así se sumaron posteriormente los chicos [Se refiere a los modelos que aparecen en las fotos: Amaia Quintana, Andrés Adolfo Ruiz, Luis Fernando Campos y Graziella Mazzone].
Hubo una primera etapa de trabajo con Nelson Castro, el compositor, que vive en París, en la que me di cuenta de que para yo narrar esta historia necesitaba que el cancionero estuviera listo, o parte de ese cancionero. Entonces concibo que la banda tiene cinco discos, de los cuales ahora, en la primera parte, sólo conocemos el primero. Así empiezo a trabajar con Nelson las letras de las primeras canciones. Ahí hubo como un semestre de trabajo sólo musical. Me sentaba con Nelson a escuchar música de los 90. Música rock folk, balada, pop de los 90, acústica. Fue una experiencia que disfruté muchísimo.
Las cosas se fueron sumando. Pasó de ser simplemente una trilogía que quería construir e incorporar estos otros elementos, que encontré en la lectura de las biografías musicales, y ya cuando estaba haciendo la escaleta de la novela –y fíjate que te hablo con lenguaje cinematográfico sobre la escaleta–, me di cuenta de que la trilogía no me daba. Porque el segundo libro, que es el libro del viaje que ellos hacen en carro desde Caracas hasta Santiago de Chile, ese viaje chocaba con la etapa del éxito. Los saltos en el tiempo iban a ser, a mi juicio, muy abruptos. Entonces hice una pausa y lo reconfiguré. Y la trilogía se me convirtió en tetralogía, que es el modelo y el mapa con el que estoy trabajando ahora.
En el encuentro en (Re)pensando Venezuela nombrabas el compromiso, que es una palabra que nos da un poco de pudor utilizar hoy en día. Leí en una entrevista un comentario que hiciste sobre una especie de mandato de Vargas Llosa, que dijo que había que escribir la historia de los últimos años en Venezuela y que te habías preguntado si no te tocaba a ti hacer eso. Me parece interesante escuchar tu reflexión sobre esa idea de que esa historia se puede contar a partir de esta ficción. Tal vez porque tengo dudas acerca de que ese imperativo sea realizable en una sola novela, en un solo discurso, aunque sean cuatro tomos. Me pregunto si es posible contar esa historia realmente, o si ese es un proyecto tal vez inalcanzable, pero también tal vez anacrónico, tal vez imposible de realizar hoy en día.
Bueno, creo que lo imposible tiene su fascinación. Lo inabarcable tiene esa cosa utópica que tanto nos mueve a los artistas. Seamos narradores, pintores o cineastas, ese desafío imposible es muy seductor. Por otro lado, yo siempre he sido un admirador de Vargas Llosa. Su obra es importante para mí. Siempre lo leí con mucho interés y desconcierto: Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo… Hay algunas obras de Vargas Llosa que no me gustan, cuando se ponen en tono humorístico sentimental. La niña mala me aburre, Los cuadernos de Don Rigoberto, la odio. Pero La fiesta del chivo, Conversación en la catedral, Pantaleón y las visitadoras, son obras que forman parte de mi formación como estudiante de letras. Cuando leí por primera vez La ciudad y los perros, me marcó. Entonces siempre lo seguí con mucho interés. Y sí, efectivamente, no recuerdo si fue un artículo, si fue una entrevista que vi, pero sí recuerdo que alguna vez él comentó eso, que Venezuela ya tenía como suficiente materia prima para contar esa experiencia reciente de la historia contemporánea. No fue un imperativo para mí, no fue un mandato. No me lo tomé así como un encargo, pero sí me generó algo. Porque sí tengo como la urgencia, la necesidad de contar lo que nos ha tocado vivir como sociedad como país, y ese compromiso se radicalizó mucho más a partir de El síndrome de Lisboa, que es una novela que yo publiqué en el año 2020. Es decir que, antes de esa novela, la curiosidad ya estaba allí, porque yo siempre localizo mis novelas en Venezuela, en Caracas, y está este telón de fondo que nos ha tocado vivir a todos. Pero El síndrome de Lisboa, en particular, bebió mucho de los sucesos de 2017. Las muertes de los estudiantes, ese período de escasez horrible que se vivió en el país.

Comparto tu pudor frente a la palabra compromiso. A mí tampoco me gusta, pero creo que es la más apropiada. Digamos que había como un algo que yo sentía que debía tratar en mis historias. Y cuando me propuse hacer Éxigo, lo que quería contar era mi visión de la historia contemporánea de Venezuela. No es la visión, no es el tratado, no es el ensayo general ni La historia de Venezuela, de Guillermo Morón. No. Es una perspectiva personal, una visión estética de lo que ha ocurrido en el país a través de los últimos años, utilizando la figura de cuatro personajes que han tenido distintas vivencias. Creo que es un catálogo de circunstancias y situaciones límites, de excesos horribles desde una visión totalitaria del ejercicio del poder. La literatura que a mí siempre me ha gustado bebe de allí. Todas esas novelas de dictadores del boom fueron historias que me emocionaron mucho. Entonces quise tomar ese desafío personal, no general. Por supuesto, que esta historia se puede contar desde muchos lugares y de muchas maneras. Y eso creo que es lo que la hace interesante, porque abre un abanico de posibilidades a futuro extraordinarias en las reflexiones artísticas que se hagan en el país. Contar el chavismo, desde la provincia, desde el género, desde la raza, desde la migración. Hay tantos lugares desde donde se puede abordar. Éxigo solo pretende ser una voz más.
Me preguntabas si era un proyecto anacrónico. Quizás sí, si atendemos a una historia de la literatura por etapas y nos comparamos con el boom. En el boom vemos que, efectivamente, esos tipos tenían ese proyecto de totalizar. Puede que en esa escala haya un anacronismo, pero no me preocupa. Creo que mi intención estética no va por ahí. Es simplemente mirar lo que nos pasó como sociedad, como país. Lo que me pasó a mí. Ahora tengo 48 años y tengo 18 años fuera de Venezuela. Y no me lo creo. Yo no me puedo creer que tengo casi 20 años fuera del país, cuando me siento tan cercano. Entonces todo ese proceso personal también quise expresarlo en este relato.
Me preocupaba mucho mientras estaba leyendo la novela –y estoy muy consciente de que estoy leyendo un primer tomo que, por lo tanto, no tengo toda la historia en mis manos– que no hubiera lo que se llama un alivio cómico, o un mínimo de esperanza. Todo lo que sucede es una angustia tras otra, un trauma tras otro. Es una cosa muy del género melodramático. Pero esa cercanía con el melodrama no tiene lo que el melodrama sí tiene, por lo menos tradicionalmente, que es ese alivio cómico, por un lado, pero también ese alivio de que, en algún momento, la tensión va a ceder. En esta primera entrega, esa tensión no baja nunca, todo lo que pasa es terrible. Y mi pregunta iba por el lado de ¿por qué tengo yo que leer esta serie de eventos desafortunados si no tengo ninguna esperanza en el horizonte? Ni siquiera 20 años después, que es el presente de la enunciación donde están estos personajes hay un índice de que va a haber un momento esperanzador en esta historia.
Sabes que ahora que el segundo libro está terminado –aunque lo estoy revisando, lo estoy puliendo– una de las cosas que me llama la atención del próximo tomo, que se llama Camino a la perdición, es que tiene mucho de eso que pides. Es mucho más relajado. Es una road movie, y en todo ese recorrido ya ellos se permiten conocerse mejor, reír y compartir varias cosas. Así que sí es cierto que en el segundo libro hay más aire. Ahora, yo siempre pensé Éxigo como una tragedia, una tragedia aristotélica. Eso es algo que tenía muy claro desde el principio, porque también lo ataba a lo que hablábamos antes sobre el compromiso con Venezuela. La sensación es que hemos vivido años trágicos. Ha sido una experiencia muy dura todo lo que nos ha tocado vivir como sociedad, como país, como ciudadanía, y no quería perder eso de vista. Entonces, quería que los personajes tuvieran ese componente trágico. Mis novelas siempre son muy trágicas. El tema trágico siempre está presente y algo que acostumbro a hacer antes de comenzar a redactar es pasearme por Shakespeare. Releo Otelo, o Macbeth, que es mi favorita. Algo que me encanta de Shakespeare, es que es eso que tú dices: tragedia, muerte, dolor. Ese ritmo tan avasallador en relación con la tragedia, a mí me interesa como modelo. Y también me di cuenta, paseándome por las vidas de los artistas, que muchos tienen unas vidas horribles y han pasado por situaciones trágicas y sumamente dolorosas. Entonces no me pareció descabellado que estos chicos, en este contexto turbio de los orígenes del chavismo, tuvieran estos traumas y que se acumularan todas estas situaciones de dolor donde, a pesar del dolor hubo un intento, no sé quizás fallido de mi parte, de aligerar un poco las aguas con un personaje como Heriberto, por ejemplo, que tiene como otro ritmo. No tiene voz, pero es un personaje que creo que ayuda a filtrar el agobio, el malestar y el desamparo de los otros. Pero sí, había una intención trágica que creo que va a tener altibajos en lo que queda de la obra. Hace poco, en un club de lectura, se dio una conversación muy interesante, porque algunas personas me decían justamente esto: el tema de que no hay luz, no hay esperanza. Y una persona comentó, pero son exitosos, lo lograron, alcanzaron el estrellato, eso habla bien de ellos.
Y allí hay otro elemento que conecto con una crítica tanto cinematográfica como literaria, a la que siempre me he enfrentado desde Blue Label/Etiqueta azul hasta el presente, que es esta idea de que el personaje no evoluciona. El personaje no evoluciona porque está siempre emocionalmente en el mismo lugar. Y yo digo, sí, está roto. Eugenia Blanc, la protagonista de Blue Label/ Etiqueta azul, a sus 30 y tantos años, está igual de desilusionada, sola y amargada en su juventud. Le han pasado otras cosas. Ha incorporado nuevas experiencias, pero no ha tenido ese giro emocional de sentir, «ahora sí soy feliz». Eso es algo que yo he visto mucho. Yo lo veo en mis contemporáneos, lo veo en mis amigos acá, que tenemos 20 años en España. Hay gente que es la misma gente que era hace 25 años, con el mismo sistema de valores, con los mismos desencuentros emocionales. Y eso me parece interesantísimo. Entonces me gusta mucho jugar con esa inmadurez sentimental, emocional, que hace que muchas personas se queden allí. Ese es el tipo de personaje que me interesa. Es el personaje que me gusta. Pero, así como te digo esto, también te confieso que sí, que los chicos, por supuesto, tendrán otro arco.
Me gustaría pasar al tema del lenguaje en el que está escrita la novela, que yo encuentro muy denotativo, muy directo, como si la búsqueda estética hubiera sido dejada de lado. Me pregunto si querías escribir un texto que fuera directo para contar esta historia, que claramente es muy larga y compleja, sin que el lenguaje fuera un obstáculo para contar la historia. Porque eso es lo que encuentro en el texto, que hay una inmediatez y por eso me interesa saber si te preocupa más lo que estás comunicando que el modo como lo estás comunicando.
Creo que hay una coherencia en mi discurso desde Blue Label/Etiqueta azul hasta Éxigo en la forma de escribir. Es el mismo método, la misma intención estética. Por supuesto que hay una búsqueda estética, una manera de presentar el texto. Yo soy muy cuidadoso con la musicalidad del párrafo. Me gusta que el párrafo suene de determinada manera y si me sobra un adjetivo, lo quito, porque no termina de estar donde quiero que esté. Eso está en todas mis novelas. Y, honestamente, no sentí que aquí tuviera que hacerlo de otra manera. No tuve esa pausa de reflexión para pensar si el lenguaje era un obstáculo o no.
Lo que sí ocurrió, sin duda, tiene que ver con mi experiencia con el cine. Yo tengo diez años como guionista. El trabajo de guionista es el que me da de comer, la literatura, no. Trabajo con mucha frecuencia con la escritura de guiones, con la escritura de acciones. Si yo escribo un guion sin transición, es un guion pesado que no cumple con las expectativas. La oración es información, transitividad. Tienen que pasar cosas. Entonces creo que el lenguaje cinematográfico y la estética cinematográfica pesan mucho en esta manera de escribir. Porque yo necesito que el relato avance en cada párrafo. A mí me fascina, por ejemplo, la narrativa de Victoria de Stefano. Pero yo no sé escribir así. Yo no sé compaginar esas digresiones maravillosas que encontramos, por ejemplo, en Historias de la marcha a pie o en Lluvia. Sin embargo, yo reviso mucho el texto. Antes de cerrar un capítulo, hago revisiones muy rigurosas con lecturas en voz alta, escuchando la musicalidad. Y sí me pasa mucho que, si siento que me estoy poniendo muy poético, si me fui muy allá, lo corto. Porque no me gusta. Yo soy inclemente conmigo mismo. Volviendo al lenguaje cinematográfico, es como estar en una sala de montaje cortar, cortar y pegar.
Me gustaría pasar al tema de los espacios, precisamente porque dijiste que el próximo libro va a ser un viaje. El tema del espacio me parece muy relevante en este texto, sobre todo en lo que se refiere al contraste entre las regiones y la capital. Justo ahora estoy releyendo a una autora que me gusta mucho, Selva Almada, no sé si la conoces.
Conozco la referencia, pero no la he leído.
Estoy releyendo su libro, El viento que arrasa. Te lo recomiendo muchísimo, porque de verdad es un texto que a mí me dejó asombrada. Pero también desde hace mucho tiempo vengo siguiendo a Tomás González, que es un autor colombiano que escribe sobre esos territorios del interior. No sé si lo has leído.
No. No lo he leído.
Bueno, el caso es que, siendo como soy del interior, estoy muy atenta a esa tradición de la narrativa de las regiones y una de las cosas que más me interesa es el tema de cómo recuperar esas narrativas sin volver a lo que representaban antes. Estoy pensando en Gallegos, por supuesto. En ese momento, el interior era el lugar en donde nada avanzaba, donde se ubicaba la barbarie. Y estos textos contemporáneos, como los de Selva Almada, se preguntan cómo imaginar hoy la provincia y cómo contarla hoy, sin volver a ese esquema de la barbarie frente a la civilización. Y me parece que hay todo un movimiento de resignificar el interior en el resto de América Latina. Esa idea de contar la provincia desde un lugar que no sea la mirada desde la capital, que dice que el interior es un lugar donde todo se ha perdido. Entonces me encuentro con Éxigo y veo que ahí se reproduce otra vez esa mirada despectiva frente a la provincia. Y eso me preocupa por muchas razones, pero sobre todo porque siento que es una forma de retroceso.
Fíjate que aquí la sensación es que uno de los grandes responsables de todo este desconsuelo que, aunque no lo creas, lo comparto, es el chavismo. O sea, el chavismo, nos puso a mirar hacia otro lugar. Creo que es muy interesante la reflexión sobre centro y periferia, provincia y capital en América Latina, pero quizás tiene más sentido en países que hayan tenido procesos sociopolíticos normales, entre comillas, no tan invasivos y totalitarios como el nuestro. Creo que, a pesar de los avances, de la madurez, del desarrollo de ciertas tradiciones, se volvió tristemente a este paradigma de que las cosas importantes pasan en Caracas. La provincia no cuenta. Eso lo he escuchado yo en gente de mi edad, gente mayor, gente más joven. Venezuela ha pasado por ese retroceso al que nos obligó el chavismo; ese retroceso moral, social, porque el gobierno se olvidó de la provincia.
Mis novelas anteriores estaban ubicadas en Caracas y yo siento un amor profundo por el oriente de Venezuela, porque fue donde transcurrió mi infancia. Y se dio la particularidad de que Nelson Castro, el músico que me acompaña en este proyecto, es oriental, de Puerto la Cruz. Entonces fue mi lazarillo para construir todo el imaginario de Puerto, los lugares, los barrios. Yo le preguntaba a Nelson: este personaje va a vivir en un barrio de clase media, pero venido a menos ¿dónde puede ser? Y él me dejaba unos mensajes de voz larguísimos. Y luego yo lo contrastaba con informaciones en Google. En ese sentido, fue delicioso trabajar a Shena. Porque, además, yo siempre tengo claro que estoy trabajando con narradores en primera persona y ellos siempre son antipáticos. Me encanta que sean así y que tengan una opinión oscura. Pero no quiere decir que eso que ellos critican o que ese contexto en el que ellos se muevan sea así. En el Puerto de la novela hay gente noble, hay gente amable. El mismo Oliveira, antes de transformarse en un monstruo, es un buen hombre. La China, dentro de sus circunstancias, también es una mujer resuelta, empoderada, hablando en lenguaje contemporáneo. O sea, hay seres humanos allí que hacen que este sea un espacio digno.
Siguiendo con el tema del espacio, me gustaría pasar a otro lugar que a mí me parece importante, que es el espacio de la casa. La idea de construir con mucho cuidado el espacio de la casa tiene mucha significación para la narrativa de la diáspora. Y en este caso, está ese sótano de la casa de Willie, donde todos se reúnen, y es como una especie de útero que los acoge, como un nido. Es el único lugar entrañable del texto, por lo menos de este primer volumen. Todos los demás espacios son lugares de los que hay que irse, pero este es el sitio donde ellos se sienten albergados. ¿Qué importancia tiene para ti este espacio de acogida que para la narrativa de la diáspora es tan importante?
Cuando comienzo a trabajar personajes, en la etapa de desarrollo de las novelas, cada personaje tiene un cuaderno. Ahí voy haciendo apuntes que leo meses después. Una de las primeras preguntas que yo me hago es ¿dónde vive este personaje? Porque ese es un punto de partida fundamental. Y en el caso de Éxigo fue muy interesante construir un hogar para los cuatro. Fíjate que el hogar de Willie podría ser uno de los muchos hogares de la clase media venezolana de los años noventa o de principios de siglo. En uno de los clubes de lectura que estuve hace poco, me llamó la atención que muchos dijeron que habían conocido una casa así. Y es verdad. Siempre había una casa a la que uno iba y estaban los papás y uno se tomaba unas cervezas con ellos y eran unos tipos abiertos, como los padres de Willie. Me pareció muy interesante que, efectivamente, dentro del imaginario de la clase media venezolana, existe ese tipo de casa, donde efectivamente los padres viven en las nubes, y pasan cosas de las que ellos no se enteran.
En el caso de Frank, quería trabajar no en un espacio de pobreza, pero sí de clase media menos acomodada. De ahí que Frank viva en un departamento en el Valle. Yo también tengo familia en el Valle, así que era un espacio que conocía y es una urbanización que he visto venirse a menos, desde que yo era niño, debido a la inseguridad. Ese apartamento es importante, ese lugar en el que muere su madre está lleno de una memoria turbia. Por otro lado, Daniella, que es la otra protagonista, que es como la sifrina del grupo, vive en Manzanares, en un apartamento de una clase media más acomodada. Pero también es un espacio vacío, un hogar disfuncional. Es un espacio del que hay que salir, como tú dices, del que hay que escapar. Y Shena es la más itinerante. Por su misma circunstancia, por la muerte de su familia, pasa de una casa a otra casa. El lupanar de la China, que es el lugar donde se queda más tiempo, es un espacio que a mí particularmente me gusta mucho y disfruté mucho imaginarlo. Yo quería que ella se sintiera feliz allí, cómoda, a pesar de que también allí suceden eventos trágicos. Luego Shena encuentra otro hogar con Oliveira, pero ella misma se sabotea su felicidad. Entonces sí, a mí me interesa mucho trabajar con los espacios y creo que esa información tan específica le aporta un elemento muy rico al relato. Por eso los espacios se nombran. Todos los espacios tienen una correspondencia real, porque es una cartografía donde me siento muy a gusto como autor.
Me gustaría pasar al tema de los personajes. Una de las cosas más difíciles es escribir personajes femeninos cuando quien escribe es un hombre. A veces sale bien y a veces no. Y en este caso tengo la sensación de que los dos personajes masculinos tienen mucha más seguridad en sí mismos tienen mucha más agencia, más capacidad de tomar decisiones dentro de la trama. A veces hay momentos de caída, pero en general, no dudan de su propio talento, aunque tengan dudas sobre algunas otras cosas. Son tipos que se sienten cómodos en lo que hacen, mientras que las mujeres están siempre dudando de si pueden hacer algo. Su único recurso es la seducción, y esa única posibilidad de agencia, a través de la seducción, me suena muy machista para decirlo de una vez. La sensación que tengo cuando estoy leyendo a las narradoras mujeres en tu libro es que las siento como si estuvieran luchando con una mano amarrada en la espalda, porque tienen el peso de su género, mientras que los tipos no.
Fíjate que ahí discrepo contigo. Para mí, el personaje más inseguro es Willie. No es un tipo que tenga agencia, no es un tipo seguro de sí mismo. Es un tipo que le cuesta mucho todo, que tienen que empujarlo para sacarle un poquito de autoestima, un personaje que está muy roto. Siempre estuvo muy roto, incluso antes de su trauma, ya él era opacado por su hermano mayor. En este sentido, yo creo que Willie es el personaje más endeble, frágil e inseguro de todo el relato. No veo en él esa agencia que tú percibes, ni ese empuje ni esa seguridad.
En el caso de Shena, si bien ella es manipuladora y usa el argumento de la seducción para obtener beneficios, es la más segura de sí misma. Shena es la dura, ella es la banda. Sin Shena no hay Éxigo. Es la líder de todo este proyecto. Es, para usar el lenguaje contemporáneo, una chica absoluta y categóricamente empoderada en todo lo que hace. Ella lo logra, sale adelante, hace lo que quiere. Si hay incertidumbre, dudas e inseguridad es en Daniella. Eso sí, totalmente. Pero me interesaba para contrastarlo justamente con Shena. Porque, además, las líderes de la banda son ellas. Ellas son las que cantan, son las compositoras, las arreglistas, las ejecutantes de la guitarra y del bajo. Por eso yo veo a Frank y a Willie detrás de ellas. Siempre tuve la sensación de que ellos estaban en un segundo plano. Ellas son las más importantes.
Eso sería verdad si no tomamos en cuenta que Heriberto es el que descubre a Shena. Y es él quien dice: esta es la chica que yo necesito para lo que quiero hacer. Porque él es el que toma la decisión de armar la banda, y es el único que está seguro de que va a funcionar. Y por eso convoca a los otros tres. Es verdad que casi al final sabemos que lo que ha querido desde el principio es poner a Shena en el centro de esto, pero es él quien está en el centro de todas las decisiones.
Puede ser, sí. Pero también acá me gusta jugar con su juventud, con su adolescencia, con su aprendizaje, con dudas. Y aquí te hago una confesión a pecho abierto: cuando trabajo con estos chicos no me meto en esa ecuación en ese momento. En el momento creativo no estoy pensando temas de género, de raza, de no es que porque sea mujer va a pensar de determinada manera, o porque sea negro va a tomar tal o cual decisión. No. A lo mejor es un error, no lo sé. A lo mejor el resultado es fallido, pero me interesa la experiencia humana. ¿Qué le está pasando ahora a este personaje? Acaba de perder a la madre y tiene que tomar esta decisión. Es verdad, conoce a este chico que la dirige un poco, pero así es la vida, seamos hombres, mujeres, homosexuales, o lo que sea. A veces las interacciones humanas son las que te sacuden. No me detengo en ciertas categorías sociológicas, ni sigo el lenguaje de la crítica literaria que me pueda impedir avanzar. No me pregunto si mejor no me voy a ir por ahí porque va a ser racista, porque va a ser misógino. Lo que estoy pensando es cómo este personaje va a resolver la situación. Algo que yo hago mucho cuando estoy creando es escuchar a la gente en el metro o en el bus. Voy escuchando lo que habla la gente, y la gente está hablando de salud, dinero y amor. La relación con la madre, con la pareja, con el otro. Y eso sí es una fuente para mí. Yo no hago sociología, ni hago teoría política, ni hago estudios de género. Intento contar una historia que sea coherente y verosímil.
Este proyecto tuvo la fortuna, y es la primera vez que me pasa, de tener muchos lectores previos a la publicación. Y muchos de estos lectores son parte de mi equipo. Es la primera vez que yo hago una novela con un equipo. Y sí, te puedo decir que las actrices, Amaia Kintana, que es Daniella, y Graziella Mazzone, que es Shena –que son unas chicas de una generación anterior a la mía, son combativas y son lesbianas ambas– ellas están felices con Daniella y con Shena. Hubo críticas, diálogos muy constructivos con ellas, pero se sentían muy a gusto con los personajes, los sentían orgánicos, los sentían verosímiles. Eso me ayudó un poco también a atajar esas inquietudes que, por supuesto, uno tiene cuando se enfrenta a un texto. Fue muy grato tener esta experiencia de trabajo en equipo, de poder construir los personajes teniendo a mano este tipo de opiniones.
Quisiera pasar al tema de la imagen en el texto, porque tenemos el texto y tenemos las fotos y no puedo evitar pensar que la visualidad de este texto es muy de Instagram. Los jóvenes que representan a los personajes son todos muy bonitos, visualmente muy agradables, y eso también me resulta muy inquietante.
Eso fue un accidente. Honestamente me los encontré. Andrés, que es Frank, es actor y es mi amigo de hace varios años. Tenía tiempo invitándolo a participar en un proyecto y no se había podido hasta que le dije mira, ya tengo un proyecto donde la decisión depende de mí. Frank: eres tú. La única de ellas que tiene un perfil de Instagram importante, seguidores y quizás una voz más artística es Graziella, la que hace de Shena. Pero es que ella tiene ahí algo en su pelo que se parece a Shena.
Yo soy muy malo con las redes sociales. Me cuesta mantenerme activo. No tengo TikTok. No fue un criterio estético el que prevaleció a la hora de elegir, sino que se fueron sumando al proyecto. Tanto es así que hubo una etapa en que el proyecto se paró y hubo la posibilidad de rehacerlo con otro elenco, volver a hacer otras fotos, porque estos chicos no podían. Y yo empecé a buscar distintos perfiles y no los conseguí. No me gustaban, algo fallaba y era gente distinta, fenotípicamente hablando muy distintos. Hasta que hubo como un reencuentro y decidí que me quedaba con ellos, que esos eran los actores con los que yo me sentía a gusto. No hubo un criterio comercial. No hubo un proceso de casting. Fíjate que tuve esa reflexión en algún momento, mientras estaba confeccionando el libro. No había caído en cuenta, pero de pronto vi que todos eran blancos.
Y son todos muy delgados y esbeltos. Todos muy bonitos, en un sentido muy convencional de la belleza.
Es verdad. Aunque, por cierto, esta chica Amaia, la que hace de Daniella, después tuvo un descontrol hormonal horrible y se puso enorme. Pero bueno, en realidad después de darme cuenta de eso lo que pensé es que son así y no me importa. Porque lo confronté con cosas que estaban pasando hace un año y medio o dos en empresas como Disney o Netflix, donde había que meter un negro, porque sí, en cualquier historia. No importaba si era la sirenita que es en Dinamarca. No, la sirenita tenía que ser negra. O esta historia tiene que tener un asiático, porque sí. Yo no creo que deba ser así. Este es el grupo que coincidió en medio de mil azares y razones por las que tienen este fenotipo. Pero sí recuerdo haber pasado por esta inquietud, haber pensado sobre eso.
Eso me lleva al tema de los lectores. Toda la cuestión de la visualidad y de la música me remite a la idea de las series de televisión, particularmente las series de Netflix, que se han vuelto como una especie de género en sí mismo. Hay un texto hermoso, que a mí me gusta mucho, Los bárbaros de Alessandro Baricco, no sé si lo conoces.
Sí, por ahí lo tengo. Pero no lo he leído.
Lo que dice Baricco en ese libro, entre otras muchas cosas, es que hoy en día, los libros que tienen éxito son libros que el lector atraviesa para ir a otra parte. Y ese es un concepto que a mí me llama mucho la atención. En tu libro se ve muy claramente que es un texto diseñado para que el lector lo atraviese para ir a otro lado. Esa idea de pasar al otro lado está muy presente en este proyecto y por eso me preguntaba por los lectores. Por un lado, está el lector, en el sentido estricto del que pasa por el libro, es decir, lo lee. Pero, por otro lado, está el lector que se queda con el concepto, con la música, las fotos, los videos y se salta el acto mismo de leer. Y, en cierto modo, el libro es cómplice de eso. Porque hay ahí la búsqueda de una audiencia, en el sentido audiovisual de la audiencia, en vez de un lector. Y por eso me pregunto hasta qué punto tú te imaginas el lector final de este proyecto como alguien que está frente a una pantalla, viendo una película o viendo una serie, en lugar de frente a un libro, pasando por el acto de leer.
Honestamente, yo creo que procuro escribir historias que me satisfagan en principio a mí. Escribo el tipo de historia que a mí me gustaría leer o la película que me gustaría ver, es el tipo de cine que veo, la literatura que busco. Yo gané un público lector a partir de la publicación de Blue Label/Etiqueta Azul. Dentro de la pequeñita burbuja venezolana esa novela y Liubliana fueron novelas muy importantes en mi carrera que me ganaron lectores que, hasta el día de hoy, me escriben de una manera muy afectuosa. Entonces ya yo sé que hay allí ciertos temas que interesan.
Tú hablabas del melodrama en algún momento de la conversación. Hay un coqueteo con el melodrama que a mí me gusta, que yo disfruto, porque siento que eso genera cierto gancho. Hay allí ciertos temas: familias disfuncionales, historias de amor no correspondido, traumas. Esto gusta. No son certezas, pero creo que hay cierta estética que yo he manejado ya en estas novelas, en las que yo soy leal a ese público lector que me ha seguido desde mi primera novela y creo que todo eso está en Éxigo. Probablemente te vas a reír cuando te diga que hay un lector que nunca me ha interesado en lo absoluto, y es el crítico literario.
¡Eso está clarísimo!
La crítica literaria para mí es muy incómoda desde que yo estudiaba letras. A mí, la asignatura de análisis literario nunca me interesó. A mí me gustaba la historia de la literatura y leer las novelas, leer los libros. Pero cuando iba a un Todorov, un Bajtín, todos esos análisis, eso siempre me ha costado. A mí siempre me ha costado publicar, internacionalizar mi carrera ha sido un enorme desafío. Es verdad que en Venezuela mis novelas funcionaron bien dentro de nuestro público lector. Pero eso a mí no me ha abierto internacionalmente ninguna puerta. Ha sido un desafío tremendo.
Una vez, pocos años antes de comenzar a redactar Éxigo, conocí a un editor acá que me dijo que leyera las tendencias, que revisara la literatura contemporánea, para ver qué se estaba haciendo. Y lo hice. Y sí, había muchas cosas que me parecían interesantes, pero estaba leyendo como por obligación. Perdí el placer. Para colmo, había nacido mi hijo y yo siempre fui un lector muy nocturno. Cuando nació mi hijo, yo me ponía a leer a las diez de la noche y a las diez y media ya me estaba durmiendo del cansancio. Allí me di cuenta de que tenía que ser muy selectivo con mis lecturas. Ya no tengo tiempo para leer. Lo que vaya a leer, tengo que elegirlo muy bien. Para mí, leer siempre ha sido algo delicioso y placentero. Así que decidí volver a los clásicos.
Desde 2016 hasta el presente he descuidado muchísimo la literatura contemporánea, porque no tengo tiempo, porque he vuelto a los clásicos, y eso ha sido algo profundamente placentero. Cuando digo volver a los clásicos a lo que me refiero es a leer novelas que no había leído o releer otras, volver a Dostoievski, a Balzac. Yo me enamoré del acto de leer por Los miserables, por Moby Dick, por La letra escarlata, por Los hermanos Karamazov, y esas son mis lecturas hoy en día. Las lecturas que están sobre mi mesa son en su mayoría relatos muy antiguos. Me encanta su truculencia y su melodrama y me encanta que sean así, que tengan ese componente dickensiano, esa cosa que es inverosímil, que es rara, que es como forzada…
Eso explica muchas cosas…
Para mí la literatura va por ahí. Y si no les gusta a los críticos, no es mi problema. Eso es lo que a mí me interesa, eso que tiene la novela clásica decimonónica, ese tratamiento del drama. Para mí es fascinante y fundamental. Y desde que tuve esa claridad, creo que escribí Éxigo con mucha comodidad en esa dirección. Entonces el lector está ahí. Sé que hay un lector que me ha acompañado desde Blue Label/ Etiqueta azul, y sé que Éxigo ha sido bien recibida, porque ya tiene tres o cuatro meses en el mercado, pero tampoco voy más allá. Así que sigo en ese afán de querer internacionalizar la obra, a ver qué puertas abre, a ver hasta dónde llega. Seguir, empujándola, seguir trabajando en visibilizarla.
Como te he comentado antes, a mí me preocupan mucho todas las actualizaciones de esa dicotomía decimonónica entre la civilización y la barbarie. Y ahora que me dices que tus lecturas de cabecera son los realistas del siglo XIX, entiendo mejor el vínculo que hay ahí. Porque creo que tu texto también construye una de esas ficciones que a mí me gusta llamar “ficciones devastadoras”, en el sentido de que tu novela recorre todos los lugares de las narrativas que postulan que esto se acabó, que el último que salga apague la luz. Y por eso comencé la conversación con esa idea. ¿De qué maneras se puede contar esta historia? Yo estoy de acuerdo en que lo que nos ha pasado en Venezuela es terrible y es dramático. Pero la construcción de ese drama en términos de aquí no hay nada que salvar y lo que queda es irse, que es lo que siento en Éxigo, me resulta preocupante. Porque una cosa es decir, tenemos un problemón, y otra muy distinta es decir, nada de lo que hemos hecho funciona. Es como si volviéramos a la visión que está presente en la novela Todo un pueblo, de Miguel Eduardo Pardo: esa idea de que estamos condenados al fracaso desde el principio, desde antes del principio. Es volver a Úslar Pietri otra vez. Estamos atrapados en el mismo concepto de que no hay salida posible. Y lo que veo en Éxigo es un eco de eso que hemos escuchado en una parte de nuestra literatura desde hace un largo siglo y medio.
En particular, yo no he leído Todo un pueblo. Siempre la he tenido ahí, presente.
Tienes que leerla. Te va a encantar.
Yo sí reconozco cierto vínculo con eso. Augusto Mijares llamaba a esos autores “los sembradores de ceniza”, refiriéndose a una tradición de escritores venezolanos que tenían esta visión de que apaga y vámonos. Esta idea de Mijares la desarrolla en su texto Lo afirmativo venezolano. Entre estos sembradores de ceniza estaba Rufino Blanco Fombona, por supuesto, con sus novelas El hombre de hierro y El hombre de oro. Y también Gallegos, pero sobre todo el Gallegos de los cuentos, el primer Gallegos, porque yo creo que la experiencia pedagógica y política le dio un giro más adelante a toda su búsqueda estética. Pero el Gallegos de Reinaldo Solar a mí me gusta mucho, porque ahí está eso: un personaje totalmente desorientado y representativo de lo que hoy vemos en el chavismo. Es un personaje que me encanta.
Pero eso también está en Manuel Díaz Rodríguez. Cuando el protagonista de Ídolos rotos regresa a Venezuela, y va del puerto a la ciudad, va maldiciendo por el camino. Lo mismo pasa con María Eugenia Alonso en Ifigenia, de Teresa de la Parra. Entonces, sí, a mí me gusta, me interesa ese malestar, esa esa incomodidad, esa impertinencia. Las lanzas coloradas de Uslar Pietri es otra novela que me gusta mucho. Fíjate que hay un momento en El libro el desasosiego de Pessoa donde habla del fracaso. Bueno, todo el libro habla del fracaso, pero hay un momento en que dice, pre-fracasé. Ese pre-fracaso es el que yo creo que, en parte, comparten muchos de estos autores, y no en vano, uno de los poemas más famosos de nuestra historia literaria es “Derrota”, de Rafael Cadenas. Entonces creo que eso está ahí. No podemos ocultarlo.
Lo que sí creo que se puede hacer, y yo intento hacerlo en la novela, es que a pesar de la oscuridad hay ciertos personajes de luz, hay gente digna. Hay gente que tiene un valor, que tiene una historia. Pienso, por ejemplo, en los tíos de Frank. Son buenas personas. Y está también la China que, a pesar de sus circunstancias, trata de sacar adelante a los niños que cuida. Entonces, en medio de toda esa podredumbre hay voluntades dignas.
Sí, pero son muy pocas y apenas se notan en medio de tanto trauma y negación. Yo no digo que se construyan historias en las que todo sea rosadito y bonito. No estoy diciendo que la opción es el cuento de hadas de Disney. A mí lo que me parece preocupante es negar todo lo que pasó antes. No solamente esto que está pasando ahora, sino insistir en que nada ha servido nunca. Eso me parece muy preocupante, porque creo que forma parte de nuestra inmadurez como país. Es un gesto que está concentrado en esa imagen, que ya se ha vuelto un lugar común, de hacer saltar el tablero y decir, no juego más, porque esto no sirve para nada. ¿Cómo vamos a construir un país así?
Claro. Pero fíjate que, en el caso de la novela, si bien en la parte formal pesa mucho el cine, en la parte temperamental y apasionada de estos chicos lo que pesa es mi experiencia docente. Como profesor de jóvenes de bachillerato, de chicos entre 16 y 22 años, lo que yo he visto es que están furiosos, que están molestos. Los escuchas hablar y nada sirve, no sirve absolutamente nada, y no sólo en Venezuela. Yo ahorita, acá en Madrid, trabajo como profesor de guiones de cine y mis estudiantes tienen entre 17 y 21 años. Y es fascinante porque hay chicos muy enérgicos, muy talentosos, pero tú les pones una película de Kubrick y te dicen, no, eso no sirve. Les pones una película de Hitchcock y lo mismo, te dicen que eso no sirve. Tienen esa cosa tan rica de la juventud soberbia, prepotente. Y, en este caso, si estoy trabajando con personajes que están en ese mood, en esa edad y en ese contexto, yo le saco provecho, lo exprimo.
No estoy haciendo afirmaciones categóricas. Lo que te decía antes, no estoy haciendo sociología. Sí, puede ser que más adelante ellos maduren, claro. En todo caso, una de las cosas que pretendo hacer con Éxigo, y que ya está ahí, es hacer un reconocimiento a nuestra tradición musical. Hacer versiones de canciones de Simón Díaz, Juan Vicente Torrealba, la Billo’s Caracas Boys. Eso es algo de lo que se va a hablar más adelante y son experiencias con las que ellos se van a encontrar. Pero ahora son jovencitos y odian el mundo.
Sí son adolescentes eternos, y siguen siendo adolescentes veinte años después.
Pero fíjate que de los adultos se habla poco, tienen muy poco espacio. Porque Frank está preso y las otras dos están todas atormentadas. Y del Willie adulto, vemos muy poquito en este momento. No los conocemos tan a fondo cuando son adultos, como los conocemos en la juventud.
Sí, es verdad. Es muy frustrante tratar de analizar un texto que sabes que estás leyendo solamente como la punta del iceberg. Pero me alegra que hayas tocado el tema de la música, porque me gustaría cerrar con esa idea de la reivindicación de la música en Venezuela. Hemos hablado del respiro, del alivio emocional que el texto ofrece, y sin duda eso está en la música. A partir de lo que se puede ver en esta primera entrega, que es como muy tímida todavía, no es posible ver lo que se dice en el texto, que fueron muy rupturales y que rompieron con muchos moldes y fueron muy innovadores. Eso no lo vemos en esta primera entrega. Entonces, sin contar nada que no quieras contar, me gustaría que me dijeras hacia dónde va esta parte musical del proyecto.
Como te decía antes, el primer disco del grupo es muy acústico. Una de las referencias que tuvimos fue Mecano, el grupo español, que lo llevaban los dos hermanos, José María y Nacho. Las canciones de José María eran todas intensas, mientras las de Nacho eran más joviales y ligeras. Y yo quise jugar un poco a esto con Shena y Daniella. Las canciones de Shena son todas existenciales, con mucho conflicto y las de Daniella son más espontáneas. Pero todas van a tener también su popularidad. Va a haber canciones importantes que se nombran en este primer tomo, que ya están compuestas, pero no aparecen por la misma cronología del relato, que son “Encrucijada americana” y “Esperanza”. “Esperanza” es oscurísima. Esta es probablemente una de las canciones más pesimistas de todo el relato. Fue una canción muy conflictiva, porque cuando se estrena en la ficción a Chávez no le gusta y la menciona en un “Aló, Presidente”. Y eso le genera a los personajes algunos problemas. Nelson y yo exploramos varias cosas con esa canción, hasta que llegó un momento en que le dije, ¿sabes qué? esta canción es la de Venezuela.
Está el desierto, la selva, el volcán. Es la misma intención estética y probablemente una ejecución parecida, pero a la inversa. Es interesante porque esa canción, si no recuerdo mal, comienza: “Llevo tu luz y tu aroma en mi piel y el cuatro en el corazón”. Y “Esperanza” comienza: “Llevo conmigo tu vulgaridad, una mancha en el corazón”. Hay todo un juego con esta canción que busca provocar. Al igual que “Encrucijada americana” también. Son canciones densas, son canciones que problematizan América, que hablan de la pobreza, la miseria, esa sensación de estancamiento. Y algo que hice con Nelson fue sentarnos a escuchar las bandas venezolanas de ese período. Escuchar de qué estaban hablando grupos como Amigos invisibles o Caramelos de cianuro o Desorden público. Lo conversamos mucho y sentimos que las canciones que trabajamos en el primer álbum están en total consonancia con el argumento de que estos tipos trajeron un discurso innovador, con relación a lo que se estaba haciendo en Venezuela en ese momento.
Quería cerrar pensando, en el futuro del mercado del libro venezolano, o si las historias que nos contamos van a tener una mejor recepción en otros formatos. Porque tú comentabas en el encuentro de (Re)pensando a Venezuela que hay más posibilidades abiertas en otros medios, como la música y el cine, para este tipo de historias; algo que no sucede en la industria del libro, que está cada vez más cerrada dentro de sus propios modelos. ¿Crees que vamos a terminar contándonos historias de la diáspora venezolana en series de Netflix, en lugar de seguir escribiendo novelas?
No lo sé. Lo más honesto que te puedo decir es que lo desconozco, porque es que no sé cuáles son las premisas de la industria editorial y cultural. No sé bien cómo trabajan. No sé cuáles son los criterios. Mi relación con la industria editorial y cultural más que de rechazo, que los ha habido, es de absoluta indiferencia. Si yo termino un manuscrito hoy, me tardo tres o cuatro años buscando una editorial que lo publique. Entonces, a mí eso ya me aburrió. Sí, hubo un momento que eso fue como muy frustrante, y estaba disgustado y entristecido. Por eso, ya pasé esa página y ahorita estoy en otro lugar. Si se abre una puerta, bien. Pero no voy a estar mendigándole atención a gente que claramente no le interesa, ni tocando puertas que no se van a abrir. Yo no sé qué va a pasar con Éxigo. Soy consciente de que está en una editorial pequeña y su impacto dependerá de muchos factores extraliterarios. Por fortuna, la editorial me acompaña en parte del proyecto y ya están esperando el segundo libro.
Hay mucha gente que publica con editoriales pequeñas, en formatos pequeños y hay también algunos autores que han tenido la fortuna de haber podido dar el paso de publicar en grandes editoriales, sin duda con base en su talento, en su perseverancia. Pienso en Karina Sainz Borgo, en Rodrigo Blanco y dos nombres más. Porque te podría nombrar a Alberto Barrera, pero él es de una generación anterior. Sin embargo, un autor importante en nuestras letras contemporáneas, como Francisco Suniaga, publicó su última novela, El pacificador, también con una editorial pequeña, local.
Con esta novela yo nunca tuve respuesta. Las poquitas respuestas que tuve no me gustaron. Yo no puedo cambiar mi historia para contarla como si pasara en México. No tiene ningún sentido. Ni puedo aceptar cosas como, qué te parece si para que caiga mejor en el público local Daniella Morandi, en lugar de ser Morandi es vasca o gallega. Ella es hija de italianos. Ella no es hija de gallegos ni de vascos. No voy a hacer ese movimiento. O si cuando están en la UCV, en lugar de escuchar a Silvio Rodríguez, escuchan a Antonio Flores. No. En la Central se escuchaba a Silvio Rodríguez y a Pablo Milanés. No se escuchaba a Antonio Flores.
No me quiero aventurar a especular qué va a pasar en el futuro. No tengo idea. Lo que sí sé, por colegas y amigos, es que a pesar de toda esta situación incierta, la gente sigue escribiendo, sigue haciendo esfuerzos editoriales, sigue haciendo teatro y escribiendo cuentos. Y me imagino que la cantidad de cosas que se están produciendo terminará empujando esa pared.
Tal vez lo que hay que hacer es no depender tanto de España y concentrarse en publicar en América Latina, ¿no?
Sí. Dependemos mucho de España y España sigue siendo imposible. Si tú no has publicado en España, pareciera que no existes.
©Trópico Absoluto
Eduardo Sánchez Rugeles (Caracas, 1977) es escritor y guionista. Licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello (2003) y en Filosofía por la Universidad Central de Venezuela (2005), se desempeñó como profesor de Educación Media antes de emigrar a Madrid. Allí cursó una maestrías en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Autónoma de Madrid (2009) y en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid (2010). Su primera novela, Transilvania unplugged (2010), fue finalista del Premio Iberoamericano de Novela Arturo Uslar Pietri. Alcanzó amplio reconocimiento con Blue Label/Etiqueta Azul (2010). Otras obras suyas son Liubliana (2010), Julián (2013), El feo, el malo y el gordo (2014), Mirrorball (2017) y Éxigo. El polvo en la garganta (2025).
Raquel Rivas Rojas (Guanare, Portuguesa, 1962) es una profesora, escritora, traductora e investigadora venezolana. Reside en Edimburgo, Escocia, desde el año 2008. Ganadora del Premio de Ensayo de la XVII Bienal Ramos Sucre en 2009 con el libro Narrar en dictadura. Ha publicado los libros de ensayos Sujetos, actos y textos de una identidad (1998), Bulla y buchiplumeo (2002) y Narrar en dictadura: renovación estética y fábulas de identidad en la Venezuela perezjimenista (2011), así como el volumen de cuentos El patio del vecino (2013) y la colección de poemas en prosa Inventario para después de la guerra (2022). Ha publicado dos novelas, Muerte en el Guaire (2016) y El Accidente (2018). Coeditó, junto con Katie Brown y Liliana Lara, la antología Escribir afuera: cuentos de intemperies y querencias (2021). Enseña español en la Universidad de Edimburgo y publica en el blog Cuentos de la Caldera Este.
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