Julio Iglesias y los cerebros secuestrados
A partir de aportes de la neurobiología, la etología y la filosofía moral, este ensayo examina cómo la admiración, la gratitud y las jerarquías de estatus pueden convertirse en mecanismos de sometimiento. En el contexto de las denuncias por acoso y violencia sexual que han reaparecido en torno a Julio Iglesias, el texto propone ir más allá de explicaciones genéricas sobre machismo o poder para analizar cómo ciertos circuitos cerebrales —dopamina, oxitocina, refuerzo intermitente— facilitan la tolerancia social del abuso y la dificultad para denunciarlo. Una reflexión sobre los límites de la admiración pública y la necesidad de una ética capaz de corregir los sesgos que hacen posibles estas dinámicas.
Palabras como «machismo» y «poder» podrían sonar muy genéricas en casos como el de Julio Iglesias. Hay dilemas en la gratitud y la admiración —relacionados con el estatus e integradas en el machismo y el despotismo— que perpetúan estas conductas. Plantearlos ayuda a entender por qué caemos como víctimas y por qué el entorno acepta y hasta jalea a los abusadores.
Quienes no creen haber sufrido estos calvarios repiten las mismas preguntas: ¿Por qué lo aceptaron? ¿Por qué recaen? Un estudio publicado en 1994 en el Journal of Neurophysiology descubrió que las neuronas que liberan dopamina —el neurotransmisor del deseo y la anticipación— responde a lo impredecible de la recompensa más que a la recompensa en sí. Un animal que recibe alimento siempre apenas libera dopamina. Uno que lo recibe a veces experimenta picos que duplican esa liberación. El cerebro humano funciona igual.
Las tragaperras, esas máquinas tragamonedas ubicadas casi siempre a la entra de los casinos, enganchan con este principio. Los depredadores emocionales también. En The Battered Woman la psicóloga Lenore Walker documentó el patrón de miles de casos de maltrato: tensión creciente, explosión violenta, aparente reconciliación, tregua y vuelta a empezar. Es esa la descripción del refuerzo intermitente, el mismo que la psicología conductista identifica como el más tenaz. El cerebro aprende que tras el dolor puede venir la ternura, y esa incertidumbre lo encadena más que cualquier afecto estable.
Pero el daño no se detiene en la conducta. Su frecuencia en la infancia transforma el cerebro. Se ha visto en neuroimágenes que, en niños maltratados, se reducen las áreas de la corteza prefrontal necesarias para controlar impulsos y evaluar riesgos, que la amígdala es más reactiva a las amenazas y su volumen se altera. Y también pasa algo más difícil de aceptar: la oxitocina, la hormona del vínculo, facilita el apego a la fuente del peligro. Las personas que han sufrido un trauma temprano tienen sistemas de oxitocina desregulados y por ello son vulnerables a los vínculos patológicos. El cerebro reconfigura sus autopistas neuronales: la víctima percibe al maltratador como la única posibilidad de seguridad.
Esto que podría parecer un fallo en nuestros impulsos es más bien un mecanismo evolutivo fuera de su contexto original. El primatólogo Frans de Waal dedicó décadas a estudiar cómo los primates integran la dominancia con los vínculos sociales. La sumisión ritualizada —gestos de rendición, reverencias— no es una humillación gratuita. Los subordinados que la practican tienen más probabilidades de seguir con vida. «Eligen» doblegarse, y reconocer la diferencia de estatus, para desactivar la hostilidad en su contra.
El cerebro reconfigura sus autopistas neuronales: la víctima percibe al maltratador como la única posibilidad de seguridad.
Y los humanos somos primates. Dependemos del grupo para sobrevivir. Esa dependencia social nos hace vulnerables. La evolución diseñó mecanismos para mantenernos unidos que pueden amenazar a los individuos. Cuando funcionan demasiado bien el daño es peor.
También la gratitud, como la admiración, tiene aristas oscuras. En el estudio «The Harmful Side of Thanks», Inna Ksenofontov y Julia C. Becker miden la disminución de nuestra capacidad de protesta cuando expresamos agradecimiento hacia figuras de autoridad que nos han beneficiado. La gratitud activa un sesgo cognitivo que reinterpreta la relación de poder como más equitativa de lo que es. Lleva al perdón prematuro, genera la ilusión de justicia restaurada y desactiva la indignación. El efecto aparece hasta en expresiones espontáneas de agradecimiento.
En resumen: la gratitud es tóxica si sucede en circunstancias de desigualdad estructural, manipulación intermitente y expectativa forzada. Y este mecanismo se extiende de lo individual a lo colectivo. Cuando un gobierno convierte los derechos en dádivas, cuando una empresa premia al «empleado del mes» mientras lo explota, cuando un famoso alterna el encanto con la crueldad y se celebra su «carisma», opera el mismo principio.
Volvemos aquí a las denuncias contra Julio Iglesias. Mariam Martínez-Bascuñán ha dicho en un lúcido artículo que la risa fue el mecanismo de la domesticación: el latin lover convertido en figura cómica parecía inofensivo. Cuando besaba mujeres y decía frases hoy inaceptables, la carcajada del público funcionaba como una absolución colectiva. Pero hay aquí más que comedia. Ignacio Escolar ha contado cómo en 2005, cuando el gobierno de Zapatero sufría un bloqueo diplomático con Estados Unidos, el ministro José Bono llamó a Julio Iglesias pidiendo ayuda. El cantante llamó entonces a Henry Kissinger, y Kissinger a Donald Rumsfeld. Dos horas después el embajador le comunicaba a Bono que su viaje sería un éxito. Pocos tienen una agenda como la de Iglesias. Admirar a alguien así no es fantasía: es reconocer un poder que puede beneficiar o aplastar.
La neurociencia añade otro matiz. La admiración activa los mismos circuitos de recompensa que las relaciones reales. El cerebro responde a las imágenes de personas que admiramos liberando dopamina. Los fans experimentan ante sus ídolos una activación cerebral similar a la que se siente ante personas cercanas. No es una metáfora: el cerebro del seguidor procesa la relación como si fuera un vínculo de verdad.
La defensa de Iglesias como «patrimonio cultural» no es por eso inocente. Al admirar hacemos una inversión emocional. Si el admirado es un depredador, el cerebro se resiste a admitirlo porque ello supone una pérdida. Reinterpretar los hechos duele menos que aceptar que nos han manipulado.
No basta por eso como explicación el machismo, que sin duda está presente. Ni los evidentes desafueros del poder, que incluyen el abuso sexual. Ambos son más bien consecuencias. Los mecanismos que dan lugar a estas dinámicas —la oxitocina, la dopamina, la necesidad de apego y pertenencia— también hacen posible el amor genuino y la cooperación. Saber que la incertidumbre amplifica el deseo ayuda a detectar su peligro. Entender que la gratitud desactiva nuestra capacidad de poner límites y reclamar derechos evita someternos. Reconocer que la admiración lleva a la ceguera es necesario para cuestionar las relaciones de poder.
Las investigaciones sobre neurobiología y comportamiento social no disculpan a los depredadores ni a su entorno, y tampoco condenan a las víctimas. Pero sí revelan que estamos ante algo más complejo que la maldad o la flaqueza. Es justo la perversión de unos mecanismos que hacen posible nuestra vida moral.
La filósofa Mary Midgley (1919-2018) dedicó su carrera a tender puentes entre la ciencia y la ética. Defendía que somos animales pero no estamos determinados por la biología. La evolución nos ha dotado de impulsos que mantienen la cohesión del grupo, pero esos impulsos entran en conflicto. Somos conscientes de ello y por eso necesitamos la moralidad: no para suprimir nuestros instintos, sino para adecuarlos. Tener esa capacidad es nuestra defensa.
Por lo pronto, no deberíamos ya permitirnos la admiración ingenua ni la gratitud acrítica.
©Trópico Absoluto
Sandra Caula estudió Filosofía en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad Simón Bolívar de Caracas. Es editora, traductora y escritora. Vive en Madrid desde 2018, donde traduce y edita para varias editoriales y es docente en la escuela de escritura Fuentetaja. Es autora de Gramática sensible, PAT 2023, y ha escrito en medios como Ethic, El País, The New York Times, eldiario.es y Cinco8.
Pablo Rodríguez Palenzuela es catedrático de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad Politécnica de Madrid. He desarrollado un trabajo de investigación como Investigador Principal en Microbiología, Bioinformática y Biología Molecular de Plantas en el Centro de Biotecnología y Genómica de Plantas UPM-CSIC. Actualmente su trabajo se centra en la divulgación científica en cuestiones
multidisciplinares relacionadas con la Biología. Es autor del libro La naturaleza del sexo (Alianza Editorial. Mayo, 2024) y Cómo entender a los humanos (NEXT DOOR Publishers, 2022).
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