La orgía del éxodo
La migración es una de las grandes epopeyas contemporáneas: un éxodo sin héroes, marcado por la urgencia de sobrevivir. Desde América Latina hasta África y Medio Oriente, Douglas Monroy (Caracas, 1958) entrelaza imágenes poéticas y escenas brutales para mostrar que migrar no es viajar, sino huir. Frente a los muros, las leyes y la xenofobia, emerge la dignidad de quienes caminan con el cuerpo roto y la esperanza intacta. El éxodo aparece así como un impulso ancestral, compartido con animales y mitos fundacionales. Migrar, concluye, es perderlo todo para conservar lo único que queda: la vida.
Se elevan con la mente, sí, pero también con las tripas apretadas, con la desesperación a cuestas, con una mochila que no lleva ropa, sino el peso insoportable de un país perdido. Se lanzan al mundo como dados en un casino decadente, apostando todo a una esperanza mínima. ¿Y los dioses? Se ríen. Observan desde su palco VIP en el firmamento —ese cielo de utilería, como en la foto— donde una pareja mira en silencio, desde la misma ventana por donde otros también han soñado con llegar. Al fondo, la Estatua de la Libertad parece más un recuerdo que una promesa: recortada contra el horizonte, detenida en el tiempo, como si ya no alzara una antorcha, sino la sombra de una pregunta. Porque ni firmamento queda ya. Solo una bóveda deslucida donde flotan las nubes como escombros de un mundo que alguna vez tuvo sentido.
El planeta es una licuadora. Todo gira, todo se mezcla, todo se revienta. Las fronteras son cicatrices viejas mal cerradas que se abren con cada paso de un niño descalzo cruzando el desierto. Ya no quedan exploradores, ni navegantes con sextante y mapa desplegado. Ahora hay GPS de contrabando, coyotes con iPhones, botes inflables cargados de esperanzas pinchadas. La gente no viaja, huye. No busca gloria, busca arroz. Un catre. Un rincón donde no caigan bombas como bendiciones negras desde el cielo. Y sin embargo… levantan vuelo.
Surcan los escombros de su historia, sobre la metralla de sus días. Lo hacen porque el instinto de huir, de fugarse, de reinventarse en otra esquina del mundo, es más fuerte que el hábito de quedarse lamiéndose la herida. Se lanzan como se alzan los sueños: tercos, caprichosos, indóciles. Y al llegar —si llegan— los recibe el muro, la fila, el sello, el agente con cara de estatua y alma de algoritmo. Los sentencia el lenguaje frío del sistema: “ilegal”, “inadmisible”, “elemento de riesgo”.
El drama de la migración es la gran epopeya moderna, sin héroes ni final feliz. Solo millones de seres humanos navegando entre la dignidad y la desesperación. Los hijos de Bolívar atravesaron la Selva del Darién con los pies ensangrentados, cruzaron ríos podridos y laderas imposibles, dejando detrás no solo sus casas sino su historia. Otros, los caminantes, llegaron hasta los rincones de la Patagonia, llevando el hambre como brújula y la fe como único equipaje. Construyeron, sin saberlo, una de las más grandes y épicas gestas de la humanidad.
Los balseros de Cuba se lanzaron al mar en gomas de camión, en láminas de hojalata, en ataúdes flotantes alimentados por la esperanza de llegar a tierra firme, a tierras llanas de futuro. Algunos fueron tragados por el oleaje. Otros por los tiburones. Unos pocos, los menos, tocaron la arena y lloraron. No por el triunfo. Por el precio.
Migrar no es moverse. Es romperse. Y en esa fractura —en ese desplazamiento feroz, caótico, a veces inútil— está toda la belleza y toda la tragedia de esta especie que todavía insiste en soñar mientras cae.
Otro ejército invisible de migrantes, latinoamericanos y asiáticos, se entregó a los coyotes, mercaderes de carne humana. Surcaron desiertos como si fueran océanos de polvo. Montaron a lomo de La Bestia, ese tren de carga con furiosas ruedas de hierro que arrastra huesos, mochilas y almas. En medio del trayecto, enfrentaron a bandas armadas, secuestradores, violadores, extorsionadores disfrazados de Estado. A veces, ni siquiera llegaron. O llegaron siendo otros.
Y desde el extremo opuesto del mundo, el mismo drama. En las costas del norte de África, hombres y mujeres esperan el momento justo para subir a un bote inflable que no flotaría ni en una piscina. Familias sirias, sudanesas, libias, marroquíes, escapan de guerras civiles, de dictaduras, del hambre endémico, de un presente sin presente. Navegan el Mediterráneo como se cruza el Aqueronte: sabiendo que la muerte es una opción probable. Los reciben costas europeas con vallas, con perros, con cámaras térmicas, con una sonrisa institucional que dice: “bienvenidos” pero con los brazos cerrados. Las aguas de Lesbos, de Lampedusa, de Ceuta, de Melilla, están llenas de nombres que ya no existen.
Durante la Europa herida por las trincheras y las armas, el éxodo fue por barco. Dejaron atrás sus casas, sus oficios, sus árboles y sus gatos, pero llevaron consigo sus costumbres, sus biblias, su pan, sus canciones. Su fuerza de trabajo. Su voluntad de enriquecer la tierra donde pisaban. Aquella inmigración, que huía del terror, hizo aportes fundamentales en cada país donde pudo poner los pies y el sudor.
Y sin embargo, este exilio contemporáneo tiene un rostro distinto. Me pregunto: ¿cuán diferente es este desarraigo actual? ¿Qué lo separa de aquel otro, sino el color de la piel, el acento, la geopolítica? Esta migración no quiere imponer nada, ni redibujar mapas, ni cambiar sistemas. Solo anhela vivir. Vivir en paz. Sembrar. Dormir sin miedo. Levantarse sin bombas.
Pero también es cierto que no todo ha sido encuentro, ni todo ha sido ejemplo. No toda travesía humana ha sido heroica. A veces, en medio del cruce, también se cuela la sombra. En algunas ciudades, se han reportado incidentes donde individuos, amparados en la migración, han querido imponer sus propias normas por encima de las leyes locales, generando tensiones y conflictos culturales. En Europa, se han desmantelado redes de tráfico humano que operaban al margen de la ley, explotando la vulnerabilidad de quienes buscan un nuevo comienzo. Y otros incluso, como el caso del llamado Tren de Aragua, exportaron violencia organizada, ocupando espacios vacíos como si la ley fuera un estorbo.
Sin embargo, no se puede juzgar el océano por la espuma. No se debe eclipsar el sacrificio y la esperanza de millones por las acciones de unos pocos. Que existan delitos no justifica la xenofobia. Que haya choques no borra los aportes. Los que delinquen deben responder ante la justicia, sin importar su origen. Pero aquellos que cruzan con las manos vacías y el alma llena, siguen siendo la esencia del éxodo.
Como muchos quienes por fin salen de la selva —de la real, la del Darién, o de la simbólica, la del despojo y el riesgo— ocurre una escena que se repite, humilde, esencial: la llamada. Sacan el celular del fondo del morral, lo encienden con manos temblorosas y buscan señal. Y entonces marcan. Llaman. A la madre. Al hermano. A la abuela. Y cuando al fin contestan, no hace falta explicar nada. Del otro lado solo se oye un grito. Un sollozo. Una frase quebrada: “Estás vivo…”. Esa frase lo dice todo.
Y a veces, en lugar de una llamada, va un mensaje a mano. O una nota. O una imagen. Va una misiva imaginaria que resuena en mis oídos, quizás escrita por un niño de siete años al final de la selva, justo después de salvar la vida y de perder un poco la infancia. Una carta dictada desde el barro, desde la fatiga, desde el asombro de seguir vivo.

“Abuela, ya salimos. La selva era gigante y llovía todos los días. Tenía miedo, pero papá me decía que ya casi. Le dibujé la montaña con gente subiendo. Algunos caen, pero otros ayudan. Te lo voy a mandar cuando llegue. No llores mucho. Ya casi estamos del otro lado.”
Ese impulso no es nuevo. Viene de lejos. De antes del lenguaje. De antes del fuego. Está escrito en el hueso. En la médula. En las primeras páginas de la Biblia ya se habla de éxodo, de huida, de pueblos guiados por una promesa. “Sal de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, y ve…” —dice el Génesis. Abraham parte. Moisés parte. Todos parten. Porque migrar es más antiguo que fundar. Es más vital que resistir. Es la primera forma de fe.
Y no es solo humano. El mismo instinto lo vemos en la mariposa monarca, que atraviesa continentes como si tuviera mapas secretos tatuados en las alas. En los pingüinos emperador, que recorren desiertos blancos para reproducirse donde el hielo duele. En las ballenas, que viajan miles de kilómetros para parir en mares cálidos. En los elefantes del África, que caminan en silencio, siguiendo huellas invisibles hacia la fuente. La migración es un código sagrado, un movimiento universal: vivir es desplazarse.
¿Y qué se deja atrás? Todo. O casi todo. Porque el que parte no solo abandona la casa, la ciudad, el país. Deja un idioma. Una manera de mirar el cielo. Un nombre que ya no será pronunciado igual. El exilio es una mutilación del alma. La maleta que se lleva es pequeña. Lo que se deja es inabarcable.
Solo las suelas de los zapatos podrían contarlo. Solo los morrales rotos, las mochilas con estampitas pegadas, con cepillos de dientes sin tapa, con cartas manchadas por la lluvia, podrían narrar esa verdad. Porque los cuerpos callan, pero los objetos arrastran la memoria. Y la memoria es una patria portátil.
A veces, el viaje es brutalmente literal: un joven afgano se esconde en la bodega de un avión militar que despega desde Kabul. Lo encuentra el frío a miles de metros de altura. Otro, africano, se sujeta con sogas a las ruedas de un tren de aterrizaje en Marruecos. Y otro más, desde Guatemala, recorre medio continente agarrado al chasis de un camión. Nadie les prometió que viviría. Y, aun así, ahí están: sin billete, sin visa, sin garantía. Con la sola voluntad de no morir donde nacieron.
Y luego está esa palabra: extranjero. Esa etiqueta con la que se pretende decir: “No eres de aquí. Nunca lo serás.” Término que no describe, sino que margina. Que no nombra, sino que expulsa. Pero el extranjero es también el espejo de la tierra. Es quien la trabaja. Quien la limpia. Quien la sostiene en silencio.
Y es así como el mundo se vacía de raíces y se llena de pasos. Y aún hay quien pregunta: “¿Por qué no se quedan en su país?” Porque el país se quedó sin país, imbécil. Porque cuando te queman la casa no decides si sales por la puerta o por la ventana: saltas. Corres. Te lanzas al abismo esperando que al otro lado no esté el mismo infierno con otro nombre.
Migrar no es moverse. Es romperse. Y en esa fractura —en ese desplazamiento feroz, caótico, a veces inútil— está toda la belleza y toda la tragedia de esta especie que todavía insiste en soñar mientras cae.
©Trópico Absoluto
Douglas Monroy (Caracas, 1958) es fotógrafo, editor y escritor. Fue director del Museo Arturo Michelena y de la Galería de Arte Nacional en Caracas. En 2014, fundó Monroy Editor, proyecto desde el cual ha desarrollado publicaciones centradas en la fotografía y la narrativa venezolana. Desde 2017 reside en Nueva York, donde continúa su trabajo visual y editorial.
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