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Que cada vida cuente. A propósito de ‘Gramática sensible’, de Sandra Caula

En Gramática sensible, Sandra Caula convierte la escritura del yo en una indagación sobre la memoria, la pérdida y las formas en que el lenguaje y la imagen sostienen una vida. La reseña de Cecilia Rodríguez Lehmann lee el libro como una trama de voces superpuestas donde lo autobiográfico trasciende la experiencia individual para tocar lo común y lo profundamente humano. Entre fotografías, duelos y fragmentos de memoria, el texto explora cómo la ficción puede decir una verdad que la cronología no alcanza. Una meditación luminosa sobre la necesidad de hacer que cada vida cuente.

Acaba de salir publicado por Editorial Alfa el libro Gramática Sensible (2025) de Sandra Caula. El manuscrito ya había ganado el Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana en el 2024. Para algunos, este premio fue una grata sorpresa, no por el manuscrito en sí, sino porque Sandra era más conocida como filósofa, editora y traductora. Su relación con el lenguaje parecía estar marcada por otras formas de trabajo que no pasaban necesariamente por la ficción. El libro ha sido catalogado como una autobiografía o una autoficción que relata instantes de la vida de la autora.

Creo que es importante detenernos en los epígrafes del libro para entender la complejidad de eso que está por contarse. Me centraré en dos de ellos. Caula toma de Wittgenstein -del de Investigaciones filosóficas– la idea de que el lenguaje se define en su uso cotidiano y compartido; las palabras no develan otra cosa que está más allá de ese uso concreto, situado e intencionado. Por otro lado, la cita de Lucía Berlin nos recuerda que la ficción y lo real no tienen nada que ver con la verdad y la mentira y que muchas veces lo verdadero se encuentra en lo ficcional. En el fondo todos somos grandes fabuladores que construimos nuestras historias desde ese lugar donde la ficción no es más que otra forma de encontrar lo verdadero.

Dice Juan José Saer que las biografías más interesantes son aquellas que van más allá de los hechos verificables -y generalmente aburridos- para sumergirse en “la masa fangosa de lo empírico y de lo imaginario, que otros tienen la ilusión de fraccionar a piacere en rebanadas de verdad y falsedad”. Esta renuncia a separar lo verdadero y lo falso, lo empírico y lo imaginario es un buen punto de partida para leer este hermoso texto llamado Gramática sensible.

La historia comienza con una foto de la protagonista tomada por su padre o tal vez por su tío, no importa. A partir de esa fotografía, la narradora se pregunta por lo que está fuera de campo, lo que la cámara no ha captado, pero también por lo que la propia fotografía no puede decir. La fotografía como un acto siempre incompleto que requiere de una oralidad que la desentrañe: la de la madre, la del padre, la de ella misma, o más bien las de todas las mujeres que ella ha sido, la niña, la adolescente, la madre. Al igual que con el lenguaje, el significado de la foto está en su uso; un uso y un significado que se vuelven itinerantes.

estamos ante un libro que cuenta una vida pero que va mucho más allá de ella, diría que piensa la vida y la necesidad de “hacer que cada destino cuente

¿Quién cuenta esta historia? Se pregunta la narradora en una de las primeras páginas. Cuenta la filósofa inquisitiva que se interroga sobre la vida y la muerte; cuenta la editora que no puede dejar de ver en el mundo las erratas; cuenta la lectora que vive a través de las palabras de otros; cuenta la niña de dos años que aparece en la foto, y cuenta la mujer que mira desde su madurez una vida en retrospectiva.

Desde esas voces superpuestas que dicen “yo”, escuchamos pequeños relatos que, fragmentariamente, nos van contando escenas dispersas de eso que llamamos una vida. La infancia y sus mundos de temores nocturnos y exploraciones diurnas; los tanteos insumisos de la adolescencia, el descubrimiento de la sexualidad entre las piernas, las parejas, las primeras muertes, la adultez cruzada por las pérdidas. Se trata de un ir y venir que no obedece a un orden cronológico, sino a una narración donde todo sucede al mismo tiempo, todo reaparece, todo sobrevive.

Dentro de eso que retorna hay dos episodios particularmente conmovedores, elaborados con una delicadeza que hablan de una sensibilidad muy fina. Me refiero a dos pérdidas irreparables, la del padre y la del hijo. Para hablar de ellas, la autora vuelve a  las imágenes, como si solo desde allí pudiera nombrarlas. En la primera, el padre acaba de fallecer y una mujer se refugia bajo un árbol tan pequeño que no da sombra. En la segunda, esa mujer acaba de perder a su hijo y busca con desesperación en su biblioteca una imagen de La piedad. ¿Cuál busca? ¿La de Miguel Ángel, la de Gioto?, busca su propio dolor en el de otras tantas madres, busca consuelo en lo humano. No dejo de pensar en un panel de Aby Warburg, el 42, donde a partir de La piedad, Warburg rastrea visualmente el gesto repetido de la pérdida del hijo en el arte occidental, los mismos brazos caídos, el mismo cuerpo semidesnudo en el regazo.

Tal vez por ello el libro está tan lleno de imágenes, no sólo por las fotografías del padre, sino porque las imágenes le permiten contar lo que difícilmente puede ser enunciado. La potencia de la imagen, como le gusta decir a Didi Huberman, esa que le deja al lector/espectador el trabajo de mirar/sentir la pluralidad de lo que parece único. Quizá el meollo de las llamadas “escrituras del yo” es mostrar lo complejo de ese yo, múltiple, ficticio, fragmentado, pero también, y aquí en este libro es un gran acierto, encontrar una voz para narrar lo único y lo colectivo. Lo individual dentro de lo profundamente humano. De nuevo una escena me permite acercarme a esa experiencia.

En la última parte del libro -y no deseo contar demasiado- la protagonista vuelve a encontrar consuelo en ese mundo que la precede y que también la sucederá “Visitar Atapuerca sí que la alivió. Ochocientos mil años de restos anónimos le permitieron sentirse parte de un futuro más humano. Parte de una tradición, la de morirse”.

Sí, estamos ante un libro que cuenta una vida pero que va mucho más allá de ella, diría que piensa la vida y la necesidad de “hacer que cada destino cuente. Cuente de contar historias, pero cuente también en el sentido de que nos importe, ¿o es acaso el mismo contar?

Cecilia Rodríguez Lehmann (Caracas, 1970), es doctora en Letras Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Magíster en Literatura Latinoamericana, Universidad Simón Bolívar, Venezuela. Profesora del Instituto de Lingüística y Literatura de la Universidad Austral de Chile.  Dirigió Estudios, Revista de Investigaciones Literarias y Culturales de esa universidad. Es autora de los libros Miradas efímeras. Cultura visual en el siglo XIX (Santiago de Chile: Ed. Cuarto Propio, 2018) (Coord.) y Con trazos de seda. Escrituras banales en el siglo XIX (Caracas: FUNDAVAG Ediciones, 2013).

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