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El silencio enciende un habla animal: La animalidad como forma de subjetivación en ‘Soul of Apure’ (2006) de Igor Barreto

Por | 1 marzo 2026

Este artículo es un análisis de las representaciones de la fauna en 'Soul of Apure' (2006), de Ígor Barreto. El texto examina de qué manera la humanización del animal y la animalización de lo humano (Agamben, 2002) devienen en la nueva configuración biopolítica de un sujeto que reordena sus categorías cognoscitivas para enunciar tensiones inusitadas en la relación del ser humano y la alteridad radical del animal. Así pues, se cuestiona en qué medida la operación llevada a cabo por Barreto es o no es una frontera actualizada que la subjetividad logocéntrica ha impuesto entre lo humano y lo animal.

Foto: Ricardo Jiménez. S/F

Pocos poetas de América Latina se han dedicado con tanta insistencia a un nuevo abordaje de las relaciones entre humano y animal como el venezolano Igor Barreto (San Fernando de Apure, 1952). Algunos datos biográficos sustentan esta afirmación: nacido en la capital de los llanos apureños, desde pequeño el poeta consagró no pocas de sus horas a la crianza de gallos de pelea, así como a la realización de largos viajes por las riberas de los ríos Arauca, Cinaruco, Meta, Capanaparo y tantos otros que conforman las riberas del Orinoco. Su trabajo poético –que explicita con frecuencia su lugar de enunciación– se vale de un notable afán etnográfico para repensar la manera en que el sujeto se relaciona con su entorno, en aras de hacer una crítica de los modos de producción extractivistas instaurados en Venezuela a raíz del descubrimiento del petróleo. Para Barreto el individuo surgido de la convulsa modernización nacional halló un correlato simbólico del modelo rentista: la tradición romántica que instrumentaliza al llano como paisaje para dar cuenta de la interioridad de un yo. La instalación de la llanura como espacio configurador de la identidad nacional se consagró a inicios del siglo XX con el auge del nativismo de la mano de poetas como Francisco Lazo Martí y su Silva criolla a un bardo amigo (1901) (López Ortega et al, 2019, p. 33). Dicha instalación expandió sus fronteras hasta configurarse como el lugar mitológico por excelencia de la cultura venezolana, tal como lo evidencian la caracterización de la música llanera y el joropo como símbolos patrios y la canonización de novelas como Doña Bárbara (1929) de Rómulo Gallegos en el campo literario. Es esa operación la que pretende desmontar Barreto al sostener que la extracción de los recursos naturales y las maneras que ha tenido el campo cultural de narrarse a sí mismo han colaborado mutuamente en la crisis de valores y significados que padece Venezuela como nación desde finales del siglo XX a inicios del XXI, tiempo en el que se publica el poemario que le concierne a nuestro análisis: Soul of Apure (2006). Este libro, el sexto en orden cronológico de la producción poética del autor, ofrece en el paratexto del subtítulo una declaración de intenciones que lo enfrenta a la problemática manifiesta: Anotaciones sobre el alma de un lugar. De manera que la selección de un título escrito en otro idioma, el inglés, obedece a un buscado recurso de extrañamiento brechtiano que aleja al autor de la tentación nativista que pretende criticar, tal como aduce el autor en una nota a pie de página parafraseando a Joseph Brodsky:

Titular este libro en castellano sería aumentar su cautividad localista, su reducción a la insignificancia, cuyo resultado no podría ser otro que su aniquilación mecánica. (Barreto, 2006, p. 173).

La tentativa autocrítica de los modos de subjetivación del poeta moderno se ve reforzada en la siguiente página, que contiene el único epígrafe del libro, un verso de Horacio: “In culpa est animus, qui se non affugit unquam. (Nuestro mal está en el alma y no puede evadirse de ella.)” (Barreto, 2006, p. 175). Así pues, tras este umbral encontramos un corpus conformado por cuarenta y seis textos divididos en tres secciones: la primera, que carece de título y varía entre poemas en prosa de tono casi diarístico y otros que se valen de versos con un uso sui generis de rimas asonantes, la segunda, titulada Capillas imperfectas, conformada por pequeños relatos de un párrafo que concluyen con una estrofa de cuatro versos, y por último una tercera en la que se halla el texto concluyente del libro, Una carta, en el cual el presbítero de San Fernando se dirige al poeta para cuestionar su pretensión de buscar el alma en el lugar.

El animal y la muerte

Uno de los textos de Crónicas llanas (1989), un poemario anterior, arroja una de las claves de lectura para abarcar Soul of Apure (2006). Nos referimos concretamente al poema “Fui con Wilfredo a mirar un Paso de Caballos” en el que el sujeto lírico nos narra del paso de setenta equinos a través de los rápidos del Río Arauca. La longitud de los versos tiende a ser pródiga en función de la descripción que el poeta hace de los rasgos de los caballos cimarrones, pero decrece hasta volverse mínima a partir del punto de inflexión del poema: la muerte accidental y en apariencia intrascendente de un caballo zaino, gracias a la fuerza del torrente:

A mitad del cauce
un zaino, lucero en la frente,
se rezaga.
la curiara[1] con rapidez
se acerca para auxiliarlo:
pero ya es tarde.
En silencio     desapareció
con naturalidad
y hasta con gracia.
Nunca pensé que la muerte
fuera tan breve.
(Barreto, 1989, p. 63).

La muerte interrumpe la ampulosidad del poeta, deleitado con la visión de los caballos, para robarse, casi de casualidad, la vida de un ser que desciende al otro reino mientras el resto de la caballada brilla por el agua que escurre de sus lomos. El estupor del sujeto ante la aparición trivial de la muerte entre seres que la viven de una forma harto diferente deja para el texto unos versos escuetos que apenas dan cuenta de minucias: “En la otra orilla / salen / las demás bestias (…) / y se dispersan, / y comen tallos / de lambedora” (Barreto, 1989, p. 63). La muerte del caballo ha dejado al poeta sin palabras, la cultura que encarna no ofrece respuestas para abarcar la experiencia de un ser ajeno a la idea de lenguaje o pensamiento. Heidegger sitúa al animal como un ser pobre de mundo (Weltarm), en contraste con la piedra, sin mundo (Weltlos) y al hombre como formador de mundo (Weltbilden) (Agamben, 2006, p.95), con lo cual, ¿Cómo situarse ante la muerte de un ente para el que la apertura del Ser, posibilitada por el lenguaje, no está del todo habilitada? Esta es la duda que pasma al poeta. A propósito de esto, dice Mónica Cragnolini:

El animal es lo excluido en la cultura humanista, pero debe permanecer, al mismo tiempo, incluido en ella, porque es la diferencia con el animal la que funda dicha cultura. (2016, p. 44).

Podemos leer este texto como una claudicación de la cultura humanista ante una experiencia que desde su alteridad constitutiva se niega a ser asimilada por el lenguaje y sus procedimientos discursivos. La muerte del caballo empapa el texto de espacios en blanco que inauguran una zona entre lo humano y lo animal, más allá del lenguaje y más allá de lo estrictamente semiótico. Lo animal irrumpe en su inalterable extrañeza y habita el poema en la medida en que el poeta se deja tomar por su falta de palabras, por la gracia con la que acepta su muerte: por su no-humanidad. Barreto se tambalea apoyando sus pies en la delgada frontera entre ambas dimensiones.

Este es, grosso modo, el tema en torno al que Soul of Apure se organiza como libro, en el cual lo animal, asociado a las otras dos grandes isotopías presentes, el invierno –el de los llanos, caracterizado por lluvias que inundan la sabana– y la muerte, desempeñarán un rol clave en la muerte del sujeto racional, que al destruir su entorno ha destruido su propio espíritu. La mención de la variada fauna de la llanura venezolana –tigres, caimanes, perezas, garzas, cocuyos­– antes que obedecer a los roles tradicionales ocupados por lo animal en la literatura latinoamericana, la prosopopeya o la reificación (Yelin, 2015, p. 107), se yuxtapondrá a un itinerario de lo humano que calla o muere para darle cabida a su presencia. En ese sentido, es valioso el aporte de Gina Saraceni:

La poesía de Igor Barreto se encuentra llena de animales (…) que en su diferencia radical respecto de lo humano están allí para señalar otra forma de lo viviente (…) abandonada, indeterminada, sin cualificaciones, “signo de una alteridad heterogénea”, “marca de un afuera inasimilable” (2017).

¿El poeta es un animal?

Como muestra de la mencionada yuxtaposición tenemos este extracto del poema inical, donde aparece por vez primera lo animal: “Están cerradas las puertas de mi primera casa: la palmera doncella, los ladridos de nutria en los esteros, el aguaviento y el humo de vivir en paz.” (Barreto, 2006, p. 177). Los ladridos de nutrias apenas conforman un elemento más de la enumeración del hablante lírico, el resto del poema ahonda en su itinerario a través de la llanura sin traer a colación alguna otra fiera. Así pues, el poeta,  lejos de vehiculizar los ladridos de nutria para reflejar su subjetividad, los asoma como un elemento más de su entorno, sugiriendo con ello, junto con las demás imágenes, el abandono del hogar seguro para adentrarse en lo salvaje, en un paisaje que lo pondrá en los lindes de lo humano. Julieta Yelin propone hablar del giro animal para estudiar obras literarias que proponen replantearse no solo las relaciones humano-animal sino también qué se entiende por “humano” y por “animal”:

El giro animal podría ser entendido como(…) el cuestionamiento (…) de una única línea divisoria e inmóvil entre el territorio de lo humano y el de lo animal (…) no existe una frontera única entre ambas naturalezas, sino numerosas líneas divisorias, creadoras de múltiples territorios e intersecciones (2015, p. 178).


¿Cómo habría que leer estos textos si no como cenagales de espacios en blanco donde el humano es devorado por un silencio animal, reptil? Barreto insiste en la pobreza de mundo de los animales en el siguiente poema:

Al cruzar la cañada era de noche y en el curso del río viajaba un jacinto de agua más solo que yo. Y los últimos pájaros de la tarde fueron más solitarios. (…) El alma no tiene nada y con dificultad regala unas palabras necesarias (Barreto, 2006. p. 178).


En estas palabras vemos que, ante la mera disposición de la alteridad en el texto, es el propio hablante lírico quien manifiesta su vocación de ser pobre de mundo, como eso otro que lo está interpelando: “Recoger todo. Botar todo y de nuevo ser pobres” (Barreto, 2006, p. 175). El humano se despoja de sus categorías cognoscitivas para sondar en lo que está más allá de la lengua. La apertura a lo animal, la sumisión a lo que se resiste a ser interpretado desde la razón tenderá a manifestarse a lo largo del libro como un espacio donde lo no humano deja de ser una amenaza para configurarse como un espacio de encuentro del yo con su propia alteridad. Barreto apunta a lo reflexionado por G. Agamben: “El hombre mismo se reconciliará con su naturaleza animal” (2006, p. 12). La crisis espiritual del humano moderno se salva con la constatación del otro como constitutivo de nuestra identidad, la poesía es el reino donde el “esto” se vuelve “aquello”, parafraseando a Octavio Paz. La muerte funda un terreno inestable que pone en común lo humano y lo animal. Dicho terreno llega a una cota de especial tensión en el siguiente texto:

SOBRESALTADO desperté. Una caimana abría una cueva para depositar sus huevos y arrojaba en mi cara distraídos manotones de arena.

Los peces dejaron escurrir por un segundo una sombra dorada a flor de agua.

Por cuál vereda escapamos cuando el camino termina. (Barreto, 2006, p. 181)

No hay escapatoria para el sujeto que ha sido sobresaltado por la alteridad, ante ella no vale otra estrategia que la hospitalidad derridiana que acoge al extraño sin intentar asimilarlo o apropiarse de él haciéndolo familiar, sino que, por el contrario, desde su propia extrañeza nos devuelve el reflejo de la nuestra. El hablante lírico instala su “heme aquí” (Cragnolini, 2016) y, lejos de querer imponer su voluntad sobre la caimana, se limita a contener su sobresalto mientras recibe los manotones de arena. El camino terminado al que se refiere es ese del humano que busca transformar, apropiar y adueñarse de su entorno sin importar el daño que cause en el proceso. Cuando el sujeto se aparta de ese “camino” para escaparse por la vereda,  nos quedamos, como él, a la intemperie de la interrogación indirecta, fuera del afán que clasifica, sopesa, calcula y, en última instancia, destruye. Podemos observar un recorrido análogo en el siguiente texto: 

Conocí a José Natalio Estrada Torres con su libro de carátula esmeraldina entre las manos. En aquellos momentos vi subir una hormiga por el puño de su camisa blanca y caminar por la manga hasta perderse en el espaldar de la silla, y el poeta permanecer inmóvil sin desviarse del hilo de sus pensamientos:
como un músico que no abandona el decoro y la sonoridad de su vida.

El sobresalto del hablante lírico en el poema contrasta con la pasividad con la que José Natalio Estrada recibe al minúsculo insecto a través de su cuerpo. A mayor recibimiento del otro, mayor armonía interior, tal como lo indica la comparación que cierra al texto, José Natalio es un músico que lleva el compás de “la sonoridad de su vida”. “La pureza mayor / es la intemperie mayor.” Sentencia Barreto en “Carmelitas”, un poema perteneciente al conjunto Tierranegra (1993). El contacto con la alteridad es la que mejor orienta la búsqueda del propio yo, el dejarse moldear por ella es la instancia que le confiere palabras al poeta en busca de su alma: “Cuánta ilusión creer que hay una música similar a la nuestra. Atentos escuchamos la música del otro.” (Barreto, 2006, p. 200). Es así como lo animal habita en el poemario desde su lugar precario y nos acecha desde la mera enunciación sin que el hablante lírico lo confine a la jaula-humanización o al diorama-reificación. Lo animal repta por los versos de Soul of Apure desde una pobreza de mundo que encierra una potencialidad del descubrimiento “el gallo que canta con la determinación del Ángel Gabriel espantando las sombras” (Barreto, 2006, p. 192) y de la muerte “A veces perecen en las noches, sorprendidos por un tigre que viaja agazapado en un árbol que arrastró la corriente” (Barreto, 2006, p. 202).

La aguda tensión entre ambas dimensiones a lo largo del poemario está causada por la reticencia de lo animal a ser procesado simbólicamente: “Qué invierno equívoco el de mi vida: miré una garza de largas patas enterradas en el barro y pensé que era un cisne” (Barreto, 2006, p. 201), y por la conciencia –o inconsciencia– que tienen los habitantes de ello, lo que les deparará el descubrimiento de su propia animalidad o la muerte:

A CUSTODIO MARTÍNEZ, lo arrancamos de las fauces de un caimán. Esto ocurrió en El Panchero, cuyas aguas lodosas desembocan en otro caño de nombre Guafita. Vadeando el cauce al llegar al cantil ribereño, el caimán lo agarró por las piernas. Vi al pobre sacar apenas una mano, y luego emerger la enorme trompa del reptil sacudiendo su presa para desgarrarla. Era un caimán de cinco varas de largo y musgosa coraza amarilla. En el hervor de las aguas lo soltó. A Custodio Martínez lo trasladamos en un chinchorro, dormía bajo el sol y llevaba un hilo de sangre surcando el lóbulo de la oreja. Antes de morir se levantó como si nada hubiese ocurrido, tomó un papel y escribió este poema:

Una barca con sus bogas,
con ornamentos dorados.
Y una serpiente bebiendo
lo que resta del verano. (Barreto, 2006, p. 221)

Afirma Julieta Yelin: “[El giro animal] realizaría una labor de deconstrucción de las imágenes instituidas cuyo motor principal es la caída de la metáfora animal como construcción simbólica primordial de lo humano.” (2015, 178-179). El depredador está libre de representaciones que lo muevan a actuar de tal o cual manera en el texto para reflejar tal o cual estado de ánimo. El hablante lírico refiere, con el mismo tono, el fortuito encuentro a la vereda de un río con una caimana y la muerte accidental de un bonguero. Este texto en cuestión pertenece a la sección subtitulada Capillas imperfectas del libro, la más cercana a la narrativa a pesar de siempre contar, al final de cada micro-narración, con una estrofa que dejan los muertos como últimas palabras sobre la tierra. Esta parte destaca por ser el reverso de algunos textos de la primera sección ya comentados, dado que en ella cada uno de sus personajes muere a causa de una incorrecta forma de acercamiento a la alteridad. Así lo demuestran los textos que protagonizan Sixto Mota y Reinaldo Durán, heridos fatalmente por un tigre y una serpiente. Aunque parecería fácil ver en cada una estas tres narraciones una tendencia que roza el aleccionamiento de una fábula, hay que detenerse, puesto que en casos como el de Custodio Martínez el poema se revela como una última instancia para encontrarse con la alteridad de lo animal. De igual manera, en poemas de la primera sección se mencionan momentos en los que el hablante lírico se aprovecha de lo animal sin remordimientos: “Cuando voy de pesca una garza cruza el cauce como un cometa de corto trayecto y se posa en este lado de la barranca. Las garzas son un rayo de luz tallado en la espera” (Barreto, 2006, p. 180). De manera que las zonas de contacto y conflicto se encuentran superpuestas sin que a veces sea posible mencionar una sin tener en mente la otra. Parafraseando a J. Yelin, son estas unas nuevas figuraciones del animal que, por un lado, descubren nuevas posibilidades de acercamiento a la interioridad del no-humano, y por el otro, exploran nuevos focos de conflicto descubiertos a raíz del cambio de enfoque.

Notas:

[1] Curiara: pequeña embarcación de madera.

Bibliografía

Agamben, Giorgio, 2006, Lo abierto. El hombre y el animal. Buenos Aires, Adriana Hidalgo.

Barreto, Igor, 2014, El campo / El ascensor. Poesía reunida 1983-2013. Valencia, Pre- Textos.

Cragnolini, Mónica, 2016, Extraños animales. Filosofía y animalidad en el pensar contemporáneo. Buenos Aires, Prometeo Libros.

Saraceni, Gina, 2017, “De espaldas a la alabanza. (Sonoridad, afecto, memoria en la obra de Igor Barreto), en El jardín de los poetas. Revista de teoría y crítica de poesía latinoamericana. Año III, n° 4, primer semestre de 2017. Mar del Plata, publicaciones de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata. 21-48.

Yelin, Julieta, 2015, La letra salvaje. Ensayos sobre literatura y animalidad. Rosario, Beatriz Viterbo.

Ricardo Suárez (Maturín, Venezuela, 2000) es escritor de poesía y ensayos. Ha publicado poemas en UBICUO, Digopalabratxt y Temporales. Fue finalista del VIII Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas. Actualmente cursa su quinto año de la carrera de Letras en la Universidad Católica Argentina (UCA). Su primer libro de poemas, Hojaldre, fue publicado en 2024 por Luba Ediciones.

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