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Venezuela y el antiimperialismo pendejo

El bombardeo estadounidense y la captura de Nicolás Maduro marcan un punto de quiebre en la historia reciente de Venezuela. Más que una invasión clásica, el texto propone una hipótesis inquietante: una traición negociada dentro del chavismo para asegurar la continuidad del poder sin su líder. Entre acuerdos secretos, silencios militares y pragmatismo geopolítico, el antiimperialismo aparece no como resistencia, sino como coartada ideológica de una nueva dominación. Venezuela, lejos del ajedrez, se juega hoy en una partida de póker.

Luego de varios meses de amenazas, finalmente ocurrió el hecho de fuerza en territorio venezolano que el gobierno de Donald Trump venía anunciando como el fin del Cartel de los Soles. El bombardeo contra por lo menos seis objetivos militares y la detención de Nicolás Maduro y Cilia Flores constituyen un hito dramático en la historia del país. El universo progresista internacional condenó rápidamente el hecho, como si se tratara de una clásica invasión de Estados Unidos. Sin embargo, una serie de hechos y actuaciones permiten formular una hipótesis inquietante: estaríamos en presencia de una traición negociada de un sector del chavismo contra el antiguo sindicalista del Metro de Caracas.

Andrés Izarra, exministro de Comunicación de Hugo Chávez, ha descrito acertadamente el conflicto venezolano de los últimos meses mediante una metáfora: estamos ante un juego de póker, no ante una partida de ajedrez. La diferencia no es menor. En el ajedrez se es blanco o negro; cada pieza tiene un rol determinado y todos los movimientos están a la vista. En el póker, en cambio, no se conocen las cartas de los jugadores, algunas pueden estar marcadas, las simulaciones son decisivas y gana quien logra las combinaciones más imprevistas y contundentes.

El 15 de agosto de 2025, antes del inicio de la presencia de buques militares estadounidenses en el mar Caribe, el escenario político venezolano apuntaba a la estabilización del gobierno de Nicolás Maduro mediante la implementación del llamado “Estado Comunal” y la instalación de la nueva Asamblea Nacional, el 5 de enero de 2026, concebida como espacio de interlocución política entre el oficialismo y una oposición minoritaria. En ese momento, cada quince horas se detenía a una persona por razones políticas; nueve de cada diez estaban vinculadas a la organización de María Corina Machado, Vente Venezuela. Un año después, las denuncias sobre el fraude electoral del 28 de julio de 2024 comenzaban a perder relevancia en la comunidad internacional. La llamada “normalización”, esa teoría de cambio que postulaba esperar hasta el año 2030 una nueva contienda electoral y evitar la confrontación con el chavismo, amenazaba con imponerse.

El inicio de la ofensiva antinarcóticos del gobierno de Estados Unidos cambió por completo el escenario. La elevación a 50 millones de dólares de la recompensa por información sobre Nicolás Maduro y la construcción de una narrativa que lo situaba a la cabeza de un cartel de tráfico de drogas alteraron el tablero político. Quienes interpretaron el conflicto como una partida de ajedrez, con bandos nítidamente definidos, comenzaron a hablar de una acción imperialista tradicional alentada por las fuerzas malévolas de la ultraderecha venezolana. El punto culminante de esta narrativa fue la reacción virulenta de amplios sectores de la izquierda internacional frente al otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado, a quien responsabilizaban directamente de algo que aún no había ocurrido.

Lo que se había anunciado, finalmente, ocurrió. Aunque han pasado pocas horas desde la operación militar estadounidense, algunos medios internacionales han comenzado a describir cómo se desarrollaron las negociaciones entre un sector del chavismo y Estados Unidos para la entrega de Nicolás Maduro. El 16 de octubre, el Miami Herald dio a conocer las ofertas secretas que un grupo de funcionarios venezolanos habría presentado a la administración norteamericana para mantenerse en el poder sin Maduro. En su momento, estas informaciones fueron desestimadas por quienes esperaban un jaque mate directo de la flota militar en el mar Caribe.

Según el inventario periodístico, estas negociaciones habrían comenzado en abril de 2025, meses antes del inicio de la operación Lanza del Sur, y habrían tenido un segundo momento en septiembre, cuando varias embarcaciones que supuestamente transportaban narcóticos fueron destruidas por Estados Unidos. Las distintas propuestas, que se modificaron progresivamente, habrían sido presentadas en Catar y transmitidas desde allí a la Casa Blanca.

La propuesta inicial, formulada en abril, consistía en que Delcy Rodríguez asumiera la presidencia –como finalmente ocurrió– y que Maduro permaneciera en Venezuela con garantías de seguridad, mientras negociaba un acuerdo que otorgara a empresas estadounidenses acceso a las industrias petrolera y minera. A cambio, se sugería que los fiscales estadounidenses retiraran los cargos penales contra Maduro. Se afirma que esta opción fue negociada durante un tiempo, hasta que fue desestimada por las autoridades norteamericanas.

Una segunda versión mantenía a Delcy Rodríguez liderando la transición junto a figuras del llamado “chavismo disidente” con ascendencia en las Fuerzas Armadas, incorporando la posibilidad del exilio de Nicolás Maduro. Esta combinación tampoco prosperó.

El 1 de diciembre de 2025, Reuters informó sobre el contenido de una conversación telefónica entre Trump y Maduro. Según la agencia, el mandatario venezolano estaba dispuesto a abandonar el país siempre que él y sus familiares obtuvieran una amnistía legal completa, incluida la eliminación de todas las sanciones estadounidenses y el cierre del caso que enfrenta ante la Corte Penal Internacional. Además, habría solicitado el levantamiento de sanciones contra más de cien funcionarios de su gobierno. Reuters agregó: “Maduro pidió a la vicepresidenta Delcy Rodríguez dirigir un gobierno interino de cara a nuevas elecciones […] Trump rechazó la mayoría de sus solicitudes en la llamada”.

Aunque hasta ahora la prensa internacional no ha revelado nuevos detalles, diversos analistas hablan de una tercera y definitiva propuesta, en la que el chavismo habría aceptado entregar a Maduro a las autoridades estadounidenses, manteniendo a Delcy Rodríguez como cabeza de un gobierno “de transición”. El gran interrogante sería cómo se materializó la detención del principal líder de la revolución bolivariana.

Una ópera trágica en cuatro actos

Si la evolución de las conversaciones entre el sector del chavismo liderado por Jorge y Delcy Rodríguez y la administración Trump no basta para pensar en póker y no en ajedrez, la secuencia de los acontecimientos y el comportamiento de los actores refuerzan la hipótesis de que el ataque militar contra Venezuela fue parte de una traición negociada.

Hasta el momento de escribir este artículo, hay cuatro hechos que permiten sostener esta hipótesis: el ataque en sí, las declaraciones de Donald Trump, las declaraciones de Delcy Rodríguez y la decisión del Tribunal Supremo de Justicia.

El ataque comenzó en la madrugada del sábado 3 de diciembre en al menos seis puntos militares, concentrados en Caracas, Miranda, La Guaira y Aragua. De manera reveladora, las autoridades venezolanas se han negado a ofrecer un parte oficial de daños y víctimas. Los principales impactos parecen haberse producido en Fuerte Tiuna, sede histórica del poder armado y político del país, donde se concentran el Alto Mando de la Fuerza Armada, unidades estratégicas, servicios de inteligencia y dependencias clave del Estado, y donde Nicolás Maduro tenía su refugio. Según informó el gobierno de Díaz-Canel, tras declarar duelo nacional, Fuerte Tiuna habría sido el lugar donde murieron 32 cubanos pertenecientes a las Fuerzas Armadas Revolucionarias y al Ministerio del Interior, que formaban parte del anillo de seguridad de Maduro.

Donald Trump afirmó que ningún soldado estadounidense resultó herido o muerto durante el operativo, lo que plantea interrogantes adicionales sobre cómo habrían sido asesinadas 32 personas con entrenamiento militar sin causar daño alguno a los agresores. En Venezuela se dice: “Guerra avisada no mata soldado. Y si lo mata, es por descuidado”. El mandatario estadounidense solo mencionó un helicóptero “ligeramente dañado”.

No hubo reacción efectiva ni por parte de los funcionarios cubanos ni del propio ejército venezolano. Las imágenes disponibles no muestran fuego defensivo. A esto se suma que, según la periodista Sebastiana Barráez, la mitad del personal militar del país se encontraba de permiso navideño, una decisión inquietante si se suponía que el gobierno esperaba un ataque en su propio territorio. La operación estadounidense terminó siendo una extracción quirúrgica, precisa y efectiva.

Las declaraciones de Donald Trump al informar sobre la acción fueron igualmente reveladoras. Confirmó que fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro y a su esposa y afirmó que Estados Unidos tomaría el control de Venezuela “hasta que pueda haber una transición segura y adecuada”. Más allá de su interés en el petróleo, lo más significativo de su discurso fueron sus palabras sobre Delcy Rodríguez y María Corina Machado. Presentó a Rodríguez como una interlocutora potencial, condicionando la cooperación a que aceptara la agenda política de Estados Unidos. Al mismo tiempo, desestimó a Machado, sugiriendo que no contaba con suficiente respaldo interno para liderar el país. Así, el líder de America First dejó clara su apuesta pragmática: Delcy Rodríguez, no la Premio Nobel de la Paz. El 4 de enero, Trump fue más lejos al afirmar que Machado no podría ganar elecciones en Venezuela sin su ayuda.

Las primeras declaraciones de Delcy Rodríguez tras el ataque confirmaron esta lectura. Aunque mantuvo un tono retórico antimperialista, asegurando que Venezuela no sería una “colonia”, centró su discurso en exigir una fe de vida de Nicolás Maduro, en un registro sorprendentemente indulgente dado el contexto. También anunció la activación del llamado “Decreto de Estado de Conmoción Exterior”, una normativa cuyo contenido no había sido divulgado y cuya interpretación fue solicitada al Tribunal Supremo de Justicia.

Otros elementos de esa primera alocución resultaron igualmente significativos. El primero fue la ausencia de cifras –ni siquiera preliminares– sobre muertos, heridos o daños materiales, una omisión deliberada que se mantiene hasta hoy. El segundo fue la desconvocatoria de las movilizaciones anunciadas por otros voceros oficialistas. Al pedir calma y exhortar a la población a quedarse en casa, Rodríguez se apartó de la narrativa de “ataque contra la población” y de “inicio de la lucha armada” que había circulado en las horas posteriores a la operación. Los medios internacionales estiman entre 40 y 80 las víctimas fatales.

Un día después, Delcy Rodríguez publicó un mensaje institucional dirigido a Trump que incrementó el desconcierto entre los defensores del discurso antimperialista: “Extendemos la invitación al gobierno de los EE. UU. a trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación, orientada al desarrollo compartido, en el marco de la legalidad internacional, que fortalezca una convivencia comunitaria duradera”. Firmando como “presidenta encargada”, Rodríguez ya no solicitó fe de vida ni exigió la liberación de Maduro. No habían pasado 48 horas del primer bombardeo extranjero en suelo venezolano, con muertos, heridos, daños millonarios y la captura del principal vocero de su proyecto político.

La rápida decisión del Tribunal Supremo de Justicia cerró el cuadro. La Constitución venezolana distingue entre “falta absoluta” y “falta temporal” del presidente. El artículo 233 establece que, ante una falta absoluta ocurrida en los primeros cuatro años de mandato, el vicepresidente debe asumir funciones y convocar elecciones en un plazo de 90 días. El artículo 234 dispone que las faltas temporales serán suplidas por el vicepresidente hasta por 90 días, prorrogables por otros 90 con autorización de la Asamblea Nacional. Si la ausencia se prolonga más de 90 días consecutivos, corresponde a la Asamblea decidir si se configura una falta absoluta.

Aquí se encuentra el núcleo de la estrategia del chavismo 3.0. De forma similar a la campaña Free Alex Saab, se impulsará una narrativa de liberación de Nicolás Maduro para sostener la ilusión de un retorno cercano, permitiendo que Delcy Rodríguez se mantenga indefinidamente como presidenta ante una supuesta “falta temporal”. Así se evitaría, al menos en el corto plazo, la convocatoria a elecciones.

El antiimperialismo como vector de dominación

El antiimperialismo tuvo su momento estelar durante la Guerra Fría, cuando el conflicto global podía entenderse como una partida de ajedrez: de un lado Estados Unidos y sus aliados; del otro, la Unión Soviética y el bloque socialista. Los comportamientos de ambos campos eran, en comparación, relativamente previsibles. En América Latina, el imperialismo se redujo casi exclusivamente a la acción del “gran hermano del Norte”.

Hasta la caída del Muro de Berlín, la política regional se interpretaba principalmente en función de Estados Unidos, que consideraba a América Latina su patio trasero. Sin embargo, el antiimperialismo arrastró una falla estructural que persiste hasta hoy: negar la agencia propia de los actores locales y considerarlos simples instrumentos de Washington. Curiosamente, era una visión simétrica a la que se tenía respecto de quienes se alineaban con Moscú. Investigaciones como las de John Dinges en Operación Cóndor complejizaron esta lectura, mostrando cómo dictadores y élites conservadoras latinoamericanas actuaban según intereses propios, aunque convergieran temporalmente con la política exterior estadounidense.

El atractivo del antiimperialismo siempre fue su simplicidad: todos los problemas tenían un origen común –Estados Unidos– y la CIA aparecía como una entidad omnipresente. Junto a la idea de la revolución como paraíso terrenal, el antiimperialismo funcionó como una forma secularizada del pensamiento religioso: el diablo vivía al norte del Río Grande y había que permanecer alerta a sus tentaciones.

Tras la caída del Muro y el avance de la globalización, algunos intelectuales de izquierda intentaron superar esa noción. Entre los más influyentes estuvieron Michael Hardt y Antonio Negri, con su libro Imperio, en el que plantearon que el poder global ya no se organizaba en torno a Estados-nación ni al imperialismo clásico, sino mediante una soberanía transnacional y descentralizada, compuesta por redes de Estados, corporaciones, organismos internacionales, sistemas financieros y dispositivos jurídicos.

como demuestra el caso venezolano, el antimperialismo no solo dejó de explicar el mundo, sino que se ha transformado en una ideología funcional a la dominación. Al insistir en una visión del mundo que ya no existe, facilita la expansión de capitalismos no occidentales –como el ruso o el chino– y consolida la hegemonía de élites tradicionales de izquierda.

El Foro Social Mundial se convirtió en un campo de disputa entre quienes persistían en la lectura imperialista y quienes apostaban por teorías del poder más difusas. Paradójicamente, fue el antiimperialismo el que se impuso, especialmente en Caracas durante el VI Foro Social Mundial, cuando intelectuales como Edgardo Lander adaptaron el “otro mundo posible” al proyecto de Hugo Chávez. Allí murió la idea de un “movimiento de movimientos” y triunfó la pulsión de construir una nueva Internacional.

Hoy, como demuestra el caso venezolano, el antiimperialismo no solo dejó de explicar el mundo, sino que se ha transformado en una ideología funcional a la dominación. Al insistir en una visión del mundo que ya no existe, facilita la expansión de capitalismos no occidentales –como el ruso o el chino– y consolida la hegemonía de élites tradicionales de izquierda.

La creación de una realidad ficticia, sostenida por el delirio ideológico, es la base del antiimperialismo actual. Por ello, contra toda evidencia, se afirma que el principal interés de Estados Unidos en Venezuela sería apoderarse de su petróleo. Se omite que Chevron, empresa sin sanciones para operar en el país, comercializa cerca del 25% del crudo venezolano y aporta alrededor del 30% de los ingresos petroleros que antes administraba Maduro y hoy controla Delcy Rodríguez. No en vano se denunciaba que Chevron se había convertido en uno de los principales financistas del régimen.

Aferradas a esta visión simplista, muchas personas con buenas intenciones han rechazado la operación estadounidense como si se tratara de la invasión a Panamá de 1989. “Manos fuera de Venezuela”, “fuera gringos de América Latina”, “defensa de la soberanía” han sido consignas repetidas en los últimos días. Al ignorar la realidad concreta –el acuerdo entre el chavismo 3.0 y Donald Trump– se convierten en tontos útiles. O, dicho sin eufemismos: pendejos.

Un futuro sombrío

Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez han sido dos de las figuras más influyentes del chavismo en los últimos años y encarnan su núcleo civil-político. Hermanos, formados en el entorno cercano de Hugo Chávez, han ocupado cargos clave del Estado. Más allá de sus funciones formales, su poder real ha residido en la negociación, el control político y la articulación entre partido, Estado y aparatos de seguridad. Jorge Rodríguez ha sido el principal arquitecto de los procesos de negociación y el ideólogo de la “normalización”, logrando convencer a sectores de la oposición, del empresariado y de la sociedad civil.

¿Qué puede venir ahora para Venezuela? Aunque los acontecimientos siguen en desarrollo, es posible anticipar el escenario más probable: ganar tiempo. Mantener la figura de la “falta temporal” permitiría dilatar al máximo la convocatoria a elecciones –o incluso evitarlas– mientras se reordena el poder y se administra la transición bajo control.

Con el respaldo de Estados Unidos y mediante concesiones mutuas, la economía podría mostrar signos de mejora en 2026, bajo una adaptación del modelo chino: apertura económica sin libertades políticas. Bajo el argumento de la recuperación, el gobierno intentaría frenar la migración, ampliar acuerdos de deportación con Washington y coordinar una política antidrogas conjunta.

Este cambio de vocero busca superar la profunda crisis de legitimidad causada por el fraude del 28J, que había bloqueado la recomposición de alianzas regionales con gobiernos como los de Brasil y Colombia. El rápido reconocimiento de Lula a Delcy Rodríguez, tras meses de no legitimar a Maduro, marca una primera victoria. Sin embargo, el chavismo atraviesa ahora un reacomodo interno en busca de un nuevo equilibrio. Es previsible una purga contra sectores antinorteamericanos que puedan interferir en la nueva relación con Estados Unidos, una relación inevitablemente tensa y pragmática.

La oposición mayoritaria, encabezada por María Corina Machado, enfrenta el desafío de reconstruir una estrategia en condiciones de clandestinidad. La sociedad civil venezolana, por su parte, deberá recuperar su agencia, superar la parálisis impuesta por la represión y articular esfuerzos con la diáspora.

Si algo deja esta secuencia es una lección incómoda: quienes siguen mirando Venezuela como un tablero de ajedrez –con piezas fijas, bandos nítidos y movimientos previsibles– se condenan a repetir diagnósticos errados y consignas automáticas. Aquí no hay blancas y negras, ni jaques mates anunciados; hay cartas ocultas, faroles, acuerdos cruzados y jugadores capaces de cambiar de bando sin avisar. En esta partida de póker, el antiimperialismo de reflejo sirve para tapar la mano real: no se trata solo de la fuerza de Estados Unidos, sino de cómo una élite local aprendió a negociar su supervivencia con cualquiera que garantice continuidad. Y mientras algunos gritan como si estuvieran ante una invasión de manual, otros –en silencio– ya están repartiendo las cartas de la próxima ronda.

Rafael Uzcátegui (Mérida, 1973) es escritor, editor y activista de derechos humanos. Autor de La rebeldía más allá de la izquierda. Un enfoque post-ideológico para la transición democrática en Venezuela (Náufrago de Ítaca Ediciones, 2021).

Este artículo se publicó originalmente en la revista Rialta. Se reproduce aquí con autorización de su autor.

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