Palos de necio: Bordados y florituras ante la disolución de Occidente
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses vuelve a exponer el uso sistemático de pretextos políticos, jurídicos y morales para justificar la injerencia y la continuidad del poder. Entre florituras discursivas, antimperialismo reflejo y pragmatismo extractivista, el texto desmonta las narrativas que buscan dotar de honorabilidad a una operación ajena a la democracia. Ni liberación ni soberanía: lo ocurrido revela una lógica empresarial de dominación y vasallaje. En el trasfondo, el colapso de las instituciones internacionales y de las ficciones ideológicas que pretendían sostenerlas.
Mamá, ¿viste las noticias?
No, ¿qué pasó?
¡Lo sacaron! ¡Bombardearon Caracas en la noche y se lo llevaron!
Hace unas semanas le preguntaba a un familiar radicado en Florida cómo se recibía el discurso de seguridad nacional estadounidense en su guerra contra el narcotráfico y la reciente reclasificación del contrabando de drogas como narcoterrorismo: ya no sería necesario justificar la financiación de grupos de acción o de injerencia política, bastaría con leer la drogadicción como el verdadero objetivo, un fenómeno deliberadamente inducido por organizaciones terroristas. La respuesta, que evidentemente no representa a toda la sociedad estadounidense, me devolvió la inocencia de mi planteamiento: se trata, sencillamente, de un juego político. Uno elige desde qué perspectiva situarse en el tablero e incorpora, sin más, las fórmulas retóricas disponibles. No se trata de creer o no creer, sino de la necesidad de fabricar pretextos discursivos para, llegado el caso, sortear los tropiezos jurídicos que determinadas acciones puedan implicar. A veces, como analistas, no damos palos de ciego, sino, como dice mi padre, palos de necio.
Esto me dejó pensando en la floritura discursiva que constituye, precisamente, un pretexto. Del latín praetextus, el término que hoy entendemos como excusa u ocultación de intenciones verdaderas designaba originalmente un bordado añadido a un tejido: un ornamento cuya función no era otra que el embellecimiento del objeto, provocando alguna emoción o atracción favorable. Ahora bien, en su sentido figurado, no escapa a nadie que las florituras discursivas entrañan ciertos riesgos, sobre todo en una época marcada por la crispación, la polarización y el antagonismo.
En la madrugada del 3 de enero de 2026, Estados Unidos llevó a cabo la operación militar Absolute Resolve en Venezuela, bombardeando diversos enclaves estratégicos en Caracas, Miranda, La Guaira y Aragua para capturar a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, en su residencia ubicada dentro de las instalaciones militares de Fuerte Tiuna. La magnitud del despliegue permitió culminar el objetivo en apenas media hora: el mandatario venezolano y su mujer fueron extraídos del país, primero hacia Guantánamo a bordo del USS Iwo Jima y, posteriormente, en avión hasta Nueva York. Si uno se empapa de lo que circula en redes sociales y medios informativos, el acontecimiento presenta todos los cabos sueltos necesarios para alimentar la especulación. Si se trató o no de una conspiración interna, o si todo fue gracias a la implementación de tecnologías de cruce de datos e inteligencia artificial para el cálculo de la operación, poco cambia el resultado saberlo. Como mucho, quedará para las correcciones propias de los anales de la historia como una interesante nota al pie de carácter historiográfico.
Desde marzo de 2020, se ofrecía una recompensa por información que condujera a su captura, dado que Maduro y Flores estaban ya entonces acusados de delitos de narcotráfico. La solidez aparente de la denuncia no sorprende, pues la corrupción dentro de las Fuerzas Armadas como facilitadora del contrabando desde la década de los noventa no es un secreto, si bien queda aún por demostrarse la magnitud de un verdadero cártel o si no es siempre ese el juego de los poderosos y sus sistemas clientelistas. No obstante, existe cierto aval internacional sobre la trayectoria criminal de los detenidos en el ámbito de los derechos humanos, en la medida en que gran parte de la élite chavista tiene vetada la entrada a la Unión Europea por violaciones graves contra sus ciudadanos, crímenes de lesa humanidad cometidos bajo su gobierno. No es tampoco ningún secreto la irregularidad con la que el Consejo Nacional Electoral actuó tras las elecciones de julio de 2024, poniendo en evidencia la naturaleza autocrática de una revolución cuyo mesianismo le impide pensarse como una opción más dentro del espejismo democrático que se esfuerza en proyectar.
Ahora bien, tras más de veinticinco años de un proceso que transformó y cooptó por completo las estructuras económicas y culturales del país, y con la politización de las Fuerzas Armadas para el sostenimiento a largo plazo de un sistema de difícil desmantelamiento, resulta comprensible, hasta cierto punto, la reacción celebratoria de muchos afectados, en su mayoría emigrados, pues en suelo nacional la alegría es difícilmente expresable rigiendo el decreto de Estado de Conmoción, el cual puede hacer de una sonrisa espontánea una acusación de traición. Alegría que, a la luz de la celeridad de los acontecimientos e inesperado cambio de guión, ya se ha vuelto agridulce.
El llamado intervencionista que ya hiciera Juan Guaidó, y que María Corina Machado recupera en su estrategia de alianzas con la derecha internacional, explota precisamente el trauma de una población marcada por la experiencia de una izquierda fallida, y de ahí la difícil relación de la izquierda internacional con la diáspora venezolana. Se afirma haber agotado todas las opciones para provocar un cambio de régimen por vía interna, pero no se asimila que el propio recurso del intervencionismo es, en sí mismo, la admisión de un fracaso y del estancamiento de la imaginación política. Ante la incapacidad de concebir una salida, la balanza se nos presenta como una elección entre Guatemala y Guatepeor (sin ánimo de ofensa para el país centroamericano).
La retórica de Donald Trump deja pocas dudas sobre los motivos de esta intervención, por cuanto solo hila pretextos. Por un lado, la movilización del FBI, la CIA, la DEA y la Fuerza Delta se presenta como apoyo al departamento de justicia y la fiscalía en su proceso penal en curso contra delitos de narcotráfico (nótese que la referencia a Maduro como líder del Cártel de los Soles no aparece en la imputación por no poderse demostrar su existencia como ente criminal estructurado). Por otro, el propio Trump no oculta su interés extractivista cuando alude al supuesto robo y usurpación perpetrado por el Estado venezolano a las empresas petroleras norteamericanas. A todo ello se suma que la operación Southern Spear y los asesinatos extrajudiciales de presuntos narcotraficantes en el Caribe desde septiembre de 2025 no provocaron ninguna contra-actuación por parte de ningún actor internacional, apenas un cúmulo de condenas públicas que poco sirven ante las más de cien víctimas mortales, cuyas identidades ni siquiera han sido reveladas, con tal de sostener el pretexto narrativo de la injerencia. Más allá de la legalidad o no, o de la flagrante violación del derecho internacional y de la soberanía venezolana, estamos ante narrativas bordadas con florituras cuyo propósito es mantener el debate en el terreno de los matices, las interpretaciones, las lecturas entre líneas y las moralidades supuestamente universales que históricamente han servido para condenar los desmanes ajenos, no los propios. De ahí que sea estéril discutir si la maniobra estadounidense encaja o no en su redefinición de la seguridad nacional, si las condenas sin sanciones de la comunidad internacional son más o menos contundentes, o si la ilegitimidad presidencial y gravedad de los cargos contra Maduro justifican el intervencionismo.
De acuerdo con el prisma adoptado, surgen entonces reacciones disímiles: el rechazo activista antiimperialista que reactiva la historia de la región; la euforia de la diáspora venezolana ante una “operación quirúrgica”; o la cautela de quienes permanecen en un país bajo un chavismo funcional que conserva el control del Estado y el respaldo del ejército y los colectivos armados. Todo ello es comprensible en una población erosionada por la polarización tras años de padecimiento y desgaste. A ello se suma la mirada nostálgica de un pasado idealizado, que alimenta las justificaciones de la intervención como apertura de un horizonte de esperanza basado en la llegada del capital extranjero para restaurar la prosperidad y armonía pretéritas, cuyo recuerdo amnésico olvida la corrupción, la desigualdad o la inseguridad que momentos como el Caracazo o el golpe de 1992 revelaron como síntomas de un malestar previo al chavismo. Así y todo, y sin caer en el malmenorismo, la devastación contemporánea no tiene punto de comparación.
Es evidente que lo ocurrido no tiene relación alguna con valores democráticos ni con la soberanía popular. La continuidad que representa Rodríguez no es prudencia política, es pura lógica empresarial. Se trata, en última instancia, de decidir quién presta el mejor vasallaje.
La zozobra se acentúa cuando, en su comparecencia, Trump no solo exhibe sus intereses geoestratégicos, sino que descarta la movilización de la oposición al asumir una tutela necesaria sobre la dirigencia chavista. Delcy Rodríguez, ya juramentada como presidenta encargada en una ceremonia encabezada por su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional y asistida por el diputado Nicolás Maduro hijo, encarna esa continuidad. Conviene no olvidar que sobre ella pesan también múltiples sanciones, sin que ello suponga un obstáculo para la administración estadounidense. Esta vez, el bordado que adorna los hechos sería evitar la escalada del conflicto mediante el uso de la estructura remanente para conducir una transición “plenamente democrática”. Sin embargo, la fidelidad de las Fuerzas Armadas, el despliegue de los llamados «colectivos» y las escalofriantes imágenes de los Consejos Comunales o la Milicia Bolivariana, civiles marchando armados prestos a defender la patria, hacen difícil sostener tal expectativa. Es evidente que lo ocurrido no tiene relación alguna con valores democráticos ni con la soberanía popular. La continuidad que representa Rodríguez no es prudencia política, es pura lógica empresarial. Se trata, en última instancia, de decidir quién presta el mejor vasallaje.
El pasado 10 de diciembre de 2025 la prensa internacional seguía la llegada de María Corina Machado a Noruega para recibir el premio Nobel de la Paz por su liderazgo político y campaña por la restitución democrática en Venezuela. El galardón se me antojó entonces un movimiento extraño: si bien el liderazgo simbólico de Machado es indiscutible, representa una posición en el otro extremo del espectro político venezolano. Sin embargo, el comité reconocía sus méritos y política del consenso hasta fines de 2024, no después. Al contrario que Machado, debe reconocerse que en el transcurso de 2025 el conjunto de la oposición venezolana no ha abandonado la vía electoral pese al fraude, y mucho menos respaldado la intervención foránea. De ahí que, entre las múltiples crisis que asolan a Venezuela, podamos hablar de una larga crisis de representatividad: ni el gobierno ni el chavismo representan al conjunto de los venezolanos, como tampoco lo hace Machado. En ese sentido, el exceso de carisma del personaje eclipsa la posibilidad de hablar de voluntad popular.
Si a la noticia del premio Nobel sumamos las canonizaciones de José Gregorio Hernández y la Madre Carmen Rendiles, el escenario parecía pavimentar una eventual toma del poder de Edmundo González y Machado por vía insurreccional, legitimando moralmente su causa con la ambivalencia de la diplomacia vaticana, y al mismo tiempo, encomendando al país a la bendición de sus santos, pase lo que pase. O quizá todo ello era la distracción necesaria para que Trump, habiendo tomado la temperatura a Rusia, socio comercial y militar de Venezuela, decidiera seguir adelante con su proyecto geopolítico.
No cuesta imaginar la arrechera de Machado después del desmán de Trump durante la comparecencia del sábado 3 de enero. Leyendo a Milagros Socorro, quien reflexiona sobre lo que le queda por aprender a la opositora después de semejante varapalo, tras haber tomado de sus contrincantes la mística y retórica salvífica, una política basada en emociones que explota el disenso, y la creación de redes clandestinas y llamadas a la resistencia para sobrevivir en medio de la censura; acaso la lección sea que de nada sirve seguirle el juego discursivo al presidente estadounidense. Para una líder que continúa replicando las florituras de la retórica trumpista, en especial la guerra contra el “narcoterrorismo” como realidad incuestionable, debe resultar difícil adaptarse a su imprevisibilidad. O eso, o realmente lo cree así, lo cual es aún más inquietante.
La estrategia defendida por Machado apostaba por una mayor presión internacional, por elevar el costo de la permanencia en el poder para forzar una salida con menor costo. Si las vidas humanas entran o no en ese cálculo, está aún por verse. Es por eso que sí cuesta imaginar cómo podría articularse una transición liderada por la oposición en un contexto donde existe una población alineada con el chavismo dispuesta a disparar, más aún cuando la acción del “imperio” ha servido al refuerzo de la retórica antiimperialista. ¿Qué nos impide pensar en una guerra civil? ¿En una escalada contra cualquier simpatizante con la idea de un cambio? Así, aunque el fin de permitir a Rodríguez conservar el poder no sea evitar sufrimiento al pueblo venezolano, sino el mantenimiento de la estabilidad necesaria para posicionar a Estados Unidos como tutor corporativo, socio y benefactor de la industria extractiva, la esperanza de muchos parece cifrarse en la idea de que los primeros flujos de capital garanticen, al menos, un mínimo de dignidad económica. Y con el revés de las alianzas, quizá también sirva para tomar conciencia de la responsabilidad y poca fiabilidad de ciertas amistades.
Triste ha sido pelear (y seguir peleando) por el reconocimiento del fracaso bolivariano dentro de la izquierda europea. Nunca entendí la ideología como discurso, sino como práctica, y desde ese criterio pocos están a la altura de lo que predican. Defender valores progresistas no debería impedir la crítica y condena tanto de la injerencia estadounidense como de un estado fallido. En España, Izquierda Unida publicó un comunicado que defendía el respeto a las instituciones venezolanas y al resultado electoral anunciado por el CNE en julio de 2024. Esta ceguera voluntaria no ha hecho sino erosionar su credibilidad ante una importante comunidad migrante y ceder a la derecha el uso y abuso del “fantasma de Venezuela” en la política nacional. La pretendida moralidad es también pretexto y floritura: su ambivalencia, así como la renuencia a condenar la pantomima bolivariana, contrasta con la celeridad con que se denuncia la pantomima MAGA o los aires autoritaristas de Trump. Insistir en una retórica antiimperialista heredada de la Guerra Fría como único elemento sancionable en la reciente historia venezolana no solo es deshonesto (de nuevo, los palos de necio), por cuanto Chevron ya controlaba un buen porcentaje de la exportación de crudo venezolano con el beneplácito del chavismo, sino que calla ante la expansión de otros capitalismos y redes clientelistas, aquellas de autocracias autodenominadas socialistas. Como dice Rafael Uzcátegui, el antiimperialismo es una ideología funcional a la dominación y vistos los hechos venezolanos, hablar de antiimperialismo unilateral es pura ingenuidad. Ahí donde los extremos se tocan, en esa necesidad de líderes, héroes, mártires y figuras que son capaces de suscitar admiración y repulsa, es donde deberíamos trabajar para evitar la fabricación de relatos personalistas cuya única utilidad es la fama y trascendencia histórica de unos pocos a costa de muchos.
Más allá de frustraciones ideológicas, lo verdaderamente preocupante es que una vez más somos testigos del descrédito y desmoronamiento de las instituciones internacionales, la fractura de un mínimo consenso, y el reparto explícito de zonas de influencia para definir un nuevo orden geopolítico. En ese sentido, Trump y su doctrina Donroe parecen haber marcado la hoja de ruta para la consolidación del hemisferio occidental, comenzando por Venezuela y quién sabe si siguiendo con Groenlandia. Nada impediría a Rusia o a China reclamar sus propias áreas de influencia. En la roma republicana, la toga praetexta con su franja púrpura era símbolo del estatus y honor de los magistrados. El rango de autoridad lo determinaba dicho “pretexto”. Ahora bien, si vivimos en los tiempos de la política sin tapujos, ¿para qué seguir fabricando pretextos que pretenden proyectar honorabilidad allí donde no la hay? ¿Cuál es el sentido de las narrativas insostenibles, más allá del amor a la ficción y el espectáculo? ¿Cómo sostener discursos de verdad cuando imperan la sospecha, la especulación y la mentira?
©Trópico Absoluto
Isabel Piniella (Cumaná, 1989) es investigadora postdoctoral en el Institut d’Histoire du Temps Présent del CNRS como miembro del proyecto internacional HISTEMAL dirigido por la Prof. Frédérique Langue. Doctora en Historia por la Universidad de Berna, ha publicado diversos textos sobre cultura e historia venezolanas, entre ellos “Boom and Doom of Venezuelan Exceptionalism” en el catálogo de la exposición OIL. Beauty and Horror in the Petrol Age (eds. Alexander Klose y Benjamin Steininger, Wolfburg: Kunstmuseum Wolfburg, 2021) y (Re)Generación 1958: Intelectuales, Arte y Política en Venezuela (Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert, 2025).
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