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La mueca chavista: ¿Por qué baila Maduro?

Por | 7 diciembre 2025

¿Por qué baila tanto Maduro? se preguntan algunos observadores ante la amenaza de un ataque militar extranjero. El enigma aparente se puede resolver si vemos la suma de estrategias retóricas utilizadas por el chavismo desde el comienzo de su gestión, especialmente cuando se analiza cómo han apelado a la renegación en momentos claves del pasado. La mirada psicoanalítica y las observaciones antropológicas ofrecen respuestas complementarias. Los registros de artistas que han sufrido la persecución del totalitarismo lo ilustran con mayor claridad.

Me sorprendió leer en una publicación reciente en la red social X que Geoff Ramsey, quien se posiciona como experto en política venezolana, comentó un video en que se veía a Nicolás Maduro bailando, como la prueba de una alegría despreocupada, inconsistente con un hombre que puede estar a punto de ser sacado del poder.[1] O Ramsey no ha estado prestando atención a las presentaciones públicas de Maduro durante ya mucho tiempo, o no entiende buena parte de la retórica chavista. Es que Maduro, desde hace rato, no hace mucho más que bailar. Durante la campaña presidencial del 2024, una y otra vez, lo vimos tomar el escenario para emitir proclamas altisonantes vacías y bailar sin mucha gracia.

Aunque vale la pregunta: ¿por qué baila Maduro? Tecno, changa, salsa, rocanrol, lo que tú pongas, el hombre se sacude. Una respuesta simplista es que, no teniendo mucho que decir, evita demostrarlo con palabras y recurre a la presencia performativa: el show. Una mucho más elaborada, desarrollada por el antropólogo Rafael Sánchez, sigue la pista del baile como mecanismo populista para unificar a las masas, desde Bolívar mismo, hasta la actualidad. Su agudo análisis permite entender el uso del cuerpo como mecanismo para transmitir un mensaje igualitario en paralelo a los mensajes de poder. Lo que él denomina «poder monumental». El baile es un manoseo populachero, heredado de Chávez, para compensar la imposición autoritaria vertical. En el caso de Maduro tenemos por un lado, el de carne y hueso, que sale aplaudiendo y silbando melodías en sus alocuciones públicas, y el diseñado por los laboratorios del poder, que lo intentan dibujar como una super-estrella, como en una recién estrenada serie televisiva sobre su vida.

Hay un gesto que se me quedó grabado de los días terribles de robo electoral y golpe propinado por el mismo poder, que creo sirve para descifrar la contradicción que parece confundir a Ramsey ante tanto despliegue de alegría festiva en medio de la tragedia. En paralelo al despliegue feroz de violencia de la dictadura de Maduro, un detalle menos escandaloso me ha quedado dando vueltas en el pensamiento.

Jorge Rodríguez, en rueda de prensa tras las elecciones de 2024.

En una de las ruedas de prensa, Jorge Rodríguez, alto jerarca de la dictadura, reunido al final del día de las elecciones declara «no podemos dar cifras, pero podemos mostrar la cara», y luego sube su dedo para señalar una sonrisa dibujada en su rostro.

Como psicólogo formado psicoanalíticamente me interesa siempre aquello que va más allá de las palabras, aquello que se expresa entrelíneas, por lo que una sonrisa enmarcada conscientemente para el público me resulta muy significativa. La sonrisa espontánea no ocurre de esa manera. Se trató de un gesto absolutamente ensayado, deliberado, es decir: una mueca.

Esa mueca resume -condensa, diríamos desde el psicoanálisis- el discurso del chavismo. Es decir, demuestra que la expresión es una farsa, una puesta en escena. No pretende transmitir un sentir verdadero, sino una pose que se actúa para un público. Las elecciones nunca pretendieron sino eso mismo: una puesta en escena, una simulación del acto democrático que es fríamente manipulado de antemano y que solo es lo que representa en su superficie.

Me ha traído a la mente la obra de Yue Minjun, pintor chino, de la generación de la Plaza de Tianamen. Es uno de los artistas contemporáneos más prominentes de su país, cuyos rostros redondeados con amplias sonrisas se han vuelto muy populares. Sus imágenes simpáticas, casi inocentes, llaman la atención, invitan a bajar la guardia y a compartir un instante ligero. Solo cuando las observas repetidas veces en las distintas obras, comienzas a captar que hay algo en estas sonrisas que no calza, algo exagerado, algo fuera de lugar. Diría Freud: algo siniestro.

En internet se pueden encontrar fotografías de Yue Minjun al lado de sus pinturas y esculturas. Esas fotografías ayudan a descifrar la incomodidad. Yue Minjun no aparece como un hombre sonriente. La comisura de sus labios muestra una severidad nada parecida a la de sus personajes.

Yue Minjun posa junto a una de sus esculturas.

Nacido en la década de los sesenta, comenzó su vida laboral como electricista  trabajando en  campos petroleros. Su generación atravesó los hechos que terminan en la masacre de la Plaza de Tianamen. Su pintura más famosa, titulada Ejecución, muestra a dos hombres haciendo el gesto de disparar con rifles, mientras otro grupo de hombres semi-desnudos voltean sus rostros con grandes sonrisas dibujadas en sus caras.

Yue Minjun. Ejecución (The Execution). 1995.

Es un representante del «realismo cínico». Su obra ha sido equiparada, nada más y nada menos que a las pinturas terribles de Goya sobre la guerra. Sin embargo, sus cuadros están hechos con rosado brillante, azules celestes y sus personajes siempre sonríen aunque aparezcan decapitados. Las sonrisas son desencajadas. Él ha declarado que representan el «vacío espiritual» de su época.

Sabemos que los autoritarismos no se llevan bien con la risa espontánea. La obra de Milan Kundera que descifra el funcionamiento del pensamiento totalitario arranca con la novela La Broma, en la que un joven militante comunista envía una postal a una novia, con un chiste que ironiza sobre el optimismo a veces un poco exagerado de los otros militantes. Ese chiste conduce a su persecución, como en vida real: la novela de Kundera lo llevó a ser tempranamente prohibido.

Más cercana a nosotros, la historia del escritor larense, Alí Lameda, debería servir de recordatorio para esta época. Comunista entusiasta, se mudó a Corea del Norte como parte de los intelectuales internacionales simpatizantes y allí consiguió trabajo traduciendo las obras de Kim Il-Sung al castellano. Pero su carácter caribeño lo condujo a la desgracia. En una acto de celebración por la publicación de alguna de las obras, Alí se pasó de tragos y comenzó a contar algunos chistes, que evidentemente no fueron bien recibidos. A los dos días fue arrestado. Pasó los próximos siete años en los campos de concentración norcoreanos. Rescatado, por cierto, gracias a esfuerzos diplomáticos de Teodoro Petkoff.

Asimismo, el gran poeta salvadoreño, Roque Dalton, participaba en la lucha armada de su país con el Ejército Revolucionario del Pueblo. Pero era un revolucionario poco adepto al adoctrinamiento y la censura. Su último libro, Pobrecito poeta que era yo, es una sátira a la sociedad salvadoreña. En 1975 es apresado, juzgado y asesinado por sus propios compañeros de armas. El escritor Horacio Castellanos Moya, quien ha estudiado el caso,  asocia su asesinato a la risa, dice que usaba el humor «no solo como recurso literario, sino como una actitud de vida. Dalton lo expresó de la manera más condensada al decir que el gran problema de su vida había sido que nunca pudo contener la risa, una risa que seguramente le costó la vida».

Aunque a los jerarcas de la dictadura venezolana les gusta retratarse bailantes y sonrientes, son poco dados a la risa espontánea, mucho menos a compartir una sonrisa reflexiva. Su hipersensiblidad paranoica ha llegado a extremos como el del 2018, cuando dos bomberos de Mérida fueron arrestados por contrainteligencia militar y acusados de instigación al odio por publicar un video más bien ingenuo de un burro al que bautizaron «Maduro Moros» caminando por su estación.

Esa mueca resume -condensa, diríamos desde el psicoanálisis- el discurso del chavismo. Es decir, demuestra que la expresión es una farsa, una puesta en escena.

Aunque continuamente intentan presentar un estilo festivo y risueño, su talante, es más bien furibundo. La campaña presidencial de Maduro consistió en presentarlo a él bailando, haciendo coreografías en TikTok. «Pónganse a cantar y serán felices», es el mensaje en uno de esos videos. Una campaña que no propone ningún plan de gobierno es ya, en sí misma, sintomática de su vacío. Pero más aún, que un gobierno dictatorial, acusado de cometer crímenes de lesa humanidad, que desaparece personas y tortura de manera notoria, se promocione simplemente bailando, es la banalidad del mal en ritmo changa tuki. Maduro conmina a todos a ser felices… apuntándolos con un fusil.

La perversión, según el psicoanálisis, consiste en varias operaciones psicológicas. Una es trocar un signo por su contrario, por ejemplo, revestir la muerte de alegría. Una vez iniciada la represión a las protestas por el robo de las elecciones, la División General de Contrainteligencia Militar publicó un video en sus redes de lo que llaman «La Operación Tun Tun»Tun Tun es el nombre de un villancico tradicional- que muestra a funcionarios encapuchados arrestando a alguien mientras una voz anuncia «donde sea que esté me van a encontrar» con una canción navideña sonando animada y tenebrosamente de fondo.

La otra es vivir en función de puestas en escena. Organizar una elección, llevar a cabo todos sus rituales, hacer del ejercicio de todo un país un gesto absolutamente prefabricado es un teatro macabro. El perverso no tolera a un otro, en cambio busca actores sumisos para representar su escena perversa.

Finalmente, la perversión desmiente. Es decir, niega la realidad de una manera particular, que es que puede mentir, casi convenciéndose de su mentira, desmintiendo una realidad que se evidencia claramente frente a sí. Operación que suele ser muy desconcertante para los que se relacionan con el perverso porque llega a ser difícil distinguir hasta qué punto creen su propia mentira, por más gruesa que sea. La fuerza con que sostienen un resultado electoral cuando las pruebas de manera contundente dicen lo contrario, no habla solo de ser capaces de mentir, sino de su capacidad de quedar atrapados por su propia mentira. Lamentablemente, algunos supuestos expertos como Ramsey, también parecen caer en la trampa.

Las risas del entorno gubernamental suelen girar sobre la humillación del otro, la burla fácil. Es una risa sádica, es el goce del bully, del que se regodea en ver al otro atemorizado. El chavismo comparte, por cierto, el sentido de humor de Trump, la carcajada sombría del que se cree omnipotente. La risa chavista es una mueca perversa.

Referencias

Caracas Chronicles (2024). «Posted on socials of military counterintelligence agency (DGCIM)» [en línea] Disponible en: https://x.com/CaracasChron/status/1819209904705470525

Castellanos Moya, Horacio (2023). La metamorfosis del sabueso: ensayos personales y otros textos. Barcelona: Random House.

Maduro, Nicolás (2024). «Pónganse a cantar karaoke» [en línea] Disponible en: https://www.tiktok.com/@nicolasmadurom/video/7353313865054162182

Ramsey, Geoff (2025). «For someone who is supposedly…» [en línea]. Disponible en: https://x.com/GRamsey_LatAm/status/1995661837426458770?s=20

Sánchez, Rafael. (2016). Dancing Jacobins: A Venezuelan Geneaology of Latin American Populism. New York: Fordham University Press.

Manuel Llorens (Caracas, 1973) es psicólogo egresado de la Universidad Católica Andrés Bello, psicólogo clínico del Hospital Universitario de Caracas, con maestría en psicología comunitaria de la Manchester Metropolitan University. Profesor de la misma UCAB, investigador de la Red de Activismo e Investigación por la Convivencia (REACIN). Sus investigaciones giran en torno a temas de violencia y exclusión social. Ha publicado libros en el área de la psicología y la literatura. Ganador del Premio Fernando Paz Castillo de Poesía de 2006 y Lugar Común de Poesía, 2019. Su poemario «Haz ruido con mi ataúd» (Caracas, OT editores, 2025) explora los vínculos entre la música y el poder.

 

 

3 Comentarios

  1. F. Javier Lasarte Valcárcel

    Excelente artículo sobre la índole y función del baile y la risa chavomadurista, que parecen celebrar el genocidio en gotas que, en su suma, se transforman en lagos de ruinaa, miseria, agonía y muertes . Lástima la ausencia del nombre del showman más consecuente y cínico de estas décadas: Diosdado Cabello,

  2. No creo necesario ser psicoanalista ni ver 10 veces las imágenes de los personajes de Yue, para darse cuenta de que son grotescas. No sé qué concepto de alegría tenga don Manuel, pero esas «sonrisas» no expresan alegría, sino algo macabro desde la primera vista. En lo demás del artículo, no tengo comentarios.
    Ah!… esto es, por supuesto, mi opinión personal.

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