De Venezuela al Kurdistán, crónicas de un destino
Estos fragmentos que ofrecemos a continuación forman parte del libro ‹De Venezuela al Kurdistán, crónicas de un destino› (Madrid: Kálathos, 2025) escrito por Carol Prunhuber (Caracas, 1956) para relatar su travesía junto a los peshmergas kurdos a través de las montañas del Kurdistán, entre Irak e Irán. Con una mirada íntima y valiente, Prunhuber describe la dureza del camino, la espera interminable, el miedo latente de la guerra. A través de imágenes vívidas y reflexiones personales, la autora logra fundirse con el paisaje y con quienes lo habitan. Se trata de unas crónicas de la resistencia, de la amistad, la solidaridad y la humanidad en medio del conflicto, y de una mujer testigo del coraje y la ternura de un pueblo en lucha por su supervivencia. Un viaje físico y emocional al interior del mayor pueblo sin estado del planeta.
I.
El 23 de junio muy temprano Rahmán pasó a buscarnos con el comandante Abdulá, quien nos acompañaría hasta territorio iraní. Kak Abdulá -«Kak» significa hermano- era un hombre silencioso. Su mirada infantil contrastaba con la sombra de su barba recién afeitada. Delante de los franceses me entregó la carta. Lo hizo adrede para dejarle claro a Frabert que yo era su persona de confianza. Bajamos hasta un claro donde esperaban unos sesenta peshmergas sentados bajo las amplias ramas de un árbol. Rahmán, con las manos cruzadas a la espalda, se dirigió a sus hombres. Hablaba con suavidad suscitando respeto y cariño. Todos escuchaban atentos, solo se oía el susurro de las hojas mecidas por la brisa. El sol se filtraba creando una danza de luces en los rudos semblantes. La sombra parecía acoger a estos hombres destinados a defender una tierra aplastada por un sol cegador. Era la escena de un jefe guerrero alentando a sus tropas antes de la batalla. La sombra fresca parecía un manto protector que se rasgaría en cuanto emprendieran el camino. El reposo llegaba a su fin. Me preguntaba cuántos de ellos regresarían, cuántos derramarían su sangre en esa frontera de inquina.
«Bijî Kurdistan Bijî Partî Dêmokrat!» (¡Que viva Kurdistán, que viva el Partido Democrático!), gritaron cuando Rahmán terminó su discurso. Nos despedimos, como era usual, con un fuerte apretón de manos.
Íbamos en dos camionetas escoltadas por otras con peshmergas armados. Parshang, la intérprete persa nos acompañaba. Cruzamos la tierra de nadie tragando polvo y sofocados por el calor. Al mediodía nos detuvimos en un caserío. A la hora del almuerzo, tendieron el mantel de plástico y repartieron platos y cucharas para cada uno, pero había un solo vaso y una taza para el agua y el yogur que era compartido por todos. No me atreví a tomar nada.
Pasaron las horas y nuestra impaciencia por continuar se acrecentaba. El siguiente trayecto lo íbamos a hacer en mula y Parshang nos informó que aún no habían llegado y además que el sol debía bajar antes de continuar. La espera se hizo eterna. El calor era agobiante, estaba harta de beber té negro y de escribir en mi diario. No había llevado ningún libro y el aburrimiento me consumía. No podíamos pasear por la aldea, no éramos turistas y las conversaciones estaban limitadas por el inglés básico de Parshang.
Hacia las cinco de la tarde un tintineo de campanillas anunció la llegada de los animales. Sentí una mezcla de alegría y expectativa. Salimos de la casa y bajamos hacia un camino rodeado de árboles, paralelo a un riachuelo. La sombra y el agua daban frescor. Los peshmerga, hablando y riendo, cargaban las mulas bajo el ojo supervisor de Kak Abdulá. Aunque parecían frágiles los animales podían cargar hasta 120 kilos. Me acerqué para ver, las largas cajas de madera contenían balas y municiones para morteros. Las distribuyeron a ambos flancos de dos de las seis mulas, las amarraron y las cubrieron con una lona blanca. En las otras cuatro colocaron unas sillas enormes, acolchadas, con bordes redondos y sin estribos. Al verlas me pregunté cómo íbamos a montarnos. Sin más, nos subieron pero debido a las cajas no podíamos colgar las piernas a los costados. Estábamos elevados, con los pies apuntando hacia las orejas del animal. La posición era muy incómoda. No estábamos montados, nos habían instalado como parte de la carga.
Algunas mujeres sentadas sobre un tanque de agua nos miraron partir. Formando una larga columna comenzamos el ascenso. Las mulas llevaban un bozal sin freno en manos de un peshmerga y seguían rigurosamente el camino zigzagueante, atravesando senderos muy estrechos. Volteé y me dio risa ver a Frabert con las piernas hacia delante abrazando a la cámara, como si su vida dependiera de ello. Decidí olvidarme de él y dejarme llevar por el vaivén de mi montura. Oía, veía y sentía con celo cada paso de mi andar por las antiguas montañas. Escuchaba el golpeteo de las cajas al costado del animal, el sonido de los cascos al pisar la tierra y el firme resoplido de su esfuerzo. Una leve brisa refrescó mi rostro que buscaba la primera cumbre por franquear. Casi estábamos en la cima cuando el peshmerga que llevaba mi mula comenzó a cantar algo parecido a un lamento, mientras otras voces resonaban en respuesta. La belleza de ese instante me llenó de dicha.
La montaña era pedregosa. A esa zona la llamaban Germián, tierra caliente, e íbamos camino de Zozán, la tierra fría del Kurdistán. Llegar a la cima no era el destino último. Cada tanto aparecía una nueva montaña y cresta que ocultaba un pedazo de sol. El paisaje fue cambiando lentamente, aparecieron los árboles y el verdor surgió en las hondonadas al borde de los riachuelos. Nos detuvimos varias veces para beber y llenar las cantimploras con agua limpia cristalina.
Llevábamos horas de camino y la noche aún no había caído. Al cruzar un recodo del sendero vislumbré una escena que parecía sacada de Las mil y una noches. Era como si hubiese regresado en el tiempo. Abajo, al borde del riachuelo, se extendía un campamento con cientos de carpas blancas al cual se dirigían caravanas transportando mercancía. Era el bazar Miravah, punto de encuentro de los contrabandistas de Irán e Irak.
Los comerciantes llevaban sus productos a ese lugar controlado por los peshmergas de la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK). Los bazares aseguraban la continuidad del comercio entre ambos países durante la guerra. A medida que cruzábamos cientos de tiendas desplegaban sus productos. Los faroles se encendían mientras las sombras cubrían la tarde. Sentados en alfombras los hombres jugaban cartas, bebían y fumaban mientras negociaban con los compradores. De Irak llegaban el arroz, el té y el aceite; de Irán, pistachos, jabones, tapices y samovares. Todos los hombres iban armados.
Desmontamos y nos sentamos a comer. Nos sirvieron kebab cubierto por un enjambre de moscas. Bebimos Pepsi Cola; en Irán beberíamos Coca-Cola. Había un gran alboroto, los hombres reían y hablaban a gritos. Me puse nerviosa pues frente a mí comía un peshmerga que tenía un mortero que me apuntaba. Con señas le pedí que lo dirigiera a otro lado. Él y sus compañeros soltaron una carcajada.
Duramos unas tres horas en el bazar. La información era confusa, estábamos inquietos y queríamos saber cuándo continuábamos. Cada vez que le preguntábamos a Kak Abdulá, con una sonrisa decía: «Soon». Así fue todo el viaje. Nunca supimos a dónde íbamos, ni cuándo llegaríamos. La respuesta siempre era la misma. Tuvimos que entregarnos a ese no-saber y aceptar que su concepción del tiempo no tenía nada que ver con la nuestra.
No solo se necesita valor en la guerra, sino mucha paciencia para soportar la espera, las interminables marchas, el calor, el frío, la sed, la incertidumbre aguardando «el momento»
Los hombres empezaron a moverse y nos pusimos de pie al ver a Kak Abdulá. Con una sonrisa nos señaló las mulas y nos volvieron a subir. Ya no eran sesenta los peshmergas que viajaban con nosotros, sino unos doscientos con una cincuentena de animales. Parecía imposible lograr un orden en esa confusión. Los comandos iban y venían a medida que salían los grupos compuestos por más de sesenta hombres cada uno. Nuestra columna era la última y yo iba al final. Desde ahí podía verlos cruzar el bazar hasta que me tocó avanzar. Pasamos carpas iluminadas por la vaporosa luz de las lámparas de gas hasta bordear un riachuelo. Los hombres marchaban en silencio, se dirigían hacia las montañas que rodeaban el campamento. Las linternas se encendían y se apagaban como una feria alejándose.
Cuando comenzamos a andar cuesta arriba, me asusté. No veía a ningún peshmerga asegurando la retaguardia y me sentí desprotegida. El que llevaba las riendas de mi mula prendía brevemente una linterna. El sendero se volvía cada vez más estrecho, pero tanto los hombres como las mulas pisaban seguros. El cielo se abría inmenso y abajo se oía el rumor del río. La mula tropezó y una piedra rodó y rodó cuesta abajo, pero nunca la escuché caer. Un leve temblor me estremeció. Había un abismo a mi derecha que no veía y una cuesta relegada a mi izquierda. De pronto escuché voces, dos peshmergas caminaban sobre la ladera protegiendo el flanco que yo creía desierto. Aliviada me relajé y comprendí aquello de que las montañas eran las únicas amigas de los kurdos, parte de estos hombres rudos de sonrisa infantil. Las montañas y los kurdos parecían fundirse como si fuesen un mismo paisaje.
Este no era un territorio cualquiera, estábamos cruzando la legendaria cordillera de Zagros, la frontera natural entre los diferentes imperios reinantes en la zona. Sus cumbres habían defendido a las tribus kurdas de múltiples invasores y codiciosos monarcas. Yo estaba en un paraje lejano rodeada de guerreros. Nos adentrábamos en sierras agrestes, inhalaba el aire cada vez más fresco a medida que avanzábamos. Solo había silencio y los pasos de la mula, su leve resollar, su andar oscilante. Era la aventura de mi vida y en ese instante, la guerra parecía lejana.
Pasadas las horas, ya no escuchaba el murmullo del río. El paisaje había cambiado. Había menos árboles y más colinas pedregosas. Lo que no cambiaba era la continua sucesión de montañas. Seguimos ascendiendo. El viento se levantó y me dio frío. No tenía con qué abrigarme. Usé el turbante para cubrir los hombros y el cuello. Las mulas zigzagueaban por las laderas alumbradas con los mínimos destellos de las linternas. Las cuestas eran cada vez más empinadas, pero los peshmergas continuaban como si nada. Los animales, sin embargo, resoplando fuerte, trepaban con dificultad mientras los hombres las acuciaban: «¡Heçe were deî!» (¡Vamos!).
Cada vez que alcanzaba una cima, el alivio se desvanecía en segundos porque siempre había otra que remontar. Súbitamente llegamos a una enorme meseta repleta de peshmergas y contrabandistas. Las mulas cubiertas de blanco parecían iluminar la noche profunda. No había una luz, solo el resplandor blanquecino de la luna y, a lo lejos, la ciudad de Baneh, en Irán.
El ruido era insoportable. En esa altiplanicie controlada por los peshmergas del PDKI la algarabía parecía una provocación. Ahí los contrabandistas pagaban un impuesto de tránsito, estábamos en la línea de fuego entre Irán e Irak. La noche permitía el paso, pero debíamos permanecer en la sombra. Había que pasar rápidamente porque desde cualquiera de las bases militares enemigas podían divisarnos. Sentí el peligro de la guerra por primera vez. No obstante, los gritos y los rebuznos no nos ponían en riesgo mientras un mínimo destello, incluso el chispazo de un cigarrillo podía atraer un ataque desde la distancia.
Nos alinearon como si se tratara de una carrera, el espacio era lo suficientemente amplio. El peshmerga que conducía la mula me miró, hizo una seña y arrancó a correr en medio del alboroto; una tolvanera me forzaba a entrecerrar los ojos. Iba dando tumbos, las piernas tambaleantes, agarrándome de la silla para no caer. Con pecho apretado y la tensión en cada músculo de mi cuerpo lo que fueron unos minutos, me pareció eterno. Una vez del otro lado, protegidos por los flancos de la montaña nos detuvimos. Tenía los ojos irritados, los labios resecos y la garganta como una lija. La cantimplora en mi morral estaba vacía. Un peshmerga me ofreció la suya, bebí unos sorbos, mi sed de miedo necesitaba saciarse. Ya no me importó tomar de la de él y me eché un poco de agua en la cara, me sacudí el pelo y la ropa.
Empezamos a descender, las horas eran interminables y no llegábamos a ninguna parte. Ya no aguantaba, estaba agotada y tenía las piernas entumecidas. Los párpados se me cerraban, empecé a dar cabezazos y comencé a deslizarme hacia un costado. Un grito alertó al guía y él evitó que me cayera salvándome de la humillación.
El viaje se volvió una pesadilla. Ya no pensaba ni en los cuentos, ni en las guerras épicas ni en la gran aventura, la impaciencia me estaba carcomiendo. No solo se necesita valor en la guerra, sino mucha paciencia para soportar la espera, las interminables marchas, el calor, el frío, la sed, la incertidumbre aguardando «el momento» como escribió Arturo Perez-Reverte, que a menudo nunca llega. Todo eso lo comprobé durante los días que viví con los peshmergas.
Las horas pasaron y el frío arreció. Finalmente, hacia las dos y media de la madrugada llegamos a un descampado al borde de un arroyo. Los peshmerga se dividieron en grupos. Desmonté y fui con el equipo hasta donde estaba Kak Abdulá junto a una enorme fogata, el calor nos acogió.
Me acosté en la tierra dura cerca de la hoguera. Apoyé la cabeza en el morral, me puse el turbante en los hombros y con el cuerpo hacia las llamas me hice un ovillo buscando calentarme. El crepitar del fuego y el bisbiseo de los peshmergas me reconfortaron. Antes de dormirme sentí que alguien me cubría. Entreabrí los párpados y vi el cálido rostro de Kak Abdulá. Me deslicé en el sueño arropada por la ternura y la gratitud.
Dormí menos de tres horas, me despertó el aroma del té. La mañana despuntaba, un color ceniciento daba paso al nuevo día. En cuanto me puse de pie agradecí el calor del fuego sobre mi cuerpo adolorido. Fui con Sandra y Parshang a asearnos en un riachuelo de aguas heladas. Pájaros trinaban desde los árboles dándole la bienvenida al alba que se reflejaba sobre las aguas cristalinas chorreando entre mis manos. Una vez despierta disfruté de la belleza del amanecer y el té me calentó antes de retomar la marcha.
Me ofrecieron la mula, pero la rechacé. Tenía ampollas en las rodillas por el roce con la silla y las piernas engarrotadas, necesitaba caminar. Ahora el trecho era en bajada y el grupo volvía a estar conformado por los primeros hombres con los que salimos del cuartel general. Aún quedaba camino por recorrer, seguíamos en Irak, aún no habíamos cruzado la frontera. Recorrimos varias horas hacia el levante tragando polvo, bajo un sol cada vez más caliente. Kak Abdulá me ofreció su bastón y se mantuvo a mi lado todo el tiempo. Cada vez que me tropezaba, me agarraba. De pronto, levantó el brazo derecho y señaló hacia el borde de un cerro. Aceleré el paso y escuché un rumor de agua allá abajo: habíamos llegado a la frontera delimitada por el río Chomán.
Los peshmergas comenzaron a correr con pasos rápidos y muy cortos. Contagiada por su entusiasmo me lancé tras ellos envuelta en sus risas. Al llegar a la orilla de aguas heladas, me subieron a la mula. Los hombres se remangaban los pantalones y, con los zapatos en la mano, pasaban echándose agua como niños traviesos. Los peshmergas montados llevaban las armas. Dos que iban sobre una pequeña mula hacían maromas para que avanzara pues decidió pararse en medio del río. La escena fue hilarante y de celebración. Al fin estábamos en el Kurdistán iraní.

II.
Kak Mansur nos llevó a dar una vuelta. Una vez fuera del pueblo nos informó, con cautela, que al día siguiente podríamos filmar el ataque a una alcabala. Caminamos por un paisaje bucólico, colinas ondulantes con laderas moteadas por nogales y Dar Berû, robles que parecían inclinarse hacia la tierra reseca cubierta de matorrales y arbustos. Pasamos unos pozos de aguas calientes y observamos a una mujer solitaria sosteniendo una cuerda atada al cuello de una vaca que, plácidamente, mordisqueaba la hierba. Regresamos al pueblo y acompañados de niños husmeamos los alrededores. «¡Picture, picture!», clamaban. Todos querían ser fotografiados. Tomamos algunas, pero simulábamos la mayoría para no acabar los rollos.
Esa noche cenamos en una casa alumbrada por candiles, la desconfianza impregnaba el ambiente. El comandante Ibrahim oteaba el entorno y le susurraba a Kak Mansur. Nos explicó que en las cercanías había jash, traidores kurdos, y que el ataque del próximo día podía fracasar si se filtraba. El efecto sorpresa era esencial, sólo el comandante y los altos mandos sabían a qué hora y dónde sería. Esa noche dormí inquieta.
Por la mañana salimos en grupos de diez hasta un pueblo entre laderas cultivadas cuyo verdor contrastaba con los cerros baldíos. Nos instalamos en el granero abandonado de una casa de piedra. La habían acondicionado para el comandante, para uno de los jefes locales y para nosotros. Alfombras de azules y rojos oscuros cubrían parte de la tierra apisonada. Sentados sobre colchonetas pasamos el día bebiendo té, que un peshmerga preparaba en un samovar plateado. La luz se filtraba desde el techo creando pozos entre las sombras y hacía centellear la pátina del samovar.
Las horas pasaban lentas y la expectativa aumentaba. La monotonía la rompió la llegada del correo. Kak Ibrahim recibió la bolsa y desenrolló las pequeñas papeletas que traían las noticias necesarias para su misión. Se detuvo a leer con atención unos documentos con fotos y explicó que eran fichas de los jash. El PDKI tenía un rudimentario pero eficaz sistema de inteligencia. Sus agentes estaban en los pueblos, las ciudades, las montañas y también infiltrados en el aparato del gobierno. Enviaban información militar e informes sobre los colaboradores kurdos de forma regular.
Hacia las cuatro y media de la tarde, partimos a pie. Hacía calor, lo que hizo aún más difícil subir una cuesta que nos llevó a un arbolado donde los peshmergas se preparaban para la operación comando. El objetivo era una alcabala en la carretera hacia Baneh, la cual estaba rodeada por tres bases militares. Kalashnikov al hombro, los peshmergas reían y se tomaban fotos mientras se metían ramas frondosas en los cinturones de tela como camuflaje. Me sorprendió el ambiente festivo antes de la ofensiva, estaba nerviosa.
Sandra y Frabert se perdieron entre los matorrales con un grupo de ellos. Desde donde estaba no veía nada, insistí en que me llevaran a un lugar desde donde pudiera observar el ataque. Seguí a Kak Mansur hasta una colina frente a un valle, donde nos sentamos a esperar. Señaló una carretera en la distancia donde estaba la alcabala. Comenzaron los disparos, pero yo seguía sin ver; sólo escuchaba el continuo tacatacata del tiroteo y el pumpum de los morteros. Era como si estuviera en un cine con la pantalla apagada y el audio encendido, pero yo quería ver. ¡Cuánto cuidado hay que tener con lo que una desea!
Minutos más tarde la explosión de un mortero me estremeció, las manos se me helaron, la columna de humo se elevaba demasiado cerca. Tuve miedo. Mis ojos se cruzaron con los de Kak Mansur quien me indicó que lo siguiera agachada entre los matorrales. Me moví con el instinto de un animal huyendo; el temor a recibir un tiro por la espalda me sobrecogió. Más arriba nos esperaban cuatro peshmergas en cuclillas. Ya no se veía el valle. Me sentí segura a pesar de que el tiroteo y las explosiones continuaban. Logré identificar los disparos de las Kalashnikov y las detonaciones de los morteros. Escuché un silbido fuerte y, alarmada, clavé la mirada en Kak Mansur.
—Están disparando con la Duschka, ametralladora antiaérea —afirmó en su inglés atropellado. —Los soldados reaccionan y atacan con todo. ¿Tienes miedo?, me preguntó.
Le respondí que no, pero estaba aterrada. Volvimos a escuchar los silbidos, parecían rozarnos. Teníamos que irnos.
—Si cae una bomba, tírate al suelo y cúbrete la cabeza con las manos, —indicó como si fuese algo natural—. No hurry—añadió.
En cuanto pronunció esas palabras me levanté, cual gacela salté un arbusto y comencé a descender rápidamente. Seguía escuchando las detonaciones y veía el humo de los morteros. Necesitaba dejar atrás las bases enemigas, quería huir. El peligro estaba demasiado cerca. Del otro lado disparaban; los morteros que caían por doquier podían alcanzarnos. Bajamos, el campo estaba arado, me costaba caminar porque me hundía, la tierra parecía estar en mi contra. Agitada, veía a los peshmergas como si fueran de paseo, reían, conversaban y con tranquilidad recogían las hortalizas que comían con fruición. Intenté avanzar con rapidez, no podía correr, el cuerpo no me daba. Trepaba las colinas jadeando y bajaba a toda carrera. Ya no se veía el humo de los morteros, pero el tiroteo continuaba. Subimos y bajamos muchas veces hasta un peñasco enorme en las faldas de un cerro donde nos detuvimos a descansar. Me recosté buscando protección e intenté calmar mi agitado resollar. Me dolía respirar. Los pulmones me ardían y las piernas no me obedecían. No tenía fuerzas para seguir. Desde ahí podía ver los huertos cercanos a la casa abandonada donde habíamos estado. Pasaron varios peshmergas a caballo con noticias del ataque. Me alivié porque no podía dar ni un paso. Me acerqué a uno de los jinetes y le pedí su montura. Con un gesto insistió en que su caballo era brioso. Lo miré imperativa. De muy mala gana me entregó su semental. Metí el pie izquierdo en el estribo, monté y arranqué a todo galope cuesta arriba sin voltear a verlo. Una vez montada lo único que pensé fue en alejarme del peligro.
Avancé hasta donde varios peshmergas esperaban. Recuperé el aliento. Más hombres se unieron a nosotros, incluido aquel que había bajado del caballo y ahora montaba otro. Me miraron con sonriente aprobación. Si mi falta de resistencia y debilidad provocaba en ellos cierto desdén, mi maestría ecuestre había establecido una relación de iguales.
El hombre repetía con entusiasmo: «Biji Demokrat, Biji Kurdistan» (¡Que viva Kurdistán, que viva el Partido Democrático!), yo asentía pulgar en alto. Otro jinete anunció que el ataque había sido un éxito, ocho soldados iraníes habían caído, ninguno del lado kurdo. Nos conminó a reunirnos con los combatientes. Sonriendo, el dueño del semental me lo ofreció y él se subió al otro.
La tarde caía envolviendo las cimas y el cielo en una descarga flamígera. Seguimos al mensajero en un galope pausado frente a la vertiginosa cadena montañosa. Llegamos a otra inmensa meseta con el sol en declive. Las armas colgaban de las ramas de los árboles mientras los peshmergas bailaban en círculo y cantaban al son de una pandereta. Aflojé las riendas y saqué la cámara para capturar, desde la altura del lomo del semental, ese instante de exaltación que otorga la victoria. Todo era perfecto. Acaricié el cuello del caballo y la culpa que cargaba desde la explosión de la mina, se disolvió. La belleza y la fuerza telúrica de esa tierra tan golpeada a través de los siglos, me arrobó. La emoción de compartir el triunfo con esos hombres adustos en medio de sus amadas montañas aún me estremece.
Las sombras desterraron los últimos resplandores del ocaso, los peshmergas recogieron las armas, mis compañeros subieron a las mulas y a mí me dieron otro caballo. Partimos entre dos luces hacia una aldea donde dormiríamos el sueño de los victoriosos.
©Trópico Absoluto
Carol Prunhuber (Caracas, 1956) es licenciada en Literatura (Universidad Católica Andrés Bello) con un doctorado en Estudios Iberoamericanos (Universidad de Paris). Fue uno de los miembros iniciales del Taller Calicanto en Caracas. Durante su estancia en Europa, trabajó como corresponsal del diario El Nacional. En los años 80 viajó al Kurdistán iraní, lo que marcó el inicio de su investigación sobre la lucha kurda. Ha escrito libros claves como L’impossible Kurdistan (2024), Dreaming Kurdistan (2019), La pasión y muerte de Rahman el kurdo (Alfa, 1991), y Sangre y asfalto, 135 días en las calles de Venezuela (Kálathos, 2019) donde documenta las protestas venezolanas sucedidas en 2017. Ha abordado el tema femenino en Femmes: Les Grands Mythes Féminins à Travers le Monde (Hermé, 1987), Women: Around the World and Through the Ages (1990) además de Agua, silencio, memoria y Felisberto Hernández (1986).
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